Las buenas hijas Capíulo cuarenta y ocho
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Capíulo cuarenta y ocho

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

CHARLOTTE

Por la tarde, un guardia entra a la celda, esposa a Charlotte y la lleva al patio a caminar en círculos. Hora del ejercicio. Trata de mirar a los ojos al guardia pero él no la mira de frente.

—Sin hablar —gruñe y la libera en la ronda de mujeres que arrastran los pies.

Fuera hace un frío glacial. Su aliento forma finas volutas en el aire. Tiene los nudillos agrietados y le sangran. Ve una silueta que cojea al otro lado del patio; casi no la reconoce, tan golpeado e hinchado tiene el rostro.

—¡Emily!

—¡Silencio! —grita el guardia.

Charlotte se acerca renqueando; le arde el cuerpo con cada movimiento. Siente los ojos del guardia sobre ella cuando llega junto a Emily. Logra estrecharle el dedo meñique a pesar de las esposas.

—¡Sin tocar!

Juntas deambulan lentamente en círculo. Charlotte aprovecha el momento en que el guardia no puede oírlas para darle el paradero de las demás.

—Arrestaron a más de cien de las nuestras. Bea está aquí, en algún lugar, igual que Isabel y Jessie. Sadie escapó y también Adeline. ¿Tú estás bien?

—Estoy bien —dice Emily, aunque hace un gesto de dolor a cada paso—. Me negué a comer el desayuno.

—Yo también —dice Charlotte.

Las consecuencias de esta decisión son terribles, no van a ponerse a pensar en ellas. Cuando fracasó el Proyecto de Ley de Conciliación, ¿también terminó el interés repentino del gobierno en las suffragettes? Es posible. Ellas no lo van a saber, eso es seguro. No hasta que llegue el médico.

—Ayer… —Charlotte se da cuenta de que no tiene palabras para describir lo que pasó.

—No puedo creerlo.

Hacen silencio al pasar junto al guardia, esperan a alejarse para volver a hablar.

—¿Oíste lo que pasó con Maggie Andrews? —pregunta Emily—. Le destrozaron la silla.

—No la vi. Tal vez esté en el hospital. ¿Viste a tu padre?

—No. ¿Y tú?

—No.

El murmullo de la ronda se apaga. Hace mucho frío; Charlotte no había visto algo así en Holloway, tampoco después de las manifestaciones de las suffragettes.

Todas tienen moratones, están golpeadas y renquean; pocas están vendadas como corresponde aunque algunas parecen tener cabestrillos improvisados.

A casi todas se les ven manchas de sangre seca en alguna parte del cuerpo.

Los gritos de Isabel perforan el aire quieto.

Un cuerpo yace desplomado en el suelo, a unos veinte metros de Charlotte y Emily.

Isabel grita y cae de rodillas. Todas corren hacia ellas aunque se mueven lentamente, luchando contra la corriente de las esposas y las heridas.

Un guardia toca el silbato descontroladamente, las mujeres lo ignoran pero él se abre paso a empujones y levanta la forma inerte.

Charlotte llega a ver un mechón de cabello oscuro. Es Jessie. Se la llevan en brazos, el cuello le cuelga hacia atrás en un ángulo extraño. Alguien se acerca a Isabel y aunque todas están esposadas y no pueden abrazarla, se acurrucan a su alrededor mientras llora por su amiga.

¿Cuánto tiempo permanecen allí después de que los guardias retiran el cuerpo laxo de Jessie?

El suficiente para que los dedos de Charlotte pierdan todo el color.

El suficiente para que las mejillas amarillentas de Emily y su cara llena de moratones adquieran una palidez color lavanda.

De la nada, una voz tranquila, aguda, entona una melodía temblorosa.

Las voces se duplican, se triplican y de pronto todas están cantando.

Los guardias ordenan a gritos que se callen, pero las mujeres cantan y cantan, todas las voces unidas son más potentes que el llanto de Isabel, más potentes que las órdenes de los guardias, son tan poderosas que reprimirlas es imposible, son un océano que crece melodioso y libre como el canto de un pájaro.