Las buenas hijas Capíulo cincuenta y cuatro
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Capíulo cincuenta y cuatro

CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO

EMILY

El magistrado abandona la sala para deliberar.

Nadie se mueve. Emily estrecha la mano de Beatrice después de unos minutos.

Y si… Y si… Y si… No se trata solo de sus principios ni tampoco de la retórica de la justicia; están en juego sus destinos.

¿Dónde dormirán esta noche? ¿En casa o en Holloway?

La adrenalina del juicio se va diluyendo en el frío y la humedad de Scotland Yard, y Emily no puede evitar pensar en la celda que la espera si fracasan.

No puede quitarse de la cabeza la expresión de su padre a través de los barrotes: el peso de plomo del miedo y de la vergüenza.

Emily, Charlotte, Isabel y Beatrice están tomadas de la mano como si fueran una corona de margaritas unidas con eslabones de acero cuando el magistrado regresa a su asiento.

—Orden —dice un funcionario. El magistrado coloca sus papeles y clava la mirada en las mujeres.

Emily está junto a Charlotte, que se ha puesto rígida y tiene la vena del cuello marcada como un cordón. Del otro lado, Beatrice le aprieta tanto la mano que los dedos se le están poniendo azules.

—Hágase constar en actas que la conducta pasible de provocar perturbación del orden público con que se acusó a Miss Emily Brown, Miss Charlotte Evans, Miss Isabel Hurston y Miss Beatrice Piper queda, por la presente, desestimada por la Policía Metropolitana.

Hay un momento de silencio al que siguen exclamaciones de euforia. Beatrice se pone de pie extasiada mientras Isabel, Emily y Charlotte la envuelven con abrazos.

—¡Lo logramos! —grita Sadie desde el estrado. Ya hace un buen rato que el magistrado se ha retirado cuando las mujeres se recomponen y salen a la calle en libertad.

—Oí que el primer ministro pidió al magistrado que no presentara cargos —dice Adeline ya fuera del edificio.

—Bueno, habría sido inviable juntar a las ciento quince mujeres y llevarlas de vuelta a Holloway —señala Beatrice.

—No —insiste Sadie—. Fue por la genialidad de Beatrice.

—Quiero ir a dormir ya —dice Beatrice, tomándole la mano a Sadie. Llega un carruaje y todas se amontonan dentro. Emily sostiene la puerta a Beatrice, la última en subir.

—Gracias —susurra Adeline, con lágrimas en los ojos—. Por defender a mi hija y por honrar a Jessie.

Sadie prepara el baño y Beatrice se va derecha a la cama cuando vuelven a casa. Charlotte y Emily se quedan levantadas hasta tarde, están demasiado eufóricas para dormir y repasan cada momento del juicio una y otra vez.

—Esto lo cambia todo —dice Charlotte.

—Siempre dices lo mismo.

—Bueno, esta vez no me estoy refiriendo a la causa. Esto cambia todo para Bea. Mañana va a aparecer en todos los periódicos, ya viste la avidez de todos esos periodistas. “¡Hermosa dama rubia interroga al primer ministro!”.

—Me pregunto cómo va a reaccionar su familia —dice Emily. Piensa en su propio padre, que tiene que saber lo del juicio, aunque solo fuera por los comentarios en Holloway. ¿Qué va a pensar cuando reciba los periódicos en su puerta mañana por la mañana?

—Me pregunto cómo reaccionará su prometido —dice Charlotte con un estremecimiento.

No tienen que esperar demasiado para averiguarlo. Beatrice recibe dos cartas por la mañana. Las sostiene con las puntas de los dedos como si olieran a podrido. El primer sobre contiene un telegrama de Daniel. Beatrice lo lee y lanza un gemido.

—Déjame a mí —dice Sadie y se estira sobre la mesa.

Beatrice hace una mueca pero se lo da.

—Ajá… no es tan malo. —A Sadie se le va apagando la voz—.

Dice que no se lo cuentes a su padre pero, en realidad, él es uno de los pocos miembros de la nobleza terrateniente que simpatizan con los socialistas y las sufragistas—.

“Soy un hombre moderno”, dice, y también que todo el asunto le dio mucha risa.

—¿De verdad?

Sadie pone voz grave y lee en voz alta:

—No vas a tener tiempo para todo esto cuando estemos casados así que pásalo bien con las chicas. —Sadie finge una arcada.

—¿Pásalo bien? —repite Charlotte.

—¿Le dio mucha risa? —agrega Emily.

—¡Ah, pero claro… nos estamos divirtiendo tanto! ¿No lo estamos pasando bien? —chilla Sadie—. ¡En el juicio y en la prisión! Y, ah, ¿qué más?, ¡tratando de evitar que nos violen en la calle!

—Basta —protesta Emily—. Por favor.

—Lo que dice es una ridiculez —insiste Sadie.

—Es cierto —corta Beatrice—. Y ahora el de mi madre. —Abre el segundo sobre con un gesto de dolor—. Dice que soy una desgracia. Ah... y que mi padre no pagó mi educación para que la usara así.

—Interesante. Me pregunto qué creían que ibas a hacer con un título de abogada si no era ejercer. —Sadie pone los ojos en blanco.

—De cualquier modo, está furiosa y… ah. —Beatrice se muerde el labio.

—¿Qué? —pregunta Sadie.

Beatrice empalidece de pronto y lee con voz temblorosa.

— The Times informa que nuestra hija corrió a los brazos de una pelirroja y que se abrazaron para celebrar la victoria. —Carraspea.

Emily y Charlotte se miran.

—Entonces, si lancé por la borda mis perspectivas de matrimonio, no van a tener más opción que recurrir a una solución alternativa para mí. Adorable.

Beatrice parpadea rápidamente para contener las lágrimas y se levanta de la mesa.

—Bea…

Beatrice sale de la cocina con paso firme y con la cabeza baja, se guarda el telegrama de Daniel en el bolsillo y arroja la carta de su madre al fuego.