Capíulo cuarenta y uno
CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
EMILY
Emily vuelve a pensar en la Dama Invisible por pri mera vez en diez años.
Salvo que esta vez no es una ficción, ni un número de circo, ni un espectáculo.
Hay una mujer muy real, en una jaula muy real, luchando y sufriendo un dolor muy real.
Y, una vez más, nadie la ve. La Dama Invisible tenía respuestas para todas las preguntas y el público pagaba mucho dinero para verla.
¡Qué maravilla! ¡Una mujer con conocimientos!
Pero ahora, aquellas palabras pronunciadas al oído de una niña vuelven como un murmullo espectral del pasado: eligen no verme.
Ese día en la feria, cuando su madre todavía estaba viva y su padre era joven y el mundo estaba lleno de magia, Emily creyó haber aprendido el secreto fundamental de la vida: sé callada, sé buena, hay mística en no ser vista.
Y lo siguió al pie de la letra: fue una niña buena y una hija dócil, diligente y tranquila.
Esas palabras regresan de la nada diez años después con un significado nuevo: eligen no verme .
Las personas volvieron invisible a la Dama Invisible porque les resultaba más cómodo.
Aceptaban su voz y su conocimiento solo porque no se interponía en el camino de nadie.
La sociedad no quería oír las opiniones, ni los pensamientos, ni las ideas de las mujeres fuera del circo.
Por eso había que convertir en un artilugio, en una rareza y en un espectáculo a una mujer que hablaba, que sabía.
Ha visto a mujeres como ella durante todos estos meses —Charlotte, Sadie, Isabel, Jessie y Beatrice— que se atreven a ser vistas y oídas.
Y ahora, hasta Lady Constance Cunningham elige ponerse el disfraz de plebeya para demostrar lo brutal del trato en Holloway.
Constance no tenía por qué exponerse, podría haber seguido donando fondos y mirando desde afuera, pero no lo hizo.
Emily, en cambio, se quedó en la sombra, segura e invisible.
Pero ¿qué consiguió? El tímido intento de ser espía, una doble agente, parece una tontería en comparación con los sacrificios que hicieron sus amigas.
Porque eso es lo que son, sus únicas amigas de verdad.
Ve el sarpullido en el vientre que les provocan los uniformes de la prisión.
Las ve dormir en literas de hormigón plagadas de piojos; las ve temblar de frío y de hambre encerradas en las celdas de cemento.
En cambio, los diputados duermen cómodamente en camas mullidas hechas por criadas anónimas junto a sus esposas que duermen, rígidas, a su lado, para no ocupar lugar de más.
Las protestas no mueven un pelo a los diputados, ni siquiera pestañean cuando los policías sujetan a las mujeres por las muñecas, el culo y los pechos, y las llevan dentro y fuera de Holloway como ganado.
Las mujeres gritan a viva voz y reclaman derechos y justicia, pero nadie escucha.
La propia Emily ha sido complaciente. De eso se trata la invisibilidad, no es una decisión pasiva y hay que poner algo de empeño todos los días.
Y cae en la cuenta, por primera vez, que ya no está dispuesta a poner nada más.
Los problemas cotidianos no van a desaparecer si se conquista el voto; pero si Lady Cunningham, que tiene una vida simple y maravillosa, está dispuesta a exponerse a la tortura, debe de haber una razón.
Eso es lo que Marianne nunca entendió y lo que Emily puede ver ahora.
Aunque la monotonía y las dificultades de trabajar todos los días no terminen con el voto, las mujeres ya no van a estar a merced de los hombres.
Los Thomas, los Martin, los doctores Brainwright del mundo ya no van a actuar a puertas cerradas. Las mujeres tendrán voz.
Marianne nunca pudo elegir. Primero, trabajó en la fábrica textil hasta que casi la mata y después en la prisión hasta que murió.
Pero ¿y si hubiera podido defenderse? ¿Y si hubiera podido hacer de la fábrica textil un lugar más seguro?
¿Y si no se hubiera casado a los dieciocho años?
Una edad a la que, si bien no era una niña, ya era una carga para sus padres.
Empuña el lápiz con energía, las manos se le manchan de negro.
Está dibujando sin miedo y con furia; sus dedos vuelan por el papel, de los trazos surgen líneas y sombras: una mujer flaca, frágil, encadenada, su figura postrada, protesta y los hombres, amenazantes, la sujetan e introducen sus instrumentos dentro de ella a la fuerza.
La oficina de Thomas está cerrada. El doctor Brainwright no va a volver para la sesión de la noche. El periódico de la tarde irá a la imprenta en unas horas. Es la segunda vez que Emily saca un mensaje prohibido de Holloway, pero esta vez el mensaje es de su propia autoría.
Si la sociedad elige no ver, allá ella; Emily no va a dejarle opción. Se va a volver visible y, con ella, también la verdad.
Emily llama sin parar a la puerta de Park Lane con los nudillos enrojecidos y agrietados hasta que se abre y aparece Charlotte.
—¿Qué haces aquí?
Emily trata de pasar por alto la aspereza en la voz. Le pone la misiva en la mano sin decir una palabra y mira cómo Charlotte despliega el papel y observa la imagen. Una lágrima le cae por la mejilla, se la seca y toma a Emily de la manga.
—Entra.
Se quedan en el vestíbulo suspendidas en un silencio incómodo, esperando que la otra hable primero.
—Sé que es Constance —dice Emily.
—No podíamos contártelo, fue idea de ella y Adeline. Teníamos que asegurarnos de que no la iban a reconocer. —Su voz cobra un matiz enérgico y seco, pero no hostil.
—¿Por qué? —Emily ya sospecha.
—Para que la traten como a cualquiera de nosotras.
El plan es que, cuando la liberen, Constance exponga todo el asunto, dé una entrevista importante y diga la verdad sobre la brutalidad que se ejerce en Holloway.
Y si nadie me escuchó a mí y a nadie le importó mi carta, creemos que sí se van a preocupar por la esposa de un conde.
Emily traga la bilis que le sube por la garganta.
—Es un buen plan —empieza a decir—, pero escucha, Constance es vieja, no es tan fuerte como tú. Acabo de verla y… está débil. Me parece que está muy enferma.
—Ella sabía en qué se metía.
—Lo sé pero no creo que pueda soportar mucho más.
¿No lo ves? —Emily señala su dibujo—. ¿No podemos llevar esto a los periódicos ya mismo y revelar su identidad junto con la imagen?
Toda la ciudad va a saberlo en cuestión de horas y Constance va a…
bueno, no sé si van a suspender la alimentación forzada pero tenemos que intentarlo.
Charlotte examina el rostro de Emily.
—Si Constance está tan mal como dices, supongo que es la mejor opción que tenemos, pero antes tengo que hablar con Adeline.
—¿Puede llevarlo a la imprenta a tiempo?
—Si nos apuramos. Pero, Emily, entiendes que si publicamos esto no habrá dudas de que fuiste tú, no va a ser solo mi palabra en una carta que cualquiera podría haber llevado. Tu padre va a saber que el dibujo es tuyo.
La cena familiar de cuento de hadas, cálida y llena de risas tan parecida a las de antes, cuando vivía su madre, pasa por delante de sus ojos.
Los besos clandestinos con Martin y el futuro que él le ofrece también.
Los esfuerzos de su padre, por más errados que estuvieran, para que ella hiciera realidad sus sueños.
Las oportunidades que su madre había imaginado y las promesas que le había hecho Emily.
Charlotte tiene razón, no habrá vuelta atrás.
Su padre se va a poner furioso, Martin va a sentirse traicionado… pero ellos la traicionaron primero.
Emily piensa en las conversaciones que oyó por casualidad, en las miradas que un poco vio y otro poco ignoró.
Piensan que es tonta y ella se lo permitió.
Tanto Martin como su padre estaban involucrados en la tortura de Constance y en la de Charlotte.
No tiene dudas de que volverán a hacerlo una y otra vez, sin remordimientos.
¿Se lo harían a ella si se presentara la oportunidad?
—¿Estás segura? —pregunta Charlotte.
—Estoy segura.
—Voy a decírselo a Adeline, entonces. —Charlotte hace una pausa solo para insistir en que Emily se quede unas horas, antes de salir corriendo rumbo a la posada de Clement para hablar con Adeline.