Capíulo cincuenta y dos
CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS
CHARLOTTE
No le traen el desayuno al tercer día. Charlotte se arma de valor para enfrentar la alimentación forzada que está por venir.
Agradece el hambre porque le nubla el cerebro.
No podría afrontar el procedimiento de no ser por esa neblina.
Las otras mujeres están asustadas pero para ellas el dolor todavía es algo que solo pueden imaginar.
Ella ya ha sufrido esto antes y es peor que cualquier descripción.
Nadie puede ser tan valiente dos veces a menos que no esté bien de la cabeza.
Sin embargo, la confusión que le concede el hambre no es suficiente.
No hay forma de reprimir la sensación de ahogo que la atormenta desde la primera vez que la ataron al duro respaldo de una silla y le metieron el tubo de metal por la garganta.
Por reflejo, su cuerpo expulsó el objeto extraño que le cortó la parte de atrás de la lengua; la sangre le corrió por la boca y el cuello.
En respuesta a ese acto de rebelión involuntaria le introdujeron un tubo de goma por una fosa nasal.
No podía respirar por la nariz ni por la boca, pensó que iba a asfixiarse. Basta, basta, basta…
Un guardia abre la puerta y Charlotte se desmorona.
Alguien la saca a rastras de la celda. Cierra los ojos, una luz brilla a través de sus párpados, no es la de los lóbregos pasillos, ni siquiera de las lámparas artificiales, es la luz del día.
Abre los ojos. Las cien sufragistas que estaban en la manifestación están parpadeando junto a ella en la entrada de Holloway.
Charlotte encuentra a Emily; a su lado está Beatrice, su cabellera rubia ha adquirido una tonalidad gris mate, ceniciento.
Beatrice observa la ambulancia cercana con ojos vacíos.
—Son libres para volver a sus hogares —lee un hombre de una hoja de papel—. Si necesitan asistencia estas ambulancias las trasladarán. Deben volver a sus casas para recuperar fuerzas; finalizado ese período volverán a ser arrestadas para terminar de cumplir sus condenas.
Nadie festeja, están demasiado débiles y la ausencia de Jessie es una herida abierta.
Las preguntas llegarán más tarde. Se dirigen renqueando, lentamente, a los vehículos: son supervivientes.
Beatrice no habla cuando llegan a Park Lane, permanece en silencio aun cuando Sadie llora sobre su pecho; está rígida e impasible, tiene la mirada perdida.
Charlotte se pregunta qué le pasó a pesar de sus propios moratones.
Sadie y ella se miran; todas se están preguntando lo mismo.
—“Queda notificada” —lee Sadie en voz alta—. “Por la presente se le acusa de conducta susceptible de provocar alteración del orden público”. Dice que tienes que presentarte en Scotland Yard dentro de dos semanas, frente al juzgado policial.
—Están agregando insulto a injuria —dice Charlotte y se frota las sienes. Emily y Beatrice se miran, pero antes de que puedan contestar interviene Sadie.
—No… esto podría ser positivo. Es una oportunidad para defender tu caso. Podríamos lograr que retiren los cargos antes de que te vuelvan a arrestar.
Las mujeres que están sentadas alrededor de la mesa empalidecen ante la mención de un nuevo arresto.
Intentan descifrar qué quiere decir la notificación.
El gobierno decidió dejarlas ir antes que someter a cien mujeres a la alimentación forzada…
para que, cuando se recuperen, vuelvan a cumplir sus condenas.
Si insisten con la huelga de hambre, ¿cuánto podrían alargarse esas condenas?
¿Cuánto tiempo más estarán dispuestas a soportarlo?
Charlotte padeció taquicardias constantes durante su primera semana fuera de la cárcel; la mirada vidriosa de Emily se fue disolviendo, igual que los moratones y Beatrice volvió a hablar después de días de un silencio escalofriante.
Sadie trató de atenderlas a todas, pero ella también estaba dañada por el sufrimiento que veía reflejado en los rostros de todas ellas, y la suerte y la disfuncionalidad de la policía que le permitió escapar del arresto junto a Adeline.
Después de unos días de recuperación, llegaron noticias de la posada de Clement: Isabel y Adeline están de luto.
Charlotte no puede evitar pensar lo cerca que estuvieron de correr la misma suerte que Jessie.
No hubo tiempo para el funeral que se merecía.
Las convalecientes ya están bastante recuperadas hacia fines de esa semana y pueden andar por la casa y sentarse a la mesa a tomar caldo. Durante una de esas comidas pausadas —comer rápido les provoca terribles dolores digestivos—, Sadie lee el telegrama en voz alta.
—Ya lo hemos hablado con Adeline. Tenemos un plan —Sadie habla con firmeza y con confianza—. Las va a representar una de las mentes jurídicas más brillantes del país.
—¿Quién? —pregunta Charlotte.
—Uno de los académicos más importantes que ha dado Cambridge.
—¿Quién?
Sadie gira la cabeza y su mirada bailarina se posa en Beatrice.
—Alguien que ya conocen y en quien confían.
Beatrice hunde la cara en las manos.
—Miss Beatrice Piper, licenciada en Derecho —concluye Sadie.
—Pero ¿cómo? Perdóname, Bea, sé que estudiaste derecho, pero las mujeres no pueden ejercer la abogacía —se burla Charlotte.
Sadie entrelaza las manos sobre la mesa.
—Diles.
—Pero yo… —Beatrice está confundida. Entonces comprende y la cara se le ilumina—. Ah —suspira—. A las mujeres no se nos permite ejercer la abogacía… pero podemos presentarnos ante el tribunal como acusadas… y ejercer nuestra propia defensa.
Sadie asiente.
—Precisamente. Y Beatrice no solo es un as del derecho…
—No lo sabes —protesta Beatrice.
—… ¡también va a cautivar a la prensa con su ingenio, su estrategia y su belleza! Los periódicos la van a adorar.
—Sadie —protesta Beatrice reprimiendo un acceso de tos. Emily ríe con incredulidad inclinada sobre su tazón de caldo, pero Charlotte tiene dibujada una sonrisa de oreja a oreja.
—Es una idea brillante —dice Charlotte.
—¿Lo dices en serio? —pregunta Beatrice.
—Totalmente —contesta Charlotte después de una pausa.
No tardan en ponerse a desarrollar su estrategia legal. Una vez que supera la duda inicial —¿De verdad confían en mí para que las represente? Pero este es el primer y único caso que he defendido oficialmente —, Beatrice se pone a trabajar con una dedicación admirable.
—Esto me recuerda a nuestros días en Girton —se burla Charlotte. Ya es de noche y le prepara una taza de té a Beatrice, que sigue encorvada sobre sus libros de leyes con el ceño fruncido por la concentración.
—Ah, sí. Los buenos viejos tiempos en los que yo estudiaba por las dos mientras tú escapabas por la ventana.
Llega un mensaje de las Hurston a última hora. Isabel también va a ir a juicio y ella y su madre tienen algunas ideas y también preocupaciones. Beatrice pincha sus notas en la pared y teje una estrategia como si fuera una tela de araña.
—¿De verdad crees que esto va a funcionar? —pregunta Emily a Charlotte la noche anterior a presentarse en Scotland Yard.
Aunque recuperaron buena parte de sus fuerzas durante esa semana, solo imaginar un nuevo arresto les resulta insoportable.
La intervención de Beatrice es su única oportunidad para evitar un ciclo interminable de huelgas de hambre, liberaciones y arrestos, con el riesgo para sus vidas que ello implicaría.
El apoyo público que despertaron las revelaciones de Constance puso al gobierno contra las cuerdas.
La alimentación forzada convirtió a las mujeres en mártires; esa es la razón de ser de la Ley de Libertad Temporal por Enfermedad.
Ahora, interrumpir las huelgas de hambre con la vuelta a los hogares evita que las suffragettes se conviertan en mártires e invadan las calles.
Adeline la llama, más brutalmente, el Acta del Gato y el Ratón.
Las mujeres son, por supuesto, los ratones torturados.
—Más les vale —responde Charlotte. Le duele todo.
Los moratones apenas se aclararon un poco, solo cambiaron de morado intenso a amarillo.
El espectro de la muerte de Jessie sobrevuela todo, está presente en cada silencio, en todas las conversaciones.
Lo repiten en voz baja hasta que se ponen a llorar, lloran hasta que se quedan dormidas.