Capíulo cincuenta y siete #2
Sadie se queda en silencio por unos minutos, se muerde el labio inferior, parece que está muy concentrada.
—Creo que sí —dice por fin—, pero sería mejor si viajara con una estadounidense.
—Bueno, va a estar Mrs. Blatch del otro lado, pero…
—Yo puedo ir contigo.
—¿Qué? —resopla Emily.
—Sadie… —interrumpe Charlotte.
Sadie mueve la cabeza, la trenza roja se balancea sobre sus hombros.
—En realidad… quiero volver. De hecho, lo estoy pensando desde hace un tiempo. Ya han pasado dos años desde que me fui y mi familia volvió a Boston. Y, bueno, me parece que es hora de regresar.
—Pero te necesitamos aquí —argumenta Charlotte—. Londres te necesita.
—Creo que Sadie tiene razón —dice Adeline, acallando la protesta de Charlotte—.
Podemos prescindir de ella aquí. Las estadounidenses necesitan liderazgo, alguien con la experiencia de Sadie que pueda llevar la campaña con toda su potencia a las ciudades estadounidenses.
Podemos iniciar un movimiento internacional de mujeres.
Sadie, tú puedes organizarlo con todas las que asistan a mis conferencias y para cuando haya terminado la gira vas a tener cientos e incluso miles de mujeres estadounidenses interesadas en la causa por primera vez.
Sadie asiente con un gesto.
—Fue un privilegio trabajar aquí, con ustedes —dice estrechando la mano de Charlotte y tomando la de Emily—. Pero creo que mis energías van a estar mejor aprovechadas en mi país. Me necesitan allí y puedo ayudarla en el viaje, Mrs. Hurston. Será un honor.
—¿Estás segura de que es la decisión correcta, Sadie?
—Charlotte, hace casi dos años que no vuelvo a mi país. Es hora de que me vaya.
—Pero te necesitamos aquí.
—El movimiento se quedó en el siglo xix en mi tierra. Me necesitan más que ustedes, hasta Adeline lo dijo. Necesitamos una coalición internacional y yo puedo ayudar a construirla.
Sadie dobla la ropa cuidadosamente sobre la cama, en montones pequeños y ordenados. Hace horas que la conversación gira sobre lo mismo. Charlotte quisiera tirar esos montones perfectos y desparramarlos por el suelo.
—¿Cómo puedes abandonarnos?
Sadie finge no oír el tono acusatorio de la pregunta.
—¡La cena! —grita Emily.
—Avísale que bajo en un momento —dice Sadie.
—Está bien. —Charlotte cierra la puerta; Emily sirve la sopa en la cocina, tiene el pelo encrespado por el vapor—. No sé dónde tiene la cabeza Sadie —masculla Charlotte—, se va a arrepentir.
—Yo también la voy a extrañar —dice Emily—. Pero quiere volver a casa, la entiendo.
—No es eso. Se va a arrepentir de dejar a Beatrice. ¡Ni siquiera le ha escrito!
—¿Bea no lo sabe?
Charlotte chasquea la lengua.
—Qué pena —suspira Emily.
—Es más que una pena —insiste Charlotte—, es una farsa. Le tenemos que escribir nosotras. Si vuelve y encuentra que Sadie se ha ido para siempre, va a quedar devastada.
—No nos corresponde a nosotras hablar.
Oyen los pasos de Sadie en las escaleras y Emily se apresura a poner los platos sobre la mesa.
—¡Mmm, qué rico olor, Em! —Sadie se deja caer en la silla y fulmina a Charlotte con una mirada que parece decir “ni lo intentes”. Charlotte se mete una cucharada abundante en la boca para no discutir.
—Entonces, Sadie —dice Emily, para aflojar la tensión—, ¿recibió tu madre el telegrama que le mandaste?
—Sí, está muy feliz. Sorprendida, pero feliz. Va a tomar el tren desde Boston para recibirme en Nueva York cuando lleguemos Adeline y yo. Y mi hermanita, que está en el Wellesley College, también va a venir con nosotras.
—Es maravilloso.
—Entonces, ¿ya todas conocen la noticia? —pregunta Charlotte sarcástica. Emily raspa el borde de su plato con la cuchara.
—¿Hay pan? —pregunta Sadie.
—Voy a buscarlo. —Emily corre a la cocina.
—Basta —protesta Sadie en voz baja y con los ojos llenos de lágrimas.
—Vas a lamentar no habérselo dicho —responde Charlotte con dureza.
Emily regresa con una hogaza de pan.
—¿Saben?, el panadero, en realidad, me dijo… Espera, ¿estás llorando?
Sadie hunde la cara en las manos, le tiemblan los hombros sobre el plato de sopa abandonado. Emily mira enojada a Charlotte y empieza a dar palmaditas en la espalda a Sadie.
—Shhh —susurra Emily—. Está bien. —Abre los ojos inquisitivamente, pero Charlotte mira hacia otro lado.
—Dadme un minuto —dice Sadie; se levanta de la silla y sube corriendo.
Emily se vuelve a Charlotte.
—¿Qué le has dicho?
—Mierda. —Charlotte estira el escote de su vestido—. La he presionado demasiado, pero creo que hay algo que no nos está contando.
—Deberíamos ir a ver cómo está.
—Voy yo.
Charlotte sube la escalera lentamente, retorciéndose las manos.
No quiso hacer llorar a Sadie. Pero conoce el arrepentimiento, esa piedra dura y fría que se aloja en el pecho y nos agobia toda la vida.
Es una sensación íntimamente familiar, una que empezó el día que se fue de Girton sin decírselo a su madre; no comprendía demasiado en ese momento, pero Sarah —una viuda, una madre— era el tipo de mujer por la que luchaban las suffragettes.
Charlotte pasó tanto tiempo enojada con Sarah que casi no se paró a pensar que su madre era el motivo principal para luchar por los derechos de las mujeres.
Ahora el abismo es irremontable de tan grande y el arrepentimiento pesa tanto que a veces le cuesta respirar.
Charlotte nunca le había contado esto a nadie, pero no puede permitir que su amiga cometa el mismo error.
Respira lenta, profundamente, y llama con suavidad a la puerta. Como Sadie no contesta, Charlotte abre la puerta y entra. Sadie tiene la cara hundida en la almohada, los montones de ropa doblada están arrugados junto a ella.
—Sadie —dice Charlotte en voz baja. Se sienta en el borde de la cama y le acaricia el cabello—. Perdóname. No tendría que haberte presionado así.
Sadie se pone tensa.
—Puedes tomar tus propias decisiones —continúa Charlotte—. Es que estaba pensando que nunca me despedí de mi madre y no nos volvimos a hablar. La extraño. Y yo… no quiero que cometas el mismo error.
Sadie vuelve la cabeza, tiene las mejillas manchadas de lágrimas. Mira el techo.
—Sé que no intentas hacerlo más difícil —dice—, pero estoy asustada.
—¿Asustada de qué? —Charlotte le ofrece un pañuelo para que se limpie la nariz.
—Tengo miedo de que no le importe. Es que... ¿qué puede hacer? No va a volver de su luna de miel en semanas. Entonces, ¿qué sentido tiene que se lo cuente?
Sadie vuelve a refugiarse en la almohada y murmura algo entre dientes.
—Pero ella te ama —susurra Charlotte. Sadie mueve la cabeza, el llanto le sacude los hombros.
Charlotte y Emily friegan las ollas más tarde y murmuran acaloradamente.
—Hice todo lo que pude —dice Charlotte—. Está asustada y piensa que si no le dice a Beatrice que se va, no va a sentir su abandono. Pero si no se lo dice…
—…va a pasarle lo mismo a ella, porque Beatrice nunca va a perdonarle su abandono.
—Exacto. —Charlotte se seca las manos y se quita el delantal—. Bea estará casada pero no muerta. Dijo que iba a venir de visita y hasta podríamos convencerla de que colabore como voluntaria con nosotras algún día. Pero Sadie no se permite tener esperanzas.
—No nos corresponde a nosotras hablar —repite Emily.
—Sé que tienes razón. Pero ¿y si escribo a Beatrice y solo le pido que venga, sin explicarle por qué?
—Es demasiado tarde. Tendría que salir de Italia hoy mismo para llegar a tiempo.
—Espero que la perdone.
—Yo espero que Sadie pueda perdonarse a sí misma.