Capíulo cuarenta
CAPÍTULO CUARENTA
BEATRICE
Sadie bate la mezcla con ferocidad.
—¿Puedes dejar de hacer eso? —Beatrice le quita el bol—. Estamos preparando bollos, no aplastando cabezas.
—Ah, ja, ja —dice Sadie con voz neutra.
Beatrice suspira y arroja el telegrama a la chimenea.
—Creí que te iban a parecer buenas noticias.
—¿Que no te necesiten en casa hasta la boda?
—Sí, Daniel está cerrando unos negocios con su padre y mi madre se va a ocupar de los preparativos en Champney House. Eso nos da mucho tiempo.
Sadie saca cucharadas de masa del bol y, con el mismo vigor, empieza a golpearlas contra la mesa.
—Mucho tiempo.
—Sí, bueno. Todo el tiempo que podíamos pretender. Mi madre está enfadada porque no voy a participar de los preparativos, pero no pensé que tú también ibas a enojarte. Cielos.
Sadie contiene el llanto.
—¿Qué más puedo hacer? —A Beatrice se le quiebra la voz—. No entiendo qué quieres que haga.
—Me parece que la que no entiende eres tú.
—Por fin Sadie mira a Beatrice a los ojos—.
Tener que escucharte hablar de Daniel y la boda —baja la voz, casi en un susurro— es una agonía constante para mí.
—Sadie se seca las lágrimas con el dorso de la muñeca—.
Es prolongar el dolor. Cuando lo dije hablaba en serio Bea, te amo.
Esas palabras atraviesan el pecho de Beatrice como la cáscara de un huevo. Rodea los hombros tensos de Sadie con los brazos y recuesta la mejilla en el espacio entre su cuello y el hombro. ¿Por qué Sadie siempre huele a rosas?
—Yo también te amo —susurra Beatrice. Ahora las dos están temblando, los corazones palpitan, las manos se aflojan. ¿Esto es el amor? Sadie siente la respiración tibia de Beatrice sobre la piel.
—Te amo tanto… —dice Beatrice—. No sé qué más puedo decir o hacer. Pero si no me caso, ya sabes con qué me amenaza mi madre. —A Beatrice le tiembla la voz, la amenaza no dicha se cierne sobre ellas: el manicomio.
—Yo nunca lo permitiría —dice Sadie.
—¿Cómo?
—Podemos huir, dejar el mundo atrás, no lo sé, Bea. Pero siempre hay alternativas.
—No quiero pensar en eso ahora —susurra Beatrice—. Ni en eso, ni en Daniel, ni en mi madre ni en nada, solo quiero estar contigo. ¿No es suficiente?
Está allí, lo lleva escrito en el rostro: Sadie está convencida de que nunca será suficiente. Pero esa convicción no tarda en derrumbarse.
Comienzan a besarse magnéticamente, con pasión; son dos olas que se agitan en medio del océano.
Beatrice recuerda la historia que contó Sadie sobre su viaje a Inglaterra.
Había cruzado el Atlántico en un buque de vapor junto a una carabina vieja y chiflada que se pasó todo el viaje encerrada en el camarote con mareos.
Sadie, en cambio, no podía dejar de mirar la inmensidad que la rodeaba.
Se sintió diminuta al ver que el mundo se extendía en todas direcciones, implacable e inabarcable pero, por algún motivo, también se sintió auténtica.
Su ser más auténtico estaba entre esas olas; por un momento, todo se volvió insignificante menos la integridad de su propio corazón; lo único que importaba era lo que sentía allí, rodeada de ese azul grandioso e inconmensurable.
Ahora, en brazos de Sadie, Beatrice entiende ese sentimiento.
¿Cómo puede haber algo más importante? La vida es demasiado corta, los problemas que vienen con ella son arbitrarios y pequeños en comparación con las emociones vastas y abrumadoras de este amor.
¿Y si se la traga? Prefiere ahogarse en el amor antes que no volver a sentir su fuerza.
Se aferran la una a la otra, están ancladas.