Las buenas hijas Capíulo cuarenta y seis
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Capíulo cuarenta y seis

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

EMILY

La protesta no iba a ser nada fuera de lo común, no era la idea.

Primero vagamente y después con sorpresa, Emily va reconociendo mujeres que solo vio de pasada tras las rejas en Holloway y otras que salieron en los periódicos. El rumoroso salón enmudece cuando Adeline levanta la mano. Emily contiene la respiración.

—Esos hombres —empieza Adeline, y los ojos azul acero miran hacia un futuro nebuloso que todavía puede conjurar en su imaginación— desconocen quiénes son las mujeres.

—¡Escuchen! —grita Sadie. Beatrice le toma la mano.

—Las mujeres son imparables cuando se alzan.

No hay fuerza en el cielo ni en la tierra que pueda detenerlas.

—Se escuchan murmullos de aprobación—. El fracaso es imposible —dice Adeline y asiente con firmeza—.

Cuando ganemos esta, la más dura de las batallas, dejaremos el camino abierto para que las mujeres de todo el mundo también ganen su propia batalla. No podemos rendirnos.

—Entonces... —agrega Isabel con la columna vertebral erguida como la de su madre—. ¿Se van a portar como mujeres o a esconderse como cobardes?

Emily siente que el corazón le salta dentro del pecho. Las palabras de Isabel encienden una brasa en su interior.

—Estamos hechas de un material más duro —continúa Isabel—. Repitan conmigo: “¡Me portaré como una mujer!”.

A Emily se le hace un nudo en la garganta. La voz emerge con un sonido raro y desconocido. Ya no es invisible y duda que vuelva a serlo.

—¡Yo misma voy a alinearme con la poderosa fuerza femenina que hoy se está movilizando en el mundo! Vamos a enfrentarnos a esos legisladores pacíficamente y sin armas para exigir el derecho democrático más básico: el derecho a tener voz.

Los pasos marchan al ritmo del corazón, las mujeres salen en fila del salón al mediodía gris.

Al principio caminan lentamente, mesuradas, con energía silenciosa, por la calle Strand, y con paso más rápido, más firme, cuando Trafalgar Square está a la vista.

Los majestuosos leones les sonríen y Emily se estremece.

Pisotearon a las mujeres, lo sabe, ante la mirada de los leones.

De pronto, su primera manifestación se vuelve muy concreta.

—No te pongas nerviosa —susurra Sadie. Sigue la mirada de Emily y saca la lengua—. Son gatos nada más. Nosotras somos las leonas de verdad.

Para cuando llegan a Downing Street, ya se les han unido varios miles de mujeres.

No es la marcha más numerosa de las suffragettes y tampoco la más pequeña.

Emily siente que una decisión firme se le ancla en el pecho.

A su alrededor, las mujeres empiezan a cantar La marcha de las mujeres y Emily funde su propia voz con la melodía que una vez escuchó en el patio de la prisión, un faro de esperanza en medio de la más profunda desolación.

¡Marchen, marchen, todas como una,

hombro con hombro y amiga con amiga!

Finalmente llegan a la Plaza del Parlamento.

Portones de hierro negro, altos y ominosos, separan a las mujeres de las dos cámaras donde se reúnen los miembros del Parlamento.

La policía está desplegada en las entradas.

Como siempre Adeline e Isabel se han puesto al frente del grupo, así que son las primeras en acercarse a los agentes.

Adeline sostiene en la mano enguantada una petición manuscrita dirigida al primer ministro.

—Por favor, señor, quisiéramos entrar a la Galería de los Extranjeros —dice con voz clara y educadamente.

El policía, un hombre fornido de mediana edad con patillas canosas, ignora a Adeline por completo. La observa con desdén y después mira hacia adelante, como si ella no existiera. Isabel se adelanta, se pone directamente en su línea de visión y repite las palabras de su madre.

—Quisiéramos pasar a la Galería de los Extranjeros —dice.

El agente frunce el labio superior y no contesta. Isabel no retrocede, está apenas a unos centímetros de su rostro.

—¿Algún problema? —dice un oficial que acaba de llegar a su compañero e ignora, una vez más, a las dos mujeres que están frente a él y a los otros cientos que están conteniendo la respiración más atrás.

—Tenemos una petición para entregar al primer ministro Asquith, señor —dice Adeline con firmeza—. Como ciudadanas tenemos derecho a ingresar en la Galería de los Extranjeros.

El segundo agente observa la multitud. Alrededor de trescientas mujeres inmóviles esperan su respuesta. Es una sola sílaba.

—No.

Toma a Isabel de los hombros y la empuja a un lado tras el gruñido monosilábico.

Con ganas. La fuerza del empujón y la sorpresa por la reacción la hacen tambalear.

Isabel recupera el equilibrio a duras penas antes de caer al suelo.

Se estabiliza con los ojos centelleantes de ira.

Adeline avanza para defender a su hija pero Jessie llega primero.

—No se atreva a tocarla —ruge Jessie.

Flaca pero musculosa por tantos años de trabajo físico, Jessie se enfrenta con actitud intransigente a los policías; tiene fuego en la mirada.

En ese momento el primer policía se da cuenta de que ya no puede fingir que no ve a las mujeres.

Se abalanza sobre Jessie, la toma por los hombros y le golpea el pecho con la rodilla.

Se escucha un crujido. En el silencio que sigue, una fracción de segundo en la que Jessie intenta respirar, resuena en la plaza algo como un disparo.

Entonces el caos.

—¡Vamos! —Charlotte lidera el ataque y las mujeres se abalanzan sobre la entrada.

Otros policías, situados a lo largo de la verja, rodean a la multitud.

Emily pierde de vista a las Hurston rápidamente.

Charlotte le toma la muñeca, Emily agradece la protección de su amiga e intenta seguirla lo mejor que puede.

Cuando están llegando a la entrada, Emily siente que le apoyan una mano en la cintura.

Se vuelve, esperando ver a Sadie o a Beatrice; en cambio, aparece el rostro de un desconocido que la mira con lascivia y la sujeta con manos toscas.

Un pánico frío le fluye por todo el cuerpo.

Suelta a Charlotte, ya que necesita las dos manos para liberarse de las garras del hombre.

Le quita la gorra. El policía se agacha pero no para buscar su gorra, sino para tomar el borde de su falda y levantarla de un tirón.

Emily oye un desgarro y, de pronto, está envuelta en la oscuridad.

La tela le tapa la nariz y la boca. Tosiendo y arañando se da cuenta de que le cubrieron la cabeza con la falda y el hombre le está manoseando la entrepierna.

Emily grita como nunca en su vida. Pero en medio de la multitud es igual que gritar sobre una almohada.

Es su peor pesadilla convertida en realidad, gritar sin voz.

Las manos del policía trepan desde la entrepierna hasta la cintura y siguen su recorrido.

Una le estruja el pecho con fuerza implacable; la otra le aprieta la muñeca.

¿Puede una mano humana destrozar los huesos de otra?

Semejante brutalidad debería desafiar alguna ley de la ciencia.

Pero mientras comienza a palpitarle la carne, las manchas rojas que eran de ira viran a morado bajo el agarre implacable.

Emily deja de hacerse preguntas. Ya no reacciona.

No reacciona al dolor que nunca buscó, a la situación que, estúpidamente, aceptó después de años, de una vida, de permanecer a resguardo, de decir “no”.

Hay un minuto en el que se disocia y se permite pedir un deseo.

Desea cerrar los ojos y desaparecer. Qué gratificante hubiera sido decir que no al plan loco de Charlotte cuando se lo propuso hace unos meses.

Qué alivio le traería borrar el pasado con los bordes de un trapo húmedo y decir simplemente “no”.

¿Cuándo dejó de decir “no”?

El pasado se precipita ante ella en ese momento de quietud repentina: llevó una vida de respeto, de silencio, de sumisión.

El rol de hija obediente la definió y la modeló e, irrevocablemente, la trajo hasta aquí.

Y aquí está. Esta es su elección que, en realidad, nunca fue elección.

No hay quien la salve, ningún padre que se lance a defender a su hija, ningún marido que la lleve lejos, ninguna madre que la proteja de las tragedias de la vida.

Pero en algún lugar, allí afuera, en la masa convulsa de cuerpos, percibe la presencia de sus amigas. Se escucha un “hurra” en la distancia, es la voz de Charlotte; más allá, Sadie y Beatrice intentan abrirse paso.

El sonido de la muchedumbre vuelve con un rugido.

Emily patea hacia atrás, se tira al suelo y se libera.

Se limpia la boca con el dorso de la muñeca, le cuesta respirar.

Hay un chispazo de sorpresa en la mirada del policía, es casi imperceptible, pero enseguida la reemplaza esa máscara irascible de maldad.

Amenazante, estira el brazo y la toma por la parte de atrás del vestido.

Algo se rasga, es la tela de su vestido, el policía la atrae hacia sí.

Tiene la espalda contra el pecho del policía; el aliento caliente de él primero le inunda los oídos, pero fluye rápidamente hasta los dedos de los pies cuando empieza a susurrarle palabras tan incomprensibles como revulsivas.

—Tenías ganas de que te hicieran esto, ¿no?

Emily se sonroja y tirita; transpira aunque se le haya helado la sangre.

Oye el sonido de un hueso que se quiebra, hace una mueca por el dolor que va a venir.

Le resulta extraña esta disociación entre sonido y dolor.

Pero el “crac” no proviene de su cuerpo.

El policía retrocede trastabillando, le sangra la nariz a chorros.

Y ahí está Sadie acariciándose el puño que ya muestra moretones.

—Jesucristo. —Emily se acerca cojeando a Sadie.

—¿Estás bien? —dice Sadie. Buscan a Charlotte y a Beatrice pero los cuerpos que las rodean se mezclan, son una masa de brazos, piernas y voces que se alzan con miedo. Emily localiza una mancha rubia.

—¡Bea! —grita y Sadie sigue la mirada. Como una escena de terror en cámara lenta, ven que otro policía toma a Beatrice del cuello.

Con rápida precisión le arranca el corpiño del vestido y le retuerce los pechos brutalmente.

Los gritos se disuelven en el aire. Sadie corre hacia Beatrice y Emily pierde a las dos en la multitud.

Da vueltas sobre sí misma; gira aterrorizada, apretujada y sola.

—¿Qué está pasando? —dice Emily entre dientes, forzándose a permanecer erguida; todo su ser entra en estado de alerta ante el próximo ataque de alguno de los cientos de policías que parecen llegar desde todos lados.

—¡Cuidado!

Emily se agacha justo a tiempo. Esquiva, por poco, una rueda de bicicleta que pasa disparada por encima de su cabeza. Se da la vuelta y allí, en el suelo, está Maggie Andrews con la cara llena de lágrimas. Emily se arrodilla junto a ella.

—Hijos de puta —gruñe Maggie. Su silla de ruedas está destruida, solo queda el asiento. Las otras piezas, como la rueda que casi decapita a Emily, fueron cruelmente desensambladas. Tienen solo unos momentos antes de que las pisoteen a ella y a Maggie.

—¡Ayuda! —gritan—. ¡Ayuda!

Entre la selva de piernas y faldas, ve a un hombre con ropa de calle que atraviesa la multitud tambaleando. Por algún motivo, este transeúnte atrapado en la refriega la mira.

—Por favor, señor —grita Emily. Está acuclillada junto a Maggie y el hombre se acerca—. No puede caminar. ¿Me ayuda a llevarla a un lugar seguro?

El hombre se acerca y se inclina sobre Emily.

De pronto retrocede y le da una patada entre las piernas.

Emily se desploma y se golpea la cabeza contra el pavimento.

Maggie se arroja sobre ella como un caparazón protector.

Un dolor agudo, como si algo se hubiera roto y ardiera a la vez, se irradia desde el centro hacia afuera, a cada centímetro de su cuerpo.

Emily cree que va a morir. Este es el momento.

Le soplan un silbato en el oído. Maggie todavía está encima de ella.

Quizá ese sonido agudo sea la brisa que silba entre los árboles.

Tal vez ese latido que la golpea sea el corazón de su madre, que ahora está acurrucada junto a ella.

Cuando Emily vuelve en sí unos segundos después — ¿o habrán sido minutos?

— tiene la vista borrosa. Unas manos fuertes la llevan de los brazos.

A través de los párpados, increíblemente pesados, solo llega a distinguir que están subiendo a Maggie a una camilla.

—Suba —dice una voz ruda. Emily pestañea una vez, dos. Siente una dura tabla debajo de la ingle dolorida, y las sacudidas del movimiento de una carreta. Está amontonada, hombro con hombro, junto con otras mujeres.

—¿A dónde… —Emily respira superficialmente, le tiembla todo el cuerpo— vamos?

Una mujer le toma la mano con ternura.

—A Holloway.