Capíulo cincuenta y tres #2
—¿Se refiere a las manifestaciones de 1867 que condujeron a la Ley de la Reforma? —interroga Beatrice—. Tengo entendido que su propio padre lideró ese movimiento.
—Así es —dice Asquith—. Los hombres como mi padre se reunieron por miles.
Claro que no se puede esperar que las mujeres lo hagan tan masivamente.
Pero ya ve, Miss Piper, el poder pertenece a las masas y a través de ese poder, es posible influir en un gobierno para que actúe con más eficacia —concluye y sonríe, satisfecho por su propia capacidad oratoria.
—¿Tiene idea, señor, de cuántos “miles de hombres” se movilizaron en 1867?
—No, no recuerdo el número exacto en este momento…
—Según estimaciones contemporáneas, entre sesenta y setenta mil miembros de la Liga por la Reforma protestaron en Hyde Park en 1867, lo que terminó en la ampliación de la Ley de la Reforma durante ese mismo año.
—Miss Piper, usted no es la testigo. Deje de testificar y formule su pregunta si es que usted tiene una —advierte el magistrado.
—Muy bien. Lord Asquith, ¿usted sabe cuántas mujeres se manifestaron en la calle exigiendo el voto?
El primer ministro se inclina hacia adelante, mira a Beatrice a los ojos. La fachada de indiferencia se está resquebrajando.
—No exactamente —masculla.
—La defensa presenta el Documento A, un ejemplar de The Times del otoño pasado. —Beatrice sostiene una hoja de periódico—. Seguramente lee The Times, señor. ¿Podría leer en voz alta, por favor, desde el titular en adelante?
Asquith está a punto de rasgar el papel, ya no intenta ocultar su agitación. Lee en silencio, tiene los oídos color púrpura para cuando llega al final de la página.
El magistrado se mueve en su asiento, inquieto.
—Su señoría, lea en voz alta, por favor —indica por fin.
—Las mujeres se reúnen en Hyde Park —recita con una mueca de disgusto.
—Sí, y debajo de eso por favor, lea la primera oración —dice Beatrice.
—Se estima que… —Asquith traga saliva— había más de doscientas mil mujeres presentes; la mayoría vestía de blanco. Las calles de Londres por las que marcharon con sus estandartes de seda no habían presenciado semejante riqueza y refinamiento de color siquiera durante los desfiles militares.
—Me pregunto, primer ministro, si puede describir cómo se comportaron los hombres de la Liga de la Reforma en Hyde Park en 1867 —pide Beatrice.
—Ya basta con 1867 —dice el magistrado—. Este juicio se ocupa solo de los sucesos del 28 de febrero.
El primer ministro sonríe con superioridad.
—Como desee —dice Beatrice—. Pensé que podría ser importante comparar las manifestaciones pacíficas de las mujeres del presente y los violentos levantamientos del pasado.
Por ejemplo, en 1867 arrancaron del suelo las barandillas de Hyde Park.
Eso fue un hecho violento ejecutado por la Liga de la Reforma.
El primer ministro acaba de declarar que la Liga de la Reforma logró extender el derecho después de esa misma asamblea.
El magistrado comienza a farfullar pero Beatrice continúa hablando.
—Las mujeres triplicaron en número el precedente establecido por los hombres y se manifestaron de manera pacífica, no violenta.
Sin embargo, la Ley de Reforma de 1867 se aprobó en cuestión de semanas después de aquella asamblea en la que hubo tantos desmanes, mientras que han pasado más de seis meses desde que las mujeres se reunieron pacíficamente en Hyde Park.
—¿Tiene algo más para preguntar a su señoría? El primer ministro tiene mejores cosas que hacer que escucharla recitar historia antigua —dice el magistrado echando chispas.
—Una última pregunta. La mañana del 28 de febrero, después de escuchar el melodioso canto en Parliament Square, ¿usted dio la orden a su secretario de Interior de que interviniera según su criterio?
—Sí.
—No hay más preguntas —concluye Beatrice.
Asquith se pone de pie y sale rápidamente.
Mientras la multitud conversa animadamente, la joven abogada mira a sus amigas con un esbozo de sonrisa dibujado en el rostro.
Después se vuelve una vez más hacia el magistrado y agrega—: La defensa llama al estrado al secretario de Interior, Winston Churchill.
Churchill entra en la sala y se quita el sombrero, se pasa la mano por el pelo que ya empieza a ralear.
Alto y mofletudo, pasa de costado por la mesa de prensa y se sitúa en la silla que acaba de dejar libre el ministro.
Beatrice está completamente concentrada, tiene muy claro cómo debe desarrollarse su interrogatorio.
—Señor, por su cargo de secretario de Interior, usted es responsable del comportamiento de la Policía Metropolitana, ¿no es así?
—Sí —resopla Churchill, golpeteando el suelo con el pie derecho.
—¿Podría afirmarse, entonces, que este tribunal policial es, técnicamente, una continuación de su jurisdicción?
—Supongo que sí.
—Gracias —Beatrice hace una pausa y toma aliento—. ¿Es consciente señor de que, de las ciento quince mujeres arrestadas el día en cuestión, más de la mitad declaró haber sido sometida a algún tipo de abuso físico por parte de agentes de policía?
—Ah —exclama Churchill.
—¿Y está al tanto de que tras ingresar a la prisión de Holloway se les negó atención médica a esas ciento quince mujeres, incluidas quince que sufrieron heridas físicas?
—Bueno, eh…
—¿Es una práctica habitual permitir a sus subordinados que contradigan sus órdenes directas?
—Ruego me disculpe. No, por cierto, no —masculla y deja de golpetear con el pie. Beatrice tocó un nervio.
—Entonces, ¿los agentes de policía a su cargo acatan sus órdenes sin excepción?
—¡Por supuesto que sí!
—¿Y dio orden a sus policías de que atacaran físicamente a las mujeres que estaban en Parliament Square el 28 de febrero?
La ira transforma el rostro de Churchill al verse acorralado. Ni siquiera el magistrado puede ahorrarle el bochorno.
—Mr. Churchill, una de las mujeres atacadas el 28 de febrero murió posteriormente por las heridas recibidas ese día. Su nombre era Jessie Morgan.
Los asistentes murmuran. Oye que Isabel reprime un sollozo detrás de ella.
—“El precio de la grandeza es la responsabilidad” —cita Beatrice—. ¿Sabe quién dijo eso, señor?
—Sí —musita Churchill.
—¿Quiere decírselo al tribunal?
—Yo lo dije..
—Sí claro, lo dijo. “Responsabilidad” —repite Beatrice—. Le pido señor que asuma un poco de esa responsabilidad. No más preguntas.
Pasa un momento y Churchill se pone de pie.
—Maldita arpía —gruñe y se retira de la sala hecho una furia; la puerta sigue balanceándose después de su salida.
El magistrado junta las palmas y cierra los ojos como si rezara.
—¿Tiene más testigos? —pregunta por fin.
Alguien masculla: “¿También vamos a convocar al Rey?”. Se oyen risitas en la galería.
—No, señor —dice Beatrice.
—Proceda con su declaración final.
La sala vibra con expectativa; Emily, Charlotte e Isabel se inclinan hacia adelante para transmitir su amor y su confianza a Beatrice.
—Damas y caballeros, el proceso de hoy se ha llevado a cabo con malicia y encono sin otra intención que la de incapacitar a un adversario político.
Este caso ha sido una farsa desde el principio.
Hoy se nos convocó a mí y a mis compañeras por “conducta susceptible de provocar alteración del orden público”.
Esta acusación casi hipotética, basada en una ley centenaria del rey James es, simplemente, absurda.
”Ahora bien, reconozco que por ley sí se nos podría haber acusado por el cargo de reunión ilegal. Pero el gobierno no nos acusó de este delito para mantener este caso en el tribunal policial. Por eso se nos ha privado de un juicio por jurados y del derecho a apelar.
Beatrice camina, confiada, hacia la mesa de la prensa, donde los periodistas están encorvados, escribiendo sin parar. Entonces, se vuelve una vez más hacia el magistrado.
—Usted ha escuchado el testimonio del primer ministro Asquith.
Su señoría dejó claro que reunimos a cientos de miles de mujeres de forma pacífica con el fin de promover una reforma.
Qué gran contraste con las manifestaciones mucho menos numerosas pero mucho más violentas convocadas por los hombres en el pasado.
A pesar de eso, hemos enfrentado multitudes hostiles en las esquinas.
Se nos ha dicho que no podíamos tener representación aunque paguemos nuestros impuestos.
Se nos tergiversó y se nos ridiculizó. Hemos sido blanco del desprecio de turbas ignorantes a las que se incitó a dirigir su violencia contra nosotras.
Y el 28 de febrero, desarmadas y desprotegidas, soportamos la violación de nuestra seguridad y de nuestra integridad física por parte de la Policía Metropolitana, la misma institución en la que nos encontramos hoy.
”Han escuchado el testimonio del secretario Churchill, cómplice de la violencia ejercida por su propia fuerza policial contra las mujeres que se manifestaban en asamblea pacífica.
La única acusación presentada contra nosotras fue la de haber unido nuestras voces en una canción.
Y, sin embargo, más de cien mujeres fueron arrestadas y más de cincuenta mujeres, brutalmente atacadas.
Y una de nosotras perdió la vida. Este último hecho, esta tragedia, está fuera de discusión.
”Hoy estamos aquí no porque queramos violar las leyes. Estamos aquí porque queremos hacerlas. Por lo tanto, solicitamos al tribunal que desestime los cargos. La defensa descansa.