Las buenas hijas Capíulo cuarenta y cuatro
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Capíulo cuarenta y cuatro

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO

EMILY

Emily tiembla en la cama la primera noche; está in cómoda, a un brazo de distancia de Charlotte pero muy, muy lejos de casa.

Nunca había dormido en un colchón de lana de verdad envuelta en sábanas tan finas como esas.

Pero todo el lujo no alcanza para quitarle el frío que permea cada centímetro de su cuerpo, desde los pies dormidos hasta las manos amoratadas.

Se rehúsa a arrepentirse de las decisiones que tomó.

Sin embargo, esta nueva vida le da terror. No puede controlarse.

—Shhh —susurra Charlotte sacudiéndole los hombros—. Vas a despertar a las demás.

Todavía está oscuro, pero no falta mucho para que amanezca.

—Perdón. ¿Estaba…?

—Gritando, sí —dice Charlotte. Vamos, hazme sitio.

Emily se hace a un lado y Charlotte se mete en la cama. La sensación de otro cuerpo tibio, el latido de otro corazón junto al de ella es tan reconfortante que siente ganas de llorar.

—¿Tuviste una pesadilla?

Emily asiente con la cabeza.

—Mi padre siempre decía que, si le cuentas tu pesadilla a alguien, sale del cuerpo. ¿Quieres contármela a mí?

—Ese es el problema —susurra Emily—, no la recuerdo. Lo único que sé es que quería gritar, pero nadie me oía. —Es difícil poner palabras al miedo, fue tan real cuando en el sueño abrió la boca desesperada y solo salió aliento. Charlotte frota la espalda de Emily con dulzura y reprime una risita.

—Ay, Em —dice—. Créeme, yo te oí.

De pronto todo es muy gracioso y las dos se echan a reír.

—Estoy orgullosa de ti —dice Charlotte—. Sé que no es fácil.

—No —confiesa Emily—. Pero también hay algo de inevitable, ¿entiendes?

—Sí, sé exactamente a qué te refieres. Pero, dime, ¿qué te hizo cambiar de opinión?

—¿Además de que mi padre me echara y no me dejara opción?

—Sí, además de eso.

—Fue Constance. —Se quedan en silencio por un momento, Emily necesita ordenar sus pensamientos. —Supongo que verla ahí, tratada como…

—¿Como basura? —tantea Charlotte—. ¿Como una mierda?

—Como si fuera menos que humana y sabiendo que todo iba a cambiar en cuanto descubrieran que no era Jane Warton.

Me puse furiosa con el sistema sí, pero también conmigo misma.

Estaba tan empeñada en la idea de que me podía ir un poco mejor, de que podía conseguir una vida sólida, de clase media.

¿Sabes?, tenía la ilusión de que iba a estar protegida.

Eso era lo más importante. —Emily mueve la cabeza—.

Pero estudiar para ser maestra o casarme, nada de eso puede protegerme, ni a mí ni a ninguna otra mujer.

Entendí que teníamos que cambiar el sistema desde adentro hacia afuera.

Si no, todo es mentira, toda la felicidad a la que pueda acceder va a estar construida sobre la espalda de alguna mujer menos afortunada.

—¿Sabes a quién me recuerdas? —pregunta Charlotte.

—¿A quién?

—A tu madre. Todas hablaban de que trataba a las prisioneras como si importáramos. Tal vez no pensara como nosotras pero, aun así, sabía que merecíamos un trato humano.

Emily respira profundo. Una parte de ella sabe que decepcionó a su madre para siempre. Fracasaron sus intentos de cumplir su último deseo y, sin embargo, Charlotte tiene razón aunque cada palabra arañe el muro que, tan cuidadosamente, Emily construyó alrededor de su corazón.

—Ella siempre decía: “Todas son hijas de alguien”.

—Y lo somos. —Charlotte estrecha la mano de Emily.

Emily aprende durante los días siguientes que casi todas las familias reniegan de las hijas que eligen la revolución por encima de sus deberes.

Le lleva tiempo adaptarse, pero todas las voluntarias a tiempo completo pasan por eso.

Con excepción, por supuesto, de las Hurston: Isabel tiene suerte, su madre no solo apoya su activismo por el voto femenino, sino que también la acompaña.

—Es hora de que te demos un nombre en clave —dice Charlotte.

—¿Puedo elegirlo yo misma? —pregunta Emily.

—Bueno, como debes de haber adivinado, ya usamos uno para ti desde hace un tiempo —dice Sadie.

Emily mueve la cabeza fingiendo enojo pero, por supuesto, tiene sentido.

—Muy bien, entonces, ¿cuál es?

—Solo espera —dice Charlotte.

Conducen a Emily a una silla de respaldo alto en la sala de estar y le indican que cierre los ojos. Emily oye pasos sigilosos y susurros.

—Iris, avanza.

Emily abre los ojos para ver a Beatrice caminando hacia ella. Le apoya una mano en el hombro izquierdo.

—Anémona de Massachusetts —da el pie Charlotte.

Sadie se ubica a la derecha de Emily.

—Y ahora, Hiedra con la banda ceremonial —dice Sadie.

Charlotte aparece por el pasillo llevando en los brazos la banda violeta, blanca y verde. Hinca una rodilla frente a Emily.

—Te damos la bienvenida a nuestras filas —dice Charlotte—. Malva real, nuestra guerrera.

Charlotte le coloca la banda por encima de la cabeza y Emily sonríe; es una nadería, pero significa más de lo que es capaz de expresar.

—¡Uno, dos, tres! —grita Sadie, y las dirige en una versión desafinada de La marsellesa de las mujeres.

Entonces empieza el trabajo. Adeline asigna tareas a Emily regularmente; es fundamental mantener ocupadas a las nuevas reclutas hasta que se adapten.

Además de turnarse para cocinar y coser, como todas, a ella le dan la responsabilidad de diseñar las nuevas ediciones de Voto femenino.

Emily agradece la presencia maternal de Adeline en la posada de Clement.

Es un alivio sentir que una mujer mayor y sabia la cuida, incluso a la distancia.

También Jessie está pendiente de ella.

—Espero que te estés adaptando bien —le dice después de una larga sesión de estrategia. Jessie ofrece a Emily la mano buena y la ayuda a levantarse del suelo donde estaba terminando el dibujo de la reunión que pidió Adeline.

—Lo estoy intentando. —Emily pone su sonrisa más valiente.

—Mira hasta dónde has llegado.

—Recuerdo la primera vez que hablamos el día que llegaste a Holloway. Cuando te volví a ver aquí pensé que me odiabas.

—¿Odiarte? Claro que no. Fuiste muy amable conmigo.

—Pero yo trabajaba en ese lugar terrible.

Jessie ríe.

—Trabajé en tantos lugares terribles que ya perdí la cuenta. Nunca te juzgaría por hacer lo que debías para alimentar a tu familia.

Emily inclina la cabeza a un lado con una sonrisa en los labios.

—¿Qué pasa?

—Es que me hace bien saber que me entiendes —dice Emily.

—Créeme, te entiendo —responde Jessie—. Y estoy aquí si me necesitas.

Esas otras mujeres son algunas de mis amigas más queridas y las colegas que más admiro, pero también entiendo lo duro que debe de ser para ti verte inmersa en esta nueva vida, como un pez en un lago desconocido.

En un momento lo estás pasando mal, el siguiente estás viviendo en una mansión de Park Lane con, bueno…

—Chicas ricas —dice Emily.

—¡Tú lo dijiste, no yo! —Jessie ríe con desparpajo, es una versión más vibrante de la mujer que Emily conoció tras las rejas en Holloway.

Incluso en ese momento Emily notó que Jessie no era una persona cuya luz pudiera apagarse tan fácilmente—.

Nosotras, las chicas trabajadoras, tenemos que estar unidas, ¿no es cierto?