Las buenas hijas Capíulo cincuenta y cinco
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Capíulo cincuenta y cinco

CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO

BEATRICE

La primavera no tarda en llegar. La lluvia helada ahora se vuelve más cálida; también Helen Piper.

Como Daniel decidió seguir adelante con la boda, los Piper quieren asegurarse de que Beatrice esté casada y lejos para finales de abril.

Se envía dinero para la modista, se hacen listas de invitados, se deciden los menús, las decoraciones y un sinfín de detalles tan sofisticados que Charlotte cree que Mrs. Piper debería ofrecer sus servicios a la Marina Real.

No se puede hacer nada salvo reírse de los chistes inocentes de Charlotte.

La tensión en la casa es opresiva. Beatrice agradece el buen humor de su amiga y Emily se ofrece a colaborar con algunas menudencias.

Pero lo importante de verdad —y lo más doloroso— son las reacciones de Sadie.

Tal vez si ese brillo luminoso que irradia Sadie no estuviera tan cerca, Beatrice podría…

controlarse un poco más. Pero ¿cómo controlarse, si lo que las atrae es la fuerza de gravedad?

¿Qué fuerza es tan poderosa como para resistirse al magnetismo que las empuja la una hacia la otra?

La atracción que hay entre ellas crece día a día.

Y a pesar de la agresión disimulada en las indirectas de Sadie sobre los planes para la boda, por la noche en la habitación no existe distancia entre ellas, solo hay piel y corazones palpitantes.

El correo trae finalmente una invitación en papel grueso, color crema, justo cuando Beatrice está haciendo las maletas para volver a Champney House, su casa, para la boda.

—Están todas invitadas, por supuesto, menos las Hurston, que son demasiado polémicas. Mi madre no quiere que mis “amiguitas” hagan una escena en la boda.

Las cuatro mujeres están en la habitación de Bea y Sadie. La maleta está en la cama a medio hacer.

—Qué maleducada —dice Charlotte—. ¿Acaso no sabe que hacer escenas es uno de nuestros mejores talentos?

Beatrice hace una bola con un vestido y lo arroja dentro de la maleta.

—Espera —dice Emily—, yo te lo doblo.

Trabajan sin parar en un silencio interrumpido solo por los suspiros profundos de Sadie. Beatrice patalea en algún momento.

—Escúpelo, Sadie —exige.

—¿Qué?

—Está claro que tienes algo para decir.

Charlotte y Emily intercambian miradas. Las mejillas de Sadie, tan rojas y brillantes como su cabello, resplandecen en el espejito que cuelga sobre la cómoda.

—Nada —dice Sadie—, parece que tienes todo bajo control. Hacer la maleta, la boda… todo. —Se excusa y sale de la habitación. Beatrice hace un gesto de frustración antes de salir detrás.

—Espera —grita—. ¡Sadie, espera!

Sadie se gira con violencia, tiene fuego en los ojos.

—¿Qué? ¿Qué más quieres de mí?

—Te… te necesito. —La voz de la noviase quiebra.

—¿Crees que no lo sé?

Están en el pasillo, frente a frente, ninguna se mueve.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Eh? —pregunta Sadie.

—Sadie —dice, con un suspiro, Beatrice—. Yo…

—Elígeme a mí.

—No… no puedo…

Sadie mueve la cabeza, los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Y si vienes conmigo? A casa, a Kent —susurra Bea—. No quiero estar sin ti.

Habla sin pensar, las palabras salen de su boca sin que pueda detenerlas.

Va a estar casada en unas semanas. Sería menos doloroso cortar con Sadie en este momento, decir adiós ahora que todo es tan reciente y todavía puede quedar en el recuerdo como una amistad apasionada, nacida del fragor de la campaña por el voto.

Pero la lengua de Beatrice no colabora, no consigue que articule las palabras necesarias.

No puede alejar a Sadie si, con esos ojos castaños, enmarcados en largas pestañas y salpicados de pecas, le está suplicando.

—Ven conmigo —susurra Beatrice—. Te necesito.

Charlotte y Emily saludan a Beatrice y a Sadie desde el andén al día siguiente.

Beatrice no puede despegar la vista de Sadie en el tren.

Es como si la inminencia del final hubiera vuelto irrelevantes las palabras y lo único que quedara por hacer es absorber cada respiración, cada gesto de esta hermosa mujer y guardar cada segundo juntas en la memoria.

Al menos todavía les quedan unos días. Al menos todavía falta una semana para que llegue Daniel. Al menos, al menos...

Pero en Kent, Helen Piper y la innumerable cantidad de sirvientes de Champney House llevan a Sadie y a Beatrice en direcciones diferentes durante todo el día.

Beatrice busca a Sadie para disculparse, pero la vista de halcón de Helen controla cada uno de sus encuentros, las interrumpe y las separa cuando las dos mujeres están solas.

Únicamente a la hora de la cena están juntas en la misma habitación más de unos minutos, pero sin la privacidad que necesitan.

Charles habla sin cesar desde la cabecera y Beatrice está sentada, rígida, con un vestido de seda que su madre ha insistido en que se ponga.

Lo peor de todo es que sus padres no hacen ningún esfuerzo para disimular su disgusto por Sadie, ya sea ignorándola o criticando maliciosamente todo lo que sea estadounidense en su presencia.

No es una sorpresa que duerman en habitaciones separadas.

Dadas las dimensiones de la mansión, pareciera que Helen eligió la habitación de huéspedes más alejada del espacio familiar para la invitada.

Cuando Sadie, en un breve instante de intimidad, le dice que irá a visitarla por la noche, Beatrice dice que no con la cabeza. No pueden arriesgarse.

La cama está fría y es demasiado ancha sin Sadie. Beatrice se acostumbró a la cadencia de su respiración, un ritmo tranquilizador en medio del clamor urbano. Ahora está atrapada en el silencio del campo, en el vacío de su habitación. Beatrice cierra los puños con fuerza y contiene el llanto.

Al fin, una noche, tarde, Beatrice desliza una nota bajo la puerta de la habitación de Sadie.

Juntas bajan la escalera de puntillas y salen al jardín.

Beatrice ha contado a las suffragettes muchas historias de este lugar, historias de su infancia poblada de fiestas aburridas.

Pero también hubo historias que solo compartió con Sadie.

La historia de su primer beso, los minutos robados detrás de los arbustos con su mejor amiga, las cabalgatas sobre el lomo de July durante los veranos. Y, por supuesto, el incidente.

Caminan en silencio hacia los establos, los dobladillos de las faldas rozan el pasto húmedo de rocío.

—Por fin —susurra Beatrice, que sostiene un farol en la puerta del establo y respira el aroma de la paja y la tierra. Ver a Sadie enmarcada por las vigas de madera, vestida como está con una sencilla bata de noche, la conmueve hasta las lágrimas.

—Ven, siéntate —dice Beatrice, toma a Sadie de la mano y la conduce a un rincón donde hay una manta tendida en el suelo.

Al principio el contacto es urgente, desesperado; luego se serenan, empiezan a saborearse la una a la otra y finalmente yacen, tranquilas y juntas, en la oscuridad casi total.

Las lágrimas caen, abundantes; a Sadie se le entrecorta la respiración.

—Ah, mi amor, ¿qué pasa? —pregunta en voz baja Beatrice.

Sadie cierra los ojos, se seca las lágrimas calientes.

—Me acuerdo —susurra con voz temblorosa— de cuando estaba en el barco, cruzando el Atlántico para llegar aquí, y cuando el capitán señaló las dos orillas que estaban equidistantes; en ese punto nos separaba la misma distancia de uno y otro horizonte.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Beatrice examinando el rostro de Sadie.

—En aquel momento pensé que estaba más sola que nunca. Pero…

Hace una pausa, y Beatrice quisiera detenerla allí mismo, quisiera capturar ese momento y conservarlo todo exactamente así. Pero no puede detener el tiempo, no puede abrazar a Sadie para evitar que diga lo que las dos saben que va a decir.

—No puedo seguir así —dice finalmente.

—¿Qué?

Bea oyó bien. Lo saben las dos.

—No puedo.

—Por favor.

El silencio solo se interrumpe por los resoplidos lentos de los caballos y la sinfonía de los grillos en el prado.

—Dijiste que me necesitabas —susurra Sadie—. Pero yo… yo no te necesito así.

—Lo lamento —dice Beatrice—, lo lamento tanto. Pero, por favor, quédate hasta la boda, eres lo único que me ayuda a mantener la cordura y no hay nada que yo pueda…

—¿Nada que puedas hacer? Eso no es cierto, sabes que no lo es. —Sadie se endurece—. Siempre se puede hacer algo.

—No todas podemos cruzar el océano para escapar de nuestros problemas.

—No, Bea, eres brillante, nos salvaste la vida, interrogaste al primer ministro. No me digas que no puedes hacer nada.

—Sadie.

—No te entiendo, Bea, de verdad no te entiendo.

Dices que me necesitas pero no estás dispuesta a sacrificar nada por mí.

Estás dispuesta a aceptar el plan pensado para ti por tus padres de lo que debería ser una vida perfecta.

Pero eres tú la que está eligiendo y no puedes tenerlo todo, no puedes tenerme también a mí.

Beatrice se tapa la boca con la mano. Se le acelera el corazón, el flujo de la sangre retumba en su cabeza. Salen juntas del establo y se internan en la noche, pero en direcciones opuestas.

Sadie toma el tren de vuelta a Londres la mañana siguiente.