Las buenas hijas Capíulo cincuenta y siete
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Capíulo cincuenta y siete

CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

CHARLOTTE

Después de la partida de Beatrice y Daniel a Italia para su luna de miel, la posada de Clement está más activa que nunca.

—Queremos anunciar nuevas acciones esta noche —declara Adeline durante una reunión en la sede central.

Charlotte y Sadie toman notas sobre la mesa, Emily está sentada en el suelo, apoyada en el sofá, con su cuaderno de dibujo sobre el regazo.

—Hace años, cuando nos propusimos formar la Unión Social y Política de Mujeres, adoptamos una consigna: “Hechos, no palabras”.

Hubo grupos de mujeres que durante décadas lucharon por el voto en silencio y con paciencia.

Nosotras nos radicalizamos cuando decidimos hacernos visibles: dejamos el salón victoriano para salir a la calle.

Pero no fue suficiente: sufrimos física y emocionalmente, soportamos condenas despojadas de los derechos que corresponden a los presos políticos, fuimos atacadas por la policía y olvidadas por la prensa, nuestra herramienta fundamental.

Además sufrimos la pérdida más grande de todas: perdimos una vida.

Adeline mira a Isabel, que todavía está vestida de luto. Lleva la pena grabada en el rostro, en el ceño arrugado y en los círculos bajo los ojos.

—La prensa y el público están cansados —dice Isabel—. Nosotras también.

—Pero no podemos detenernos —dice Sadie.

—No, claro que no —responde Isabel y agrega bajando la voz—: Jessie no lo hubiera querido.

—Antes estábamos en las primeras páginas, pero ahora los anuncios sobre las detenciones y los encarcelamientos están en las últimas… si es que se publican —dice Charlotte.

—¿Qué más podemos hacer? —pregunta Emily.

—Todas somos mujeres —dice Adeline y se pone de pie—.

Así que todas van a entender lo que voy a decir.

Supongan que dos bebés, dos niñas, están hambrientas y las dos quieren que les den de comer.

Una tiene paciencia y espera indefinidamente hasta que su madre esté lista para alimentarla, la otra es impaciente y llora a lágrima viva, grita, patalea y se hace oír por todos.

”Sabemos muy bien cuál de las dos bebés va a comer primero.

Así es la historia de la política: hay que hacer más ruido que los demás, hay que hacerse más visibles que los demás y hay que aparecer en los periódicos más que los demás.

De hecho hay que estar presentes permanentemente y no permitir que nos desplacen a un segundo plano.

—¿Qué propones? —pregunta Sadie.

—¿Cuántas agrupaciones masculinas perpetraron acciones violentas contra el gobierno?

Incontables. Pero nosotras valoramos la vida humana, ¿no es cierto?

No queremos herir a nadie. Pero tenemos que hacernos escuchar, tenemos que hacernos ver.

Podemos destruir la propiedad sin herir a nadie, destrozar escaparates a modo de declaración, una tradición consagrada de la política inglesa.

Esto es lo que propongo: un recorrido por el West End arrojando piedras a los cristales.

—¿Arrojar piedras? —repite Charlotte. Parece demasiado brutal—. Pero ¿esas tiendas no son los anunciantes principales de Voto femenino?

—Hechos, no palabras —repite Adeline.

—Mejor cristales rotos que promesas incumplidas —agrega Isabel—. Y esas tiendas dependen más de lo que hagamos nosotras que nosotras de su publicidad.

—Solo conseguiremos que nos vuelvan a arrestar —dice Sadie.

Así transcurren todas las reuniones de estrategia: una propuesta, un debate, un contraargumento, el consenso. La habitación palpita, se ponen a prueba los límites de ideas novedosas constantemente.

—Sin duda —dice Adeline—. Pero vamos a cerciorarnos de que tenga sentido.

—Imaginen ir caminando por las calles del West End y ver escaparates tapados con tablas durante días por nuestra culpa —explica Isabel—. No se van a olvidar de nosotras aunque nos encierren.

La idea le provoca un cosquilleo en los dedos a Charlotte. Las suffragettes van a dejar una huella indeleble.

—No vamos a permitir que nos invisibilicen —dice Emily.

—La decisión de participar o no es de ustedes como siempre —dice Adeline—. Pero dependemos de todas y cada una para luchar por la causa de las mujeres.

Charlotte, Emily y Sadie vuelven caminando a Park Lane, hablan todas a la vez con entusiasmo. Todas coinciden en que la idea de las Hurston es brillante aunque polémica.

—Me dan pena los comerciantes —admite Emily.

—¡Pero ellos se benefician a nuestra costa! Todo su modelo de rentabilidad se basa en convencer a las mujeres de que compren cosas que no necesitan —replica Sadie.

—Lo sé —dice Emily—. Pero también son personas muy trabajadoras.

—Pero son cómplices —dice Charlotte—. Eso es lo que importa.

Cuando el sonido de los cristales que estallan resuena por todo el West End, hay quienes dirán que esa noche se escuchó el canto de míticas sirenas, capaces de enloquecer a los hombres con su voz seductora.

Otros declararán que las víctimas de Jack el Destripador descendieron para acechar las calles por última vez.

La verdad es mucho más concreta.

Adeline Hurston, una mujer de mediana edad, madre, toma una piedra y destroza los cristales de Selfridge’s.

Gritos de “¡Voto femenino!” resuenan por las calles mientras las astillas de cristal saltan en la noche.

Les provoca un extraño placer perforar el cristal, sentir el golpe del impacto y oír la lluvia de fragmentos rotos un milisegundo después.

Las mismas mujeres que se reúnen para tomar el té, las que trabajan en las fábricas, las que son madres, vecinas y amigas, esas que estuvieron calladas tanto tiempo, ocultaron sus sentimientos y cargaron con el peso de sus familias sobre los hombros ahora andan sueltas por ahí.

Ríen, gritan y hunden las uñas en las piedras antes de lanzarlas.

Nadie hubiera sospechado que esas mujeres eran tan fuertes: su fortaleza nace de dar a luz, de cargar bebés, de amasar y de limpiar casas.

Tienen los brazos fuertes y su objetivo es legítimo.

Las mujeres huyen a pie a través de una ciudad cubierta de cristales destrozados.

Escapan todas menos Adeline la primera noche; hace un gesto con la cabeza a Charlotte (que estaba escondida en una esquina oscura de Oxford Street) mientras se la llevan. Está bien , dice con los ojos, vete.

—Bueno, bueno, pero si es Mrs. Hurston —canturrean los polis mientras le ponen las esposas. Adeline jadea, un hilito de sangre le corre por el brazo y sonríe satisfecha.

Empieza la huelga de hambre de inmediato en Holloway.

La liberan tres días después con una orden de nuevo arresto para cuando se recupere dentro de dos semanas.

Será arrestada de inmediato si sale de su casa antes de esa fecha.

Adeline recibe una condena de tres meses.

Va a llevarle años cumplirla a ese ritmo.

Los periódicos están embelesados con sus propios juicios de valor: “hienas con enaguas” llaman a las mujeres.

Si pidieran el voto con amabilidad, si fueran pacientes y, sobre todo, si fueran más femeninas…

pero cualquier prensa es buena prensa según Adeline.

Charlotte colecciona los recortes en un álbum.

Las tres amigas recorren el West End con la luz del día, donde los barrenderos están retirando los cristales rotos y los comerciantes están tapando los escaparates con tablones.

Las mujeres se estrechan las manos: nadie las va a poder olvidar en mucho tiempo.

Podrán hacer desaparecer a las suffragettes de la vista y los pensamientos en la cárcel, pero ahora estos escaparates rotos son un símbolo para toda la ciudad: Estamos aquí. Seguimos esperando justicia.

Emily, Charlotte y Sadie visitan a Adeline al día siguiente de su regreso de Holloway. La anciana parece pequeña y frágil en su cama, con la piel tirante de un tono verdoso.

Adeline levanta la mano torpemente.

—Gracias por venir —dice con voz ronca y débil, como un instrumento de caña ejecutado con torpeza—. Quería verlas antes de irme.

—¿Dónde vas? —interrumpe Sadie.

—Ay, por Dios, querida, parece que hubieras visto un fantasma —ríe suavemente Adeline—.

No me voy a morir si eso es lo que has pensado.

No, no, necesitamos fondos. Como sabes recaudo sumas importantes cuando hago giras con mis conferencias.

Sin embargo, mi última condena hace que esto sea imposible…

a nivel local. Pero he estado intercambiando correspondencia con amigas de otros países y me aseguraron que existe un gran interés en escuchar nuestra voz en el extranjero.

—¿Vas a ir al continente? —pregunta Charlotte. Adeline recibe invitaciones para hablar en París desde hace años y habla francés con fluidez desde su época en el internado de señoritas. A Charlotte le encantaría visitar París algún día, siguiendo los pasos de las revolucionarias.

—En realidad me voy a los Estados Unidos.

Charlotte ahoga un suspiro de sorpresa.

— Yankee Doodle! —exclama Sadie y se le ilumina el rostro.

—Sí, mi amiga Harriot Stanton Blatch me invitó a su casa y voy a viajar a la isla Ellis a finales de esta semana. Tengo que salir, ya lo saben, antes de que me vuelvan a arrestar.

Charlotte piensa a toda velocidad. ¿Cómo puede Adeline llegar al puerto antes de que la policía se entere de que se ha ido?

¿Van a permitir los estadounidenses que entre en su territorio sabiendo que la busca la Justicia en su propio país?

¿Y cómo va a arreglárselas la USPM con su líder a un océano de distancia?

—Voy a necesitar su ayuda —dice Adeline—. Me temo que Isabel no va a poder salir de esta casa sin llamar la atención de la policía, así que van a tener que ser ustedes tres.

—Claro —dice Emily; Charlotte asiente con la cabeza.

—¿Vas a viajar de incógnito? —pregunta Charlotte.

—Me parece que sí hasta llegar al puerto. Pero en los Estados Unidos voy a tener que revelar mi identidad. ¿Qué piensas Sadie? —pregunta Adeline—. ¿Van a dejarme entrar los estadounidenses?