Las buenas hijas Capíulo cincuenta y seis
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Capíulo cincuenta y seis

CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS

EMILY

Charlotte y Emily despiertan en las habitaciones luminosas de Champney House. Es un día radiante de primavera, el clima perfecto para una boda.

—Pobre Bea —dice Emily y, al correr las cortinas, ve los cuidados jardines.

Un pájaro cantor pasa volando por la ventana y los pastos altos se balancean como si bailaran.

Charlotte gime y gira en la cama, se cubre la cabeza con la almohada para bloquear la luz del sol.

Sadie está en Londres, dice que Adeline le encargó una tarea importante, pero todas saben la verdad o, al menos, alguna de sus versiones.

—Pobre Sadie —murmura Charlotte.

Emily levanta a Charlotte de la cama a empujones y se visten rápidamente, se ayudan a entrar en los corsés.

Charlotte intenta seguir las instrucciones de Lady Waltingham’s Style Suggestions para peinar a Emily, pero cuando las tenacillas que calentaron al fuego empiezan a llenar la habitación de olor a tostada quemada, y las puntas de los bucles de Emily empiezan a crepitar, arroja el manual a la chimenea.

Las dos se deciden por moños sencillos y escogen flores del florero que está en la habitación para decorar sus sombreros.

Se ponen los guantes y bajan corriendo la escalera señorial para reunirse con los demás invitados a la boda.

Estos días en los que la promesa de una nueva estación canta en el aire traen, para Emily, el recuerdo todavía doloroso de su madre.

Es como si escuchara a Marianne cuando le decía que saliera a caminar al parque, así que Emily enlaza su brazo con el de Charlotte y comienzan a seguir al grupo por el sendero campestre que va a la iglesia de piedra.

Es pintoresca, como si hubiera salido de un cuadro de Constable o de una novela de Jane Austen; toda la gente del pueblo está vestida con su mejores ropas y montones de margaritas sonríen desde los senderos que van al cementerio de la antigua iglesia.

La comitiva se detiene en la majestuosa puerta gótica. Charlotte advierte una silueta que está de pie en un lateral deshojando una margarita. Se le ilumina la cara con una sonrisa y se adelanta al grupo llevando a Emily con ella.

—¡Sadie! —Charlotte la abraza con fuerza.

—Has llegado —dice Emily.

Sadie se sonroja.

—Claro que sí, tenía que estar aquí. No importa si… —levanta el tallo pelado de la margarita deshojada y esboza una pequeña y triste sonrisa— no me ama.

—Estoy tan contenta de verte aquí —susurra Charlotte—. Bea también se va a poner contenta.

Entran a la iglesia del brazo y se sientan en uno de los últimos bancos.

Hasta los sirvientes de Champney House están aquí para honrar a la heredera, separados de los invitados y vistiendo sus uniformes azul marino.

Una joven criada mira a Emily pero ella la evita.

Siente que está mal sentarse con los miembros de la casa rica, se siente más cercana a los sirvientes.

Sadie y Charlotte se burlan de la vieja que lleva un sombrero con algo parecido a un ave de presa posado sobre la cabeza y de un hombre con un bigote rojo fuego.

Charlotte hace juegos de palmas con una de las niñas que llevan las flores y Sadie finge un profundo interés en el relato de Emily sobre el viaje en tren.

Pero cuando irrumpen las primeras notas del órgano, con tono final y ominoso, todos se callan.

Las puertas se abren y aparece Beatrice vestida de novia.

Una capa de volados en el escote se funde con el canesú de seda color crema que cae al suelo en cascada.

Sostiene un bouquet de violetas y lilas blancas…

los colores son un sutil homenaje a las suffragettes.

Bajo el velo de encaje bordado con pequeños abalorios, los rizos dorados de Beatrice están peinados en un elaborado recogido; unos mechones finos enmarcan el rostro pálido.

Sadie se aprieta las muñecas con tanta fuerza que se las marca.

La ceremonia es rápida, tanto que Miss Beatrice Piper se convierte en Lady Daniel Rosseter en cuestión de minutos. Sadie lo está llevando sorprendentemente bien, logró reprimir las lágrimas hasta que el novio y la novia salieron de la capilla como marido y mujer.

Daniel saluda a la familia y a los amigos amistosamente en el gran salón de los espejos de la casa Piper; junto a él, rígida, está su esposa.

Beatrice sale al balcón a tomar aire después de horas de socializar.

Sadie la ve de inmediato y arrastra a Emily y a Charlotte con ella.

Beatrice tiene las mejillas enrojecidas por el baile y el champán, un rosa brillante que contrasta con el marfil del vestido de novia.

—Has venido —murmura—. Gracias.

La mitad del rostro de Sadie está en sombras, la otra está iluminada por la luz de la luna. Ella asiente con un gesto y la mirada distante: está muy cerca y a la vez muy lejos.

—Me da pena tener que dejarlas —dice Beatrice. Mira a todas, pero está claro que se dirige solo a Sadie—. Voy a estar siempre presente y —susurra— voy a tratar de visitarlas cada vez que Daniel me permita viajar a Londres.

Emily y Charlotte se retiran para darles un momento a solas antes de que sea evidente la ausencia. Emily alcanza a oír lo que se dicen y se le parte el corazón.

—Siempre te amaré —suspira Sadie, depositando un beso en la mejilla de Beatrice. Luego se aleja y desaparece en el bullicio de la fiesta. Emily y Charlotte la siguen; la novia se queda sola en el balcón, con las manos vacías y a punto de echarse a llorar.