Las buenas hijas Capíulo cincuenta y uno
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Capíulo cincuenta y uno

CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

BEATRICE

Beatrice está cubierta de sangre. No tiene con qué detener el sangrado, así que está empapada, el uniforme se ha teñido de un enfermizo color óxido escarlata.

Cuenta inhalaciones, cuenta hasta cien, hasta mil.

Imagina la sonrisa de Sadie a la luz de la vela, su piel como una perla sobre el blanco puro de las sábanas limpias.

Pero la imagen se curva, se distorsiona.

Las sábanas están salpicadas de sangre. Invoca imágenes de su infancia, las largas cabalgatas en los prados donde los únicos sonidos son el murmullo del viento, el zumbido de los insectos y las pisadas firmes de los cascos de July. Pero tampoco encuentra consuelo allí.

Está avergonzada.

Una mano de hombre bajo la falda, sobre la piel, dentro de ella. El grito de dolor contenido, el terror de la inmovilidad, la inutilidad de sus gritos.

Y ahora la sangre. La regla fluye, sí, y también algo peor, más oscuro, algo coagulado.

Sus padres tenían razón, es conflictiva, es mala, hay, y siempre hubo, algo malo dentro de ella. ¿Qué pensarían si la vieran ahora? ¿Le tendrían lástima o estarían demasiado avergonzados? ¿Creerían que lo merece?

Probablemente sí, lo merece.

Llorar es admitirlo. Hablar es reconocer su realidad. Así que se balancea en silencio enroscada sobre sí misma sobre el suelo frío, duro, cubierto de sangre.