Capíulo cuarenta y nueve
CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE
EMILY
La sola idea de que existe el tiempo pierde sentido.
Y sucede muy rápidamente: eso es lo más sorprendente.
Sin acceso a la luz del día salvo por una hendija estrecha que está tan alta que no puede mirar por ella (las prisioneras perdieron el privilegio de salir al patio) y sin intervalos para comer, Emily pierde noción de cuándo es de día y cuándo de noche; ya no hay minutos, horas, ni días.
No sabe hace cuánto llegó cuando oye el tintineo del llavero y la voz que le provoca ganas de llorar.
—Em. —Thomas entra en la celda, titubea al acercarse a la litera de su hija.
Se detiene un momento, la observa; todavía tiene la manga manchada de sangre y moratones en la mejilla.
El hedor de la celda, hasta para un hombre habituado a los olores de la cárcel, parece hacerlo vacilar. Se arrodilla en el piso junto a ella.
—Papá. —Hundida en el hambre y la confusión, ver el rostro de Thomas es un alivio.
Han pasado semanas desde que Emily se fue de casa; nunca estuvieron tanto tiempo separados.
Thomas parece cansado, agotado. Antes Marianne se burlaba de las arrugas que se le formaban alrededor de los ojos y decía que eran señales de sonrisas pasadas.
Ahora lo hacen parecer viejo y triste; habla rápidamente, escupe una avalancha de palabras ensayadas.
—Em, sé que tuvimos nuestros desacuerdos pero, por favor, olvidemos esto.
Ya dejaste clara tu posición. Tu madre y yo siempre quisimos que tuvieras una vida mejor pero, mi amor, no era esta.
—Se despeja el pelo de la frente, con ojos suplicantes—.
Voy a pagar tu fianza y vas a volver a casa.
Es mucho dinero, casi todo lo que ahorramos para tu futuro, pero podemos volver a empezar.
—Deja la mano suspendida sobre el hombro de Emily y por fin la apoya titubeante. Emily se estremece.
Sería tan fácil aceptar. Su padre la cargaría en brazos con un solo gesto, como cuando era niña, y la llevaría a un lugar seguro.
—No —dice Emily rápidamente para no poder cambiar de opinión—. Me quedo. —Apenas tiene fuerza para levantar la cabeza pero la usa para que su voz suene clara y firme.
—Emily querida, no sabes lo que dices. Voy a pagar la fianza y te llevaré a casa.
—Estoy en casa.
Thomas se pone de pie y empieza a caminar por la celda estrecha, dos pasos hacia un lado, dos pasos hacia otro. Crece su impaciencia.
—Tengo que sacarte de aquí —explota—. Ya pasaron dos días. Van a venir a buscarte para hacerte comer a la fuerza y no habrá nada que yo pueda hacer.
A Emily se le encoge el pecho y se le congela la sangre.
No podían saber a ciencia cierta si, después de la investigación del gobierno, iban a continuar con la alimentación forzada.
Sin embargo, parece que, una vez más, hay todo un conjunto de reglas diferentes para los pobres.
Emily trata de controlar la respiración pero el pánico la invade, cada sorbo de aire es menos sustancial que el anterior.
Se acuerda del cuerpo roto de Charlotte en la camilla.
También lleva grabado en la memoria el eco del grito primitivo de Constance.
—Tu madre nunca me lo perdonaría —agrega Thomas y se le quiebra la voz.
Emily mira a su padre con furia a través de los mechones de cabello que le caen sobre el rostro.
Un hombre al que alguna vez creyó capaz de salvarla de cualquier cosa está admitiendo su propia impotencia.
Hubiera sido conmovedor si no fuera por la terrible ironía.
—Ay, papá —susurra Emily—. Mamá nunca te perdonaría por lo que ya hiciste. ¿Te acuerdas de lo que decía cuando hacía la ronda? “Todas son hijas de alguien”. Lo ves ahora por mí pero siempre fue así. Todas somos hijas de alguien.
—Marianne quería que tuvieras una vida mejor, una vida independiente, fuera de aquí…
—Es lo que estoy haciendo. Vete, no puedes salvarme. —Gira y queda de espaldas a su padre, de frente a la pared.
Thomas quiere discutir y convencerla pero, en ese momento, se escuchan gritos en el corredor.
—¡Mr. Brown! ¡Venga rápido!
Se escucha un grito de dolor, Thomas apoya la mano en el hombro a su hija una vez más antes de cerrar la celda con llave y salir corriendo por el pasillo. Emily traga saliva con dificultad. No tiene energía para llorar pero eso no neutraliza el dolor que siente en el alma.
El tiempo pasa, no podría calcular cuánto. De pronto se oye otra voz desde la puerta. Masculina. Conocida. Tiembla de miedo hasta que…
—¿Emily? —Es Martin.
Ella hace una mueca de dolor, algo le revuelve las tripas. ¿Cómo puede ser que su cuerpo todavía lo extrañe después de todo? El odio rabioso que incubó en su intelecto no se traduce en una sensación física. No se mueve pero desde la litera lo escucha hablar a través de los barrotes.
—Quería decirte que… —Martin carraspea— una de tus, eh, amigas… murió.
Hay un momento de desconexión, la sangre tarda un instante en volver a circular.
—¿Quién?
—Jessie. El doctor dijo que sufrió una hemorragia interna.
Emily cierra los ojos, una lágrima caliente le corre por la mejilla. La dulce Jessie. Nunca va a olvidar la integridad con la que relataba su infancia en las fábricas ni la determinación con la que reía. “Elijo la alegría” era su declaración de principios.
Emily ya no siente nada.