Capíulo cuarenta y tres
CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
EMILY
Emily empieza a caminar pero siente como si le hu bieran arrancado las piernas y se las hubieran vuelto a poner al instante.
No se mueven como debieran. Un reloj da las siete en punto en algún lugar.
Se arma de valor al ver un repartidor de periódicos, delgado y pelirrojo; tendrá solo diez años.
Mira la primera página: es la edición vespertina del Times .
Busca unas monedas en el bolsillo y el chico le entrega el primer periódico de la pila.
Camina leyendo, pasa una página, dos y entonces…
allí está. Su ilustración, su arte, un dibujo que desmiente las descuidadas caricaturas que llenaron de basura las páginas de este mismo periódico, caricaturas de mujeres feas, mujeres que merecen ser ridiculizadas.
Su dibujo está vivo, refleja el dolor, el horror, la realidad de lo que está pasando.
Y, arriba de todo, el titular: “LADY EDWARD CUNNINGHAM SOMETIDA A ALIMENTACIÓN FORZADA”.
La conmoción en Holloway es más profunda de lo que ella esperaba.
Se escuchan los gritos de hombres desde el patio —de los guardias, del director, del doctor— resonando por los pasillos, mezclados con los gritos agudos y las hurras de las reclusas.
La risa ronca de la vieja Hanna se destaca sobre el resto.
Emily siente que la sujetan del hombro, no escuchó los pasos que se acercaban.
—¿Cómo pudiste? —le ruge Martin—. ¿Cómo mierda pudiste?
—¿Cómo pudiste tú? —le grita Emily— Pensé que eras… suéltame.
Martin le hunde los dedos en la clavícula. Emily forcejea para liberarse, pero él aprieta más fuerte.
—Yo te encubrí…
—¡Suéltame!
Martin la mira, hay lascivia y furia en esos ojos tan abiertos. El chico dulce que la besó en el parque no está por ningún lado.
—¡Íbamos a compartir la vida!
Emily quiere explicarle… ¿Qué vida sería esa?
Una vida construida a base de cobardía y de complicidad, egoísmo y mentiras.
¿Cómo podrían sobrellevar una vida así? El llanto empieza a correr, húmedo y caliente, por sus mejillas.
Quisiera poder ponerle palabras a la traición que sufrió ella, al enojo que siente consigo misma por haber sido tan ingenua.
Estuvo a punto de tragarse sus principios, con la humillación y la vergüenza que traería sobre sí, por la comodidad que le prometía Martin.
Por Dios, apenas esta mañana había pensado que las palabras dichas a media voz de anoche presagiaban una propuesta de matrimonio.
Qué ciega fue, los vio planificar la tortura delante de ella.
Pensó que Martin era diferente o, tal vez, ella se obstinó en no ver la realidad.
Pero ahora sabe, no tiene dudas, y no puede negar lo que hizo Martin.
—¡Tú te lo buscaste!
—Solamente estaba haciendo mi trabajo…
—Suelta a mi hija. —Thomas empuja a Martin hacia atrás, irradia cólera por cada uno de sus poros.
Emily respira, se le llena el corazón de gratitud por la reacción de su padre. Martin se va tambaleando y ella queda a solas con Thomas. Se lleva las manos a la cadera, intenta recuperar el aliento, pero el brillo en la cara de él, sus ojos rojos de rabia la hacen retroceder con pasos vacilantes.
Thomas habla en voz baja, pronuncia cada palabra con furia contenida.
—¿Cómo pudiste? —No la toca, pero Emily siente que le acaban de clavar un puñal en el abdomen.
No importa que su padre haya bebido aunque su aliento ya huele a alcohol.
Se le iba a poner la cara así de roja, los ojos así de furiosos por lo que hizo, de todos modos..
A Emily le zumban los oídos, un sonido sibilante le atraviesa el cerebro y da un paso hacia atrás, está acorralada contra la pared de ladrillo.
—¡Tenía que hacerlo! —Se le cierra la garganta, pero no va a llorar, se niega a derrumbarse.
Thomas nunca le levantó la mano en su vida pero ahora, de repente, la está sujetando del hombro con la mano callosa y arrastra el pulgar hacia el cuello. El pulso late con fuerza bajo la presión.
—¡Papá! —dice con un grito ahogado—. ¡No tuve opción! Tú sabías lo que estaban haciendo allí. Lo sabías y no te importó. ¡Tenía que detenerlo! Si mamá supiera…
—¿Me tomas por tonto? —contesta Thomas, agitado y con los dientes a pocos centímetros del rostro de su hija.
Entre inhalaciones cortas y superficiales, Emily nota el hueco donde le falta un molar.
Marianne le había arrancado esa muela podrida cuando ella era pequeña.
Había presenciado esa escena en la que su padre bebía whisky y sostenía un pañuelo ensangrentado en la boca con una mezcla de fascinación y terror.
Ahora, esa muela faltante la repugna. ¿Quién es este hombre?
Lo desconoce completamente. Nadie a quien ella podría haber querido—.
¿Pensaste que no iba a saber que eras tú?
—Sabía que tú lo sabrías. —Emily inhala y exhala, inclinada hacia atrás, lo más lejos posible. Tiene el cráneo apoyado contra la pared, la mano de Thomas le aprieta el hombro como una tenaza—. ¿Y qué? ¿Y si hubiera sido yo en vez de Charlotte y Constance?
—¿Si hubieras sido tú? —repite él—. Nunca.
—Emily se pregunta si la está amenazando—.
Te di todo lo que pude. —Thomas se enfurece—.
La comida que comes, la cama en la que duermes, el techo bajo el que vives.
¿Crees que yo quise que tu vida fuera esta?
¿Lo crees? ¿Cómo mierda te atreves a humillarme así?
Emily se toma un momento para hacer una pausa y evaluar qué hacer.
Es tanta la furia que ve en los ojos vidriosos de su padre en este punto que ya no le reconoce.
No queda compasión, no queda razón en su interior.
¿Acaso no había decidido, cuando apoyó el lápiz sobre el papel y empezó a dibujar, que ya no le importaría lo que pensara su padre?
¿No había decidido que valía la pena tomar ciertos riesgos?
Hunde los cachetes y escupe. Es el impacto, más que la humedad, lo que surte efecto.
Thomas abre los ojos sorprendido e instintivamente le suelta el cuello para secarse la saliva de la mejilla.
Todo lo que necesita es ese milisegundo.
Aprovecha la oportunidad para huir, echa a correr, gira rápidamente en una esquina y deja atrás la casa a toda velocidad.
Los círculos amarillos de luz que proyectan las lámparas eléctricas están manchados de sombra en el patio.
Llega al portón, manipula con torpeza el cerrojo hasta que por fin se abre, alzando su protesta con un chirrido.
Le duelen las costillas y la respiración llega en inhalaciones dificultosas y desesperadas mientras sus pulmones luchan contra las ballenas de su corsé.
Emily corre tres calles hasta que vuelve a mirar atrás. Un atardecer escarlata rodea la silueta negra de la prisión Holloway, como si ella le hubiera prendido fuego.