Las buenas hijas Capíulo cincuenta y tres
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Capíulo cincuenta y tres

CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

BEATRICE

El suelo brilla con destellos de la lluvia reciente por la mañana.

Beatrice se despierta al amanecer, con el cielo manchado de rosa.

El mundo está tan quieto, tan silencioso; se toma un momento para mirar a Sadie mientras duerme.

Desearía quedarse así siempre, envueltas en la calidez de las colchas, con las piernas entrelazadas y el mundo suspendido en la calma del amanecer.

Beatrice vuelve a hundir la cabeza en la almohada salpicada por el pelo de su compañera.

Cuando, por fin, la durmiente comienza a moverse, Beatrice la despierta con un beso.

Un leve gemido se le escapa de los labios rosados al estirar las piernas, los dedos de los pies y antes de inclinarse sobre los labios de Beatrice. Con los ojos todavía cerrados, Sadie estira la mano para sentir, más que ver, los rizos dorados de Beatrice.

—Mira el cielo —murmura la rubia.

—Hermoso. —Sadie no mira por la ventana, tiene la mirada fija en el rostro de su compañera.

Beatrice siente que un puño frío le oprime el pecho.

¿Acaso sus amaneceres juntas están contados?

Sadie la cuidó amorosamente al salir de Holloway cuando tenía los pechos tan cubiertos de moratones que apenas podía soportar el peso de una enagua liviana sin gritar de dolor.

Sadie compartió su cama aquella primera noche en casa y, salvo para atender a Charlotte y a Emily, nunca se alejó de su lado.

Ella le limpió la sangre seca de las piernas, también de partes de su cuerpo de las que ni siquiera se atrevería a hablar.

Con besos secó lágrimas que no caían como lluvia sino lentamente, como gotas de rocío suspendidas en pétalos de rosa.

Jura todas las noches que esta será la última vez que la abraza y respira junto a su piel.

Se inflige ese castigo a sí misma porque, a pesar de saber que les queda poco tiempo, no quiere dejarla ir.

Tal vez este sea el castigo que merece. Lo único que sabe es que no puede separarse de ella. Todavía, no.

La imponente fachada de piedra de Scotland Yard disimula su interior precario.

El exterior de ladrillo color rubí reluce con toda la autoridad del imperio, pero las cámaras interiores se caen a pedazos.

Las mujeres recorren un pasillo oscuro, frío y húmedo.

Un agente uniformado las recibe al final del corredor y con un gesto les indica que lo esperen junto a la puerta.

Beatrice empieza a respirar más lentamente.

Le transpiran las manos solo por ver el uniforme de policía.

En el vestíbulo reina un silencio siniestro salvo por el tic, tic, tic de una gotera que no está a la vista.

Isabel tiene los ojos inyectados en sangre, el rostro demudado por la pena.

Sadie y Adeline recorren el camino desde la entrada hasta las salas de la corte policial en algún lugar del edificio.

Adeline se coloca nerviosamente el sombrero.

Las horquillas se le clavan en el cuero cabelludo, pero no puede arreglarlas sin quitarse toda la estructura, y lo que menos necesitan hoy es la fotografía de una suffragette desaliñada en los periódicos.

Las campanadas lejanas del Big Ben dan la hora, incluso en las profundidades de Scotland Yard, y el policía las lleva a un pequeño juzgado que huele a humedad y transpiración cuando suenan las once.

La sala está atiborrada de espectadores amontonados en bancos de madera y periodistas apoyados en las paredes.

El policía conduce al banquillo de los acusados a las cuatro mujeres a quienes, arbitrariamente, se les adjudicó el liderazgo de la protesta en el Parlamento.

Beatrice, Isabel, Charlotte y Emily ocupan ahora el centro de la sala.

Las rodea una barandilla de madera, como si estuvieran dentro de una jaula.

Beatrice estira el cuello e intenta identificar las caras en la multitud.

Por fin afloja los hombros cuando posa la mirada en la parte de atrás desde donde Sadie y Adeline observan de pie. Las dos están vestidas de luto.

—Orden, orden —exige uno de los funcionarios cuando el magistrado entra en la sala.

El funcionario se alisa la pechera arrugada y toma asiento.

Lleva patillas blancas, una reminiscencia de la moda del siglo anterior; parecen orugas que se arrastran por sus mejillas.

Examina las caras de las mujeres, se detiene en la famosa Isabel Hurston y la belleza exquisita de Beatrice Piper, apenas se fija en Emily y en Charlotte.

Beatrice se pone de pie y la sala enmudece de golpe.

—Su señoría, en nombre de las acusadas quisiera presentar una solicitud —dice con voz suave pero firme. Solo los que la conocen podrían detectar el leve temblor en sus palabras. De la mesa de prensa llegan murmullos y el sonido frenético de los lápices sobre el papel. ¿Quién es esa mujer?

—Concedido —dice el magistrado.

—Solicito que el caso sea retirado del tribunal policial y se envíe a juicio ante un juez y un jurado. Es nuestro deseo… —carraspea—. Exigimos el derecho a un jurado integrado por pares.

El magistrado no pestañea.

—Denegado —murmura lamiéndose los labios.

Beatrice se vuelve hacia el escritorio que tiene delante de ella. No esperaban que su primera solicitud fuera exitosa. Pero saben que, legalmente, van a tener éxito con la segunda. Beatrice lee sus anotaciones, pero no levanta el papel para que no se note que le tiemblan las manos.

—Moción para presentar testigos señor.

—Proceda.

—La defensa llama al primer ministro H. Asquith.

La abarrotada mesa de prensa vibra con el frenético sonido de los plumines de los periodistas. La audiencia olvida el decoro y empiezan a hablar sin pudor. Este es el golpe maestro. Beatrice descubrió dos noches antes del juicio que podía citar a miembros del gobierno como testigos.

—¿Por qué no? Estaban en el Parlamento esa tarde —había dicho sonriendo por primera vez desde que empezó, días atrás, a armar la lista de testigos para enviarla al juzgado policial.

—Los periódicos van a enloquecer —exclamó Sadie con alegría y le plantó un beso en la mejilla—. ¡Eres un genio!

El magistrado golpea su mazo.

—¡Orden!

Por fin vuelve la calma y, en ese momento, las puertas se abren de par en par. El primer ministro ingresa en la sala. El rostro angular, bien afeitado de Asquith es casi atractivo, aunque sus ojos bailan divertidos y burlones.

El primer ministro toma asiento y se hace silencio en la sala.

El corazón no deja de saltar dentro del pecho de Beatrice, pero su mente tiene una claridad prístina.

La envuelve un halo de luz; ha sentido el mismo vértigo montando a caballo: los primeros movimientos son arduos pero luego, en un instante hermoso, el galope se despliega en toda su fluidez, imparable y elegante.

Pensar que estudió durante años sin siquiera imaginar que iba a ejercer la abogacía y ahora lleva sobre los hombros todo el peso de su libertad.

Debería ser aterrador pero está tranquila.

Si no estuvieran en juego sus vidas hasta sería divertido. Respira hondo.

—Lord Asquith —empieza Beatrice—. ¿Es verdad que usted estaba en la Casa de los Comunes el 28 de febrero?

—Sí, es cierto —responde lentamente el primer ministro, como si le hablara a una niña. Se recuesta sobre el respaldo con las piernas extendidas, dando a entender el poco respeto que le inspira la situación.

—¿Es correcto afirmar —continúa Beatrice— que vio a un grupo de mujeres acercarse a Parliament Square?

El primer ministro frunce los labios y, con actitud divertida y condescendiente, mira al magistrado con escepticismo.

—Ya quedó establecido que el primer ministro se hallaba presente y presenció los procedimientos del 28 de febrero —interrumpe el magistrado—. Continúe Miss Piper.

—Pregunté si el primer ministro vio que nos estábamos acercando —dice Beatrice—. Pero la siguiente pregunta es si él nos oyó.

El magistrado va a presentar una objeción, pero Asquith levanta la mano.

—Sí, sí, vi y oí —responde y sonríe a la prensa como si dijera “¿Ven cómo manejo a estas mujercitas tontas?”.

—¿Qué fue lo que oyó exactamente, señor? —interroga Beatrice—. ¿Escuchó algún discurso? ¿Hubo palabras que hubieran podido incitar a la violencia?

Asquith se inclina levemente hacia adelante.

—No. Yo estaba dentro del edificio así que no oí ningún discurso, para eso existen las paredes.

—Correcto —coincide Beatrice—. ¿Tampoco escuchó que se utilizaran palabras para incitar a la violencia?

—No —dice Asquith. Golpetea con los dedos impaciente.

—¿Ni siquiera cuando salió para ver más de cerca? ¿Qué escuchó, si escuchó algo, en ese momento?

—Yo… eh… bueno. Creo que oí… cantos.

—¿Usted cree que oyó cantos?

—Sí —dice Asquith. Se sonroja levemente.

—¿Qué canción oyó?

—No sé. Alguna canción sobre el sufragio, una melodía, no soy especialista en música.

—Ya veo —dice Beatrice—. No oyó discursos ni palabras que pudieran incitar a la violencia. Lo único que oyó el 28 de febrero fue el vago sonido de un canto melodioso en los alrededores del Parlamento. ¿Es correcto?

Asquith se encoge de hombros.

—Su señoría, por favor, indique al testigo que conteste con un “sí” o un “no” —dice Beatrice amablemente.

—Sí, está bien. Es correcto —dice Asquith.

—Muy bien. Ahora quisiera volver a una declaración que usted, señor, hizo una vez sobre del voto femenino. ¿No es cierto, acaso, que usted mismo ha dicho y cito: “Las mujeres no conquistaron el voto porque nunca fueron capaces de luchar como los hombres”?

—Sí, dije eso —admite Asquith.

—¿A qué se refería usted cuando dijo “luchar como los hombres”?

—Bueno, si se extendió el derecho a los hombres fue porque ellos salieron en gran número para demostrar que era una demanda masiva —dice y vuelve a su actitud relajada.

Qué fácil es desestimar las ideas ridículas de estas mujeres , debe de estar pensando…

igual que Beatrice; ella sabe lo fácil que va a ser atraparlo con sus propias palabras.