Las buenas hijas Capíulo cuarenta y cinco
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Capíulo cuarenta y cinco

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

BEATRICE

Nadie volvió a tener noticias de Constance “Mari quita” Cunningham desde que su esposo la sacó de la cárcel.

Incluso es notable el silencio de los periódicos sobre el tema, aunque Adeline sospecha que Lord Cunningham tiene algo que ver con eso.

El conde estaba al tanto del compromiso de su esposa con el movimiento de las suffragettes; al menos de sus contribuciones económicas a lo largo de los años.

Pero ahora ellas se preguntan y se preocupan por su reacción ante la nueva imagen pública de su esposa.

Y, aunque el dibujo de Emily conmocionó a todo Londres, nadie sabe si eso supondrá alguna diferencia.

¿Y si, una vez más, todos sus sacrificios fueron inútiles?

Entonces, alrededor de una semana después de la publicación del dibujo, Beatrice entra corriendo a la sala de Park Lane con un periódico en la mano.

—¿Qué pasa? —Sadie corre hacia ella y lee por sobre el hombro de Beatrice.

—Es… una disculpa. —Le tiembla el periódico en la mano.

Charlotte se lo quita y, con una mezcla de hipo, angustia, furia y frustración lisa y llana, empieza a leer en voz alta. Por fin el gobierno se disculpó públicamente con Lord y Lady Cunningham.

Beatrice recibe el golpe por su amiga. A pesar de todo lo que tuvo que soportar Charlotte y del testimonio que dio en la carta, a nadie se le movió un pelo.

Pero, como predijeron Constance y Adeline, cuando Lady Cunningham sufrió el mismo trato el gobierno se vio obligado a retomar la investigación sobre la administración de la prisión Holloway y reconsiderar el tema del voto femenino.

—El Parlamento lo va a someter a votación —suspira Sadie incrédula.

—Después de todo este tiempo. —A Charlotte se le llenan los ojos de lágrimas—. Después de todo lo que pasó.

—¡Tenemos que ir a la sede ya mismo! —dice Beatrice.

—¿Esto va a cambiar algo? —pregunta Emily.

Beatrice y Charlotte intercambian miradas.

—Em —dice Charlotte—, esto lo cambia todo.

Isabel abre la puerta de la posada de Clement. Está radiante. Beatrice nunca la había visto tan feliz. Isabel puede ser arrogante y fascinante, encantadora y estratégica, pero atolondrada nunca.

—Pasen —canturrea. Desde el pasillo se oye que alguien canta arriba—. ¡Mamá! —llama Isabel. El canto se interrumpe y Adeline baja las escaleras saltando como un perro labrador. Hasta Emily se sorprende.

—Señoritas —dice Adeline; en vez de su típico moño siempre impecable, lleva una masa de rizos sueltos, rubios y entrecanos—. Se va a presentar un Proyecto de Ley de Conciliación en la Casa de los Comunes; es un texto que incluye el voto femenino. El proyecto está a punto de ser aprobado.

—Es solo un comienzo, el acceso al voto parcial solo para determinadas mujeres —interrumpe Isabel—. Pero es un paso enorme en la dirección correcta.

—Ah. —Charlotte junta las manos—. Si aunque solo fuera esto, que algunas mujeres pudieran votar…

—Podríamos empezar a postularnos para el Parlamento —dice Adeline—. Y extender el voto al resto.

Emily sacude las piernas por debajo de la mesa. Por fin está pasando.

—Nunca estuvimos más cerca del éxito —agrega Adeline, aunque ya todas lo saben—. Voy a cancelar todas las protestas que teníamos planeadas desde ahora hasta el día de la votación. Se suspende toda la militancia. Desde este momento, somos las mejores amigas del gobierno.

Isabel asiente con tanta vehemencia que Beatrice piensa que se le va a salir el cuello.

—Estoy planeando un desfile para celebrarlo —dice ella—, para después de la votación. —Aplaude una vez y se pone de pie—. No aguanto. Tengo que contárselo a Jessie y a todas las demás. —Isabel se despide y deja a Beatrice, Charlotte, Sadie y Emily sentadas alrededor de la mesa con Adeline.

—Entonces, ¿hoy no vas a necesitarnos? —pregunta Sadie.

—Bueno, sabes cómo funciona esto. No hay nada decidido hasta que se tome una decisión. Esperemos instrucciones. —La mirada bailarina de Adeline desmiente la precaución que expresan sus palabras—. Pero disfruten un día libre, pueden ir al parque, ¡tomen un helado!

Las cuatro mujeres se echan a reír. Parece que Adeline va a ponerse a bailar en cualquier momento.

—Estaré en contacto —promete Adeline al despedirse.

El sol traspasa la capa de nubes fuera y los fragmentos de luz se reflejan en los charcos como espejos derretidos.

—No sería mala idea —dice Beatrice— tomarnos un helado.

—Creo que me uní a las suffragettes en el momento indicado —concluye Emily.

Pasan tres semanas esperando novedades sobre la Ley de Conciliación.

Es difícil imaginar que, por fin, toda su lucha va a dar frutos.

Si se concede el derecho al voto a las mujeres que son propietarias, será solo cuestión de tiempo antes de que se extienda a todas las demás.

Y, hasta que llegue ese momento, hay mujeres como Adeline Hurston que pueden entrar en el Parlamento e introducir la reforma de inmediato.

El clima en Park Lane está tenso por la expectativa. Sadie se despierta la primera todas las mañanas y va a buscar el periódico a la puerta. Examina la sección de política para ver si hay alguna novedad antes de volver a entrar y cerrar la puerta.

—¡Nada! —grita por la escalera y despierta a toda la casa, pero les ahorra el suspenso.

Las cuatro mujeres pasan el día examinando minuciosamente los estantes de la biblioteca del hermano de Sadie, leyendo a Henry James y a Jane Austen para distraerse de la falta de noticias.

—Imaginen que… —dice Sadie marcando una página de El retrato de una dama.

—¡No! —advierte Beatrice. Es demasiado doloroso fantasear con la victoria; las posibilidades son muy seductoras.

No deben tentar a la suerte, no pueden arriesgarse a alimentar esperanzas y, sin embargo, no pueden resistirse.

—Cuando se apruebe la ley —reflexiona Charlotte.

—Shhh —insiste Emily. Pero estos días sus dibujos son exuberantes y esperanzados, llenos de rayos de sol que perforan las nubes y jardines florecidos.

—¿Sabían que desde 1860 las mujeres presentaron más de nueve mil peticiones para exigir el derecho al voto y que se juntaron más de tres millones de firmas? —pregunta Beatrice a propósito de nada.

—Ah, Bea —dice Sadie estrechándole la mano.

Entonces, una mañana, Sadie va a buscar el periódico pero cuando cierra la puerta no dice nada.

Beatrice está en la cama, y el lugar vacío de Sadie todavía está tibio; sigue atenta, espera.

En su habitación Emily y Charlotte también están despiertas.

Pasan los minutos, contienen la respiración.

Las tres mujeres se dirigen, en silencio, al descansillo al escuchar los pasos de Sadie.

Sadie las mira a los ojos y mueve la cabeza.

La Ley de Conciliación fracasó. Los diputados, enfrascados en sus discusiones y con los ojos puestos en las próximas elecciones, le dieron la espalda y el proyecto de ley naufragó; las mujeres quedaron, una vez más, abandonadas a su suerte.

La primera y única esperanza para las suffragettes desde que Adeline e Isabel fundaron la Unión en 1903 había fracasado.

No fue estrepitoso, tampoco escandaloso, simplemente fue un fracaso, liso y llano.

Sadie se pone a llorar. Beatrice se castiga por haber tenido esperanzas.

Charlotte y Emily están demasiado aturdidas para reaccionar.