Las buenas hijas Capíulo cincuenta y ocho
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Capíulo cincuenta y ocho

CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO

EMILY

Ya se acaba el tiempo que pasaron juntas y que, en algún momento, pareció eterno.

Sam escribe para hacerles saber que Charlotte y Emily son bienvenidas a quedarse en Park Lane aunque su hermana no esté allí.

Primero protestan, insisten en que pueden trasladarse a la posada de Clement o buscar una pensión.

Es difícil imaginar la casa sin la risa sonora de Sadie, sin sus portazos ni sus pisadas en la escalera.

Pero los hermanos Lawrence no aceptan un “no” como respuesta.

Y sería aún más difícil irse, así que Emily y Charlotte deciden quedarse.

Las tres amigas se apretujan en el sofá en la última noche con Sadie, saben que no necesitan decir nada, estar juntas es suficiente para expresar los triunfos y las frustraciones, la esperanza y la impotencia, la alegría vertiginosa y las derrotas devastadoras de los últimos meses.

Y, sobre todo, el amor que habita esa habitación: los cuerpos acurrucados, el brazo de una apoyado en la pierna de la otra, la cabeza recostada en alguna cintura; con todo, la ausencia de Beatrice es palpable.

La emoción desborda el corazón de Emily; la muchacha traga saliva y gira la cabeza para mirar a Sadie.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue cuando vine a avisarte que habían llevado a Charlotte al hospital.

—Casi salgo corriendo con los rulos puestos —dice Sadie con lágrimas en los ojos.

—¿Te acuerdas de cuando intentaste hacer un pastel de manzana para nosotras? —dice Charlotte—. Se prendió fuego por completo.

—Mierda, las voy a extrañar.

—Nosotras también te vamos a extrañar —dice Charlotte dulcemente. Se acurruca aún más.

Las tres mujeres se despiertan al amanecer para despedirse en medio de un revuelo de abrazos y promesas de escribirse.

Sadie se pone la capa de viaje y arrastra su maleta por la escalera.

Charlotte también lleva una capa para acompañar a Sadie y reemplaza el sencillo sombrero de siempre por uno florido y grande, que recuerda el exceso sombrerero de Adeline.

El ala ancha proyecta una sombra sobre su rostro.

Charlotte les proporcionará una distracción si alguien está espiando la casa y, con suerte, dará tiempo a la verdadera Adeline Hurston para escapar.

—Escondida a plena vista —dice siempre Adeline.

Más tarde, Charlotte va a dejar el sombrero por ahí y se va a encontrar con Adeline y Sadie en una esquina, cerca de Strand, donde el chofer de Constance Cunningham las espera para llevarlas en automóvil al puerto de Southampton, donde pasarán la noche en una posada antes de subir al barco.

Es la forma más segura de llegar. Emily se quedará en la ciudad para no levantar sospechas.

Una vez que Charlotte deje a Adeline y a Sadie en el barco, hará un camino en zigzag para volver a Londres por si las han seguido.

Una vez que Charlotte y Sadie se van, Emily se envuelve en una bata de noche y se sirve una taza de té. El silencio que hay en la casa es perturbador. Emily sostiene la taza con fuerza y mira los bucles de vapor que ascienden desde el líquido turbio, pero todavía tiene las manos congeladas.

Emily pasa dos días sola. Entonces, una mañana con mucha niebla, cuando el sol empieza a trepar por las nubes, la sobresalta un golpe en la puerta: es demasiado temprano para que vuelva Charlotte, e Isabel sigue escondida en la posada de Clement.

Se asoma por la ventana y ve una silueta encapuchada en la puerta.

La mujer inclina la cabeza al cielo y un rayo de sol que atraviesa la niebla deja ver un luminoso bucle rubio.

—¡Beatrice! —Emily abre la puerta—. ¡Creí que estabas en tu luna de miel!

Beatrice entra en la casa, parece un fantasma.

—Me escribió Charlotte —es su escueta explicación.

—Ven, siéntate —dice Emily y acompaña a Beatrice a la cocina mientras maldice la impulsividad de Charlotte. Rápidamente vuelve a llenar la tetera, le tiemblan las manos.

—Dije a Charlotte que no le correspondía a ella contarte la noticia —empieza Emily.

Beatrice frunce el ceño. Emily nota los círculos oscuros que se le han formado bajo los ojos.

—¿Qué noticia? ¿Dónde están todas?

—Perdona… ¿Qué te escribió Charlotte? —pregunta Emily con voz tensa.

—Esto. —Beatrice saca un papel doblado del fondo del bolsillo de su falda—. Dijo: “Ven enseguida. Busca cualquier excusa, te necesitamos”. —Vuelve a doblar el papel y lo apoya en la mesa—. Fue difícil encontrar una excusa. Daniel estaba muy enojado.

—Mierda —dice Emily entre dientes, usando una de las palabras preferidas de Sadie—. Mierda, mierda, mierda.

—¿Qué pasa?

Emily presiona sus párpados con la punta de los dedos y vuelve a hablar cuando ve manchas amarillas: —Sadie —dice con tristeza— volvió a Estados Unidos para acompañar a Adeline en una gira. Charlotte se fue hace dos días para acompañarlas a Southampton.

Beatrice se pone de pie para irse como si pudiera ser más veloz que los trenes y los automóviles y llegar a tiempo al puerto.

Entonces, se para y se desploma contra la pared.

Emily la persuade de que se quede y la acompaña a su propia cama para que descanse.

Le parece inapropiado dejarla en la habitación de Sadie donde las dos durmieron juntas por tanto tiempo.

A Emily no se le ocurre qué más hacer. Beatrice está conmocionada, como anestesiada, hasta que ya no lo está y entonces Emily desea que vuelva ese silencio espantoso, aunque solo sea para detener el sonido de los sollozos desgarradores.

Beatrice baja por la escalera unas horas más tarde con los ojos rojos y las mejillas manchadas de lágrimas, pero se ha arreglado el pelo y camina con la espalda rígida.

Emily levanta la mirada de su libreta de dibujo, donde ha estado trazando líneas arremolinadas sin forma, y le hace un gesto para que se siente con ella en el sofá.

—Perdón por haber explotado así —dice Beatrice—. Obviamente esto ha sido muy impactante, pero no es solo eso —agrega—. En los últimos tiempos estoy emocionalmente agotada. Mi luna de miel ha sido… —Beatrice busca las palabras— abrumadora.

Emily asiente con la cabeza.

—Es gracioso —dice Beatrice, aunque su voz monocorde no suena nada graciosa—.

Mis novelas preferidas de Jane Austen siempre terminaban con el día de la boda.

Fui una estúpida al no darme cuenta de que había toda una vida después y nadie te prepara para eso.

—Beatrice retuerce un mechón de pelo entre los dedos hasta que la punta del pulgar se le pone morada.

—Tal vez necesites tiempo para adaptarte —dice Emily.

—Sí, bueno, tienes razón, debe de ser eso. —La risa forzada de Beatrice recuerda el sonido de cadenas.

—A mí puedes contarme la verdad. ¿Por qué está todo tan mal?

—Ah, no, no está tan mal —dice Beatrice—. Es que, bueno…

Se inclina hacia adelante y, por fin, se le cae la máscara. Sus ojos verdes se clavan en los de Emily, le va a contar la verdad.

—Él es tan controlador —dice en voz baja—.

Daniel. Por Dios, cuando le dije que tenía que volver a Londres porque mis amigas tenían una emergencia tuve que rogarle, ni más ni menos que rogarle.

¡Y no es que lo estuviéramos pasando tan bien!

Tal vez sería más fácil si yo no hubiera pasado tanto tiempo aquí, si no me hubiera acostumbrado a ser independiente.

Porque ahora él pretende saber dónde estoy y qué hago en todo momento.

Él se pasa todo el día con sus amigos y yo tengo que sentarme con sus esposas, las mujeres más aburridas y conservadoras del mundo.

—Beatrice levanta la voz y se agita—. Durante la luna de miel solo hemos pasado juntos las noches —agrega y se sonroja—. Y fue bastante… desagradable.

—Lo siento —dice Emily.

Beatrice descarta las palabras de su amiga como si ahuyentara a un mosquito fastidioso y se seca las lágrimas.

—Nos vamos a encontrar en unas horas para volver a Kent.

Dudo de que, siquiera en la temporada, pueda verlas demasiado.

¿Te acuerdas de lo bien que reaccionó Daniel cuando se enteró de que yo había ejercido nuestra propia defensa en el tribunal?

Para él, en apariencia, fue una broma muy divertida.

Pero ahora es como si fuera una persona completamente diferente, no quiere que tenga la mínima independencia.

Si escucha un comentario al pasar sobre las suffragettes empieza a refunfuñar. No había visto esta parte de él antes.

Emily evoca las dos caras de Martin, la agresividad que descubrió detrás de su aparente dulzura.

—Dios —dice Beatrice mordiéndose el labio inferior—. Supongo que esta es mi vida ahora. Soy Lady Daniel Rosseter. Beatrice Piper está muerta.

—No —dice Emily tomando las manos de Beatrice con fuerza—. No digas eso. Todavía tú eres tú. Mira a Lady Constance, su esposo le permite colaborar con nosotras.

—Solo porque la fortuna familiar está ligada al patrimonio de ella —dice Beatrice sombría.

Recorre el empapelado damasco del salón con la mirada, un lugar al que, solo unas semanas atrás, ella había llamado hogar.

Es como si lo estuviera viendo por primera vez.

Frunce la nariz como si percibiera un olor desagradable—.

De todos modos, aquí ya no queda nada para mí —dice.

Aunque no la nombren, Sadie está presente en sus pensamientos—. Tengo que irme.

—Espera —dice Emily—. ¿No te quedas conmigo hasta que vuelva Charlotte?

Hasta , piensa, que mejore tu estado mental.

—Tengo que volver con mi esposo. —Beatrice se pone de pie y toma su capa.

Un chal de Sadie aún cuelga junto a la puerta.

Emily finge no darse cuenta, pero ve que Beatrice se inclina y huele el perfume de la mujer que lo dejó allí—.

No me dejó una nota, ¿verdad? —susurra con voz ronca, desesperada por aferrarse a una última esperanza.

A Emily le duele en el alma tener que decirle que no.

Beatrice le da un beso en cada mejilla, hace un chiste sin gracia sobre la etiqueta en el continente y sale.

Emily ve por la ventana cómo detiene un coche negro, lento y pesado, parecido a un coche fúnebre.

No puede evitar estremecerse, las tristes palabras de su amiga resuenan en sus oídos: “Beatrice Piper está muerta”.