Las buenas hijas Capíulo treinta y nueve
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Capíulo treinta y nueve

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

EMILY

Los guardias traen a las últimas reclusas del día.

Las celdas se cierran y las sombras invaden los pasillos de Holloway.

En algún lado, más allá de las paredes de ladrillo y de las rejas de metal, los mirlos vuelan hacia el atardecer acuarelado.

Emily barre el patio perezosamente, mueve el polvo formando remolinos de hollín y escombros.

Se gira al escuchar pasos y ve a Martin apoyado en la pared de piedra, la está esperando.

—Buenas noches —murmura él.

Emily le toma la mano entre las suyas, frías y agrietadas.

Su padre convocó a Martin para interrogarlo hace unos días.

Necesitaba saber cómo habían llegado a Charlotte los útiles de escritura pero Martin no dijo nada, la encubrió.

Después de escuchar la misma respuesta una y otra vez, Thomas creyó sinceramente que Martin era un guardia leal, humilde y que no sabía nada del asunto.

Pero Emily no olvidó el miedo que vio en el rostro de Martin y tampoco puede ignorar la verdad: por su culpa él estuvo a punto de quedarse en la calle.

Ahora, tomados de la mano, caminan en círculo por el patio bajo la luz mortecina, saboreando los pocos minutos que les quedan hasta que Thomas cierre por esta noche y vuelva a casa.

Antes, Emily tiene que entrar a alimentar el fuego de la chimenea.

Los minutos compartidos en la penumbra, los anocheceres robados, son una fuente de distracción para Emily, y hasta de emoción.

Cuando Martin la besa, ciñe su cuerpo al de ella y le aprieta la espalda contra la fría pared de ladrillo, puede hacer a un lado, aunque no reprimir, la culpa que la carcome.

Puede reparar el daño hecho a Martin, aunque no el que le hicieron a Charlotte.

Él le rodea la cintura con los brazos y le respira en el cuello.

—¿Qué tal hoy? —susurra Emily.

—Bastante aburrido hasta la noche.

—¿Te he iluminado la noche?

—Sí, claro —dice Martin—. Pero, en realidad, he querido decir que el día fue aburrido hasta que trajeron a una nueva presa.

—Ah. ¿Alguien interesante?

—Eh… una pobre anciana, se llama Jane. Es suffragette . —Se detiene, hay un silencio cargado—. Oí que hoy escupió a un agente en un mitin electoral.

Emily sonríe. Esa fue la táctica de Charlotte, escupir para asegurarse el arresto. No es gracioso, claro, para nada, pero le alivia no conocer a esta mujer llamada Jane.

—Tengo que irme —dice Emily.

Martin se inclina una vez más, tiene los labios fríos pero se suavizan sobre los de Emily.

—Tengo que ir a casa.

—Algún día —dice Martin— podríamos ir a casa juntos.

Emily sonríe, apaciguadora. A Martin le brillan los ojos frente a la mínima señal de aliento. Emily siente la mirada de Martin en la espalda cuando se va. Tiene un nudo en el estómago.

Emily lleva su cuaderno de dibujo al parque el domingo.

Todavía hace frío para pasar el día fuera, pero no más que en los pasillos de Holloway.

Con dos chales sobre los hombros, respira el placer de estar sola.

El roce de la carbonilla sobre el papel, las puntas ennegrecidas de los dedos, el sonido distante de niños jugando…

le traen una sensación conocida, reconfortante.

Ya hace mucho de los días de picnics en el parque con su madre, las tardes salpicadas de sol.

Marianne quería que ella fuera una mujer independiente, con una profesión que le permitiera mantenerse sin la ayuda de un hombre.

Pero Marianne nunca supo cómo es ser cuidada de verdad y Thomas sabe lo que tiene Martin para ofrecer.

Emily quiso ser una buena hija durante toda su vida. Pero ahora, que tiene que cargar con el deseo de su padre y el sueño de su madre, no encuentra manera de ser buena. Va a decepcionar a uno de ellos inevitablemente. Perdida en sus dibujos, el tiempo se disuelve.

La tarde gris adquiere un brillo extraño cuando Emily cruza el patio de Holloway.

Hay tanta niebla en el cielo que no se ven la luna ni las estrellas.

Todo parece empapado en agua sucia. Se sorprende al ver a Martin sentado a la mesa para cenar cuando abre la puerta, invitado por Thomas.

Aunque tiene que limpiarse el carboncillo de la punta de los dedos e improvisar una buena comida rápidamente, la cena es agradable.

Martin trajo unas flores y las mejillas de Thomas brillan por la luz de la vela y no por la cerveza.

Hay alegría en su hogar después de tanto tiempo.

Terminan de cenar y Thomas va a recibir al guardia nocturno. Emily y Martin se quedan solos.

—Te ayudo —dice Martin cuando Emily empieza a levantar la mesa—. ¿Qué crees que va a pasar? —pregunta y sumerge las manos en el agua jabonosa.

—Ah, no, no tienes que fregar, en serio…

—Es un placer —insiste él.

—Espera, la camisa. —Emily se acerca a él desde atrás y comienza a arremangarle los puños—.

Ya están húmedos —dice, mientras le alisa la tela de los antebrazos.

Tiene la piel delicada, clara, con vello fino color maíz.

En un impulso se pone de puntillas y le besa la mejilla.

A Martin se le ponen coloradas las orejas.

Con las manos todavía metidas en el agua, se gira y ella lo besa profundamente, con insistencia, y solo se detiene cuando Thomas vuelve a entrar.

—¿Todo bien por allá, Mr. Brown? —pregunta Martin y guiña un ojo a Emily, que rápidamente comienza a secar los platos limpios, de espaldas para ocultar el color de sus mejillas.

—Sí —dice Thomas aunque con una sonrisa dura.

—Y ese tema del que habíamos hablado…

—Mañana estará resuelto —dice Thomas—. Bueno, gracias por la visita Martin. Ya es hora de irse a casa.

—Sí, señor. —Martin le alcanza el último plato a Emily para que lo seque.

—¿A qué se refería? —pregunta Emily cuando Martin se va.

Thomas sonríe.

—No te preocupes. ¿Qué fue esto? ¿Has puesto a nuestro invitado a lavar los platos?

—Él quiso.

Thomas mueve la cabeza.

—Déjame terminar a mí.

—Ya casi está —dice Emily.

—¿Vas a dejar de discutir? Ve a dormir, querida. —A Thomas se le arrugan los ojos cuando sonríe—. Necesito que mañana madrugues. El informe trimestral para la junta de supervisores tiene que estar listo a primera hora y no puedo prescindir de nadie.

—Bueno, muy bien —dice ella—. Si insistes. —Bajo las mantas, con la vela apagada, vuelve a besar a Martin en su imaginación. Por primera vez sintió que esa noche había sido el comienzo de algo real. Cálido y prometedor, esperanzador.

Emily reprime un bostezo la mañana siguiente cuando entrega el informe al secretario de tez amarillenta en la otra punta de la ciudad.

Se despertó en medio de la noche pensando en el críptico diálogo entre Martin y su padre.

“Mañana quedará resuelto”, dijo Thomas. Una forma extraña de expresarse pero, a juzgar por la mirada entre los dos hombres, había un entendimiento tácito.

Emily empezó a pensar en una proposición de matrimonio.

Seguramente Martin aún no está listo para casarse.

Su cuarto alquilado en Clerkenwell no es lo que se dice un hogar.

Pero la luz de la cena compartida hizo que todo pareciera posible.

Qué alivio sería dejar, por fin, de esforzarse tanto; aceptar, por fin, la ayuda de alguien.

Tal vez no sea lo que su madre hubiera querido.

¿Pero acaso no importa lo que quiere Emily?

Dios, si pudiera, por fin, sentirse menos sola en este mundo, ¿no valdría la pena?

Si Martin se lo pide, Emily cree que va a decir “sí”.

Vuelve a Holloway a media mañana. Recorre celda por celda, inspecciona a cada reclusa con mucho cuidado como lo hacía su madre. La cárcel está relativamente vacía, pero quedan las prisioneras con condenas largas.

—Hola, Hanna —saluda Emily.

—Estás contenta —responde la mujer quitándose mechones enredados de la cara para ver mejor—. Déjame adivinar. Hay un chico.

—Bueno, bueno —ríe Emily. ¿Cuándo fue la última vez que rio? Es una confesión bochornosa. Mira por encima del hombro para asegurarse de que ningún guardia —al menos Martin— ande al acecho por allí.

—¡Ajá! —La risa grave de Hanna resuena hasta que se convierte en tos—. No me digas que es alguien de aquí. Niña, tienes que salir más.

—Eso puede ser cierto —dice Emily—. De ser así, tú también.

—Lo justo es justo —contesta Hanna—. De todos modos, con todo lo que está pasando, deberías irte y no volver nunca más si puedes.

—¿Qué quieres decir?

—¿No lo has escuchado esta mañana? Los gritos… —Hanna se estremece y se tapa los oídos con las manos.

Emily contesta lentamente y con calma, a pesar de las náuseas repentinas.

—¿De qué hablas Hanna?

—La suffragette que trajeron hace dos días, Jane Warton. Empezó una huelga de hambre cuando llegó. Se la llevaron para alimentarla. Mi Dios, es más vieja que todas nosotras juntas. No soporto los alaridos, Emily, de verdad, no los soporto. El infierno debe escucharse así.

—¿Quién la llevó? ¿Mi padre?

Unos pasos pesados, masculinos, resuenan en el pasillo. Emily se vuelve y ve que se acerca Martin. El corazón le trepa a la garganta. Hanna asiente con la cabeza y se acerca.

—Y él también —dice en voz baja.

Emily corre como un torbellino hacia Martin.

—¿Dónde está? —Por una fracción de segundo, nota un gesto extraño en el rostro de Martin, que está decidiendo si fingir ignorancia o decir la verdad.

—Arriba.

Emily sube por la escalera desvencijada de dos en dos peldaños.

No sabe cómo orientarse en el laberinto hasta que comienzan los alaridos.

Es como si una descarga eléctrica le trepara por la columna vertebral.

Siente el impulso de taparse los oídos y salir huyendo, pero no puede mover los pies.

Logra controlarse en unos segundos. ¿Cuántas veces escuchó gritos en los pasillos de Holloway?

Innumerables. Por un momento se transporta al día en que llegaron con sus padres, cuando ella tenía apenas siete años.

Estaban muy cerca del lugar donde está ahora con todas sus pertenencias, asimilando el espacio cavernoso y oscuro que los rodeaba.

Emily estaba preocupada por su muñeca Geraldine y apretaba con fuerza la mano callosa y familiar de su madre.

Entonces alguien chilló, fue un grito primitivo.

Emily se asustó, pero lo peor de todo fue que nadie más pareció escucharlo.

A Marianne se le tensó la mandíbula pero casi imperceptiblemente.

El guardia que les estaba mostrando el lugar ni siquiera pestañeó ante el alarido.

El grito que oye ahora, en cambio, no se parece a nada que haya oído de una garganta humana. Ha oído a mujeres en varios estados de sufrimiento, enojo, locura, hasta en un parto. Esto es diferente, no hay pausas, es un grito de piedad ininterrumpido.

Corre a toda velocidad por el pasillo en busca del grito.

Los pies siguen un ritmo: por favor por favor por favor .

No sabe por qué está suplicando. Solo cuando llega a un pasillo que antes estaba clausurado y ve cuerpos que empujan y forcejean, comprende lo que está presenciando.

El doctor levanta su maleta de cuero negro y desaparece por la escalera seguido por Thomas.

No la ven. Emily corre hacia la mujer que dejaron abandonada y que ahora se enrosca sobre sí misma en el suelo, tan diezmada su fuerza que no puede subirse a la litera.

Se sobresalta al oír pasos, pero se tranquiliza al ver a Emily.

—Eres tú —susurra la mujer.

Emily no distingue al principio los rasgos de la mujer, porque la luz de la celda es pobre, pero de pronto la reconoce.

—¿Lady Cunningham? —exclama—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Shhhh —chista Constance, que respira con dificultad—. Nadie debe saber quién soy. —Lentamente se apoya en las manos y en las rodillas y gatea débilmente hacia la reja, se acerca a Emily cuanto puede. Tiene sangre coagulada en la boca.

—¿Jane Warton?

—Un alias —dice, sin voz, Constance—. Todo es parte de un plan. Por favor, no debes contárselo a nadie.