Capíulo cuarenta y siete
CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
EMILY
Llegan cerca de la medianoche. No hay reloj, claro, pero el guardia nocturno ya ha apagado las lámparas, y solo la luz tenue de la linterna ilumina el camino al subsuelo donde están las celdas de máxima seguridad.
Los sonidos que solían ser tan familiares —el eco de los pasos en el pasillo de cemento, el chirrido de las escaleras de metal— ahora son amenazantes y extraños.
Emily se quita la ropa, se mira las piernas con curiosidad abstracta.
Esos moratones oscuros deben de pertenecer a otra persona.
Solo el dolor que la aguijonea al palpar el más grande de todos la convence de que esas manchas color índigo furioso no le pertenecen a ningún extraño sino a ella.
La celda es infinitamente más claustrofóbica de lo que imaginaba.
Emily no logra llegar al catre. Enrosca el cuerpo dolorido sobre el suelo frío.
¿Cuántas veces antes estuvo dentro? Barriendo, limpiando, reemplazando los pallets desgastados y las mantas apestadas de piojos.
Pero la puerta siempre quedaba abierta. Cuánta diferencia puede hacer una puerta.
Al despertar, el cielo pasó de negro a gris.
Ya casi amanece. Algo le oprime el pecho, el corazón le late como un pájaro enjaulado.
Aquel miedo ansioso, el sacudir de alas atrapadas, le trae un recuerdo vago.
Está en su habitación de la infancia, en la casita junto a la cárcel.
Escucha los pasos suaves de su madre. Marianne se desliza bajo el edredón y se recuesta junto a ella.
—¿Otra pesadilla? —había susurrado mamá. Emily asintió. Bajo su mejilla, la almohada estaba húmeda—. Está bien, querida. Estoy aquí.
—Pero el corazón me late muy rápido.
Marianne le apoyó la mano en el pecho.
—¿Sabes qué es ese sentimiento?
Emily meneó la cabeza.
—Es la esperanza.
—¿La esperanza?
—La esperanza es un pajarito que vive en el corazón. Está dentro de ti siempre. Bueno, estás sintiendo el batir de sus alas en el pecho justo en este momento. ¿Lo entiendes?
Emily no estaba segura. Sentía que algo le oprimía la caja torácica, un aleteo inquieto. Marianne le acarició la cabeza.
La esperanza está siempre dentro de ti. Incluso —y especialmente— cuando más asustada estás. El aleteo que notas dentro del pecho es la esperanza, está allí para recordarte que no debes rendirte nunca.
El metal raspa el cemento como las uñas a la pizarra. Emily se despierta sobresaltada, le duele todo. No como cuando una se siente dolorida después de un día de trabajo arduo, ni como el malestar difuso al levantarse con un resfriado severo: es un dolor implacable en todo el cuerpo.
Alguien desliza una bandeja dentro de la celda. Ni siquiera el hedor de los gusanos en la papilla puede acallar los ruidos de su estómago; no recuerda la última vez que comió. Se arrastra hasta la bandeja, mueve los dedos sobre el plato de comida hasta que recuerda que debe detenerse.
Levanta la bandeja, conjurando una fuerza exorbitante y la arroja contra el listón metálico de la puerta con un gemido gutural. El potaje se derrama en el piso.
Ante el sonido de su propio grito, Emily empieza a reírse. Se ha convertido en una de las mujeres delirantes con las que creció; una bruja que arroja cosas, gruñe y ahora ríe a carcajadas. Ríe y ríe hasta que empiezan a brotar las lágrimas y su dolorida caja torácica la obliga a contenerlas.
Nadie le dirige la palabra durante horas.
Nadie viene a limpiar el desastre. Vagamente se pregunta dónde está su padre, si lo despidieron o si está en el edificio en este momento.
¿Sabe que su hija está encerrada en la prisión que le pertenece a él?
¿Le importa? En fragmentos vuelven las imágenes de la trágica protesta del día anterior.
No puede creer lo que pasó. Las atacó la policía de uniforme y de civil.
¿Por qué? ¿Cómo? Pobre Maggie y su silla de ruedas destrozada.
Sadie, Bea y Charlotte arrastradas por la corriente de la multitud enardecida. ¿Qué pasó con las demás?