Las buenas hijas Capíulo treinta y ocho
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Capíulo treinta y ocho

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

CHARLOTTE

Charlotte sabe que la discusión con Emily fue estú pida y miserable.

¿Por qué debería Emily sacrificar algo más?

Solo porque Charlotte tomó una decisión —fatídica y, tal vez, insensata—, no todo el mundo tiene que hacer lo mismo.

Y, un poco celosa piensa que, en definitiva, Emily tiene una posibilidad que ella no: Emily puede volver a casa.

Las horas vacías son ideales para que Charlotte se obsesione con su propia insatisfacción.

Casi no puede moverse desde que la sometieron a la alimentación forzada.

Estar de pie es muy doloroso después de un rato y tiene la garganta hecha jirones por las llagas que le dan sabor metálico a todo.

Lo peor es que, en el fondo, sufre un dolor persistente, uno que la atormenta más cuando está completamente quieta.

Es un repiqueteo sordo en la base del cráneo que repite una y otra vez: ¿Vale la pena?

Logra silenciarlo por ahora, que se dirige a la imprenta convocada por Adeline.

Por fin un día con sentido antes de anunciar a Adeline la verdad que ha estado escondiendo: no va a volver a participar de las protestas.

La tienda abarrotada huele a papel y tinta.

Charlotte entra con la brisa fresca de la calle y, de una pila de periódicos, se alzan varias cabezas.

—Cierra la puerta —ordena Adeline—. ¿Ya viste esto?

Levanta un periódico. No es un ejemplar de Voto femenino sino la última edición de The Times.

La caricatura ocupa la mitad de la página.

El título, en negrita mayúscula, reza: “CÓMO ALIMENTAR A UNA SUFRAGISTA POR LA FUERZA”.

Es un dibujo caricaturesco de una mujer tendida en posición supina en el suelo, que se nota que es de una celda, mientras dos hombres le meten un embudo en la boca a la fuerza. La mujer tiene los ojos desorbitados.

—Lo convirtieron en un chiste —dice Charlotte incrédula—. Después de mi carta…

Adeline arruga el periódico y lo arroja al suelo.

—A nadie le importa —dice—. ¿Por qué tendría que importarles? ¿Qué significas para ellos?

Charlotte sabe que no debe ofenderse por la brutalidad de Adeline. Tiene razón.

—¿Querías verme?

—No aquí —dice Adeline—. Ven conmigo.

Charlotte la sigue, pasan junto a pilas de ediciones anteriores de Voto femenino, camina sobre papeles arrugados, maquetas y torres de botellas de tinta vacías. La improvisada oficina podría ser un armario de escobas por lo pequeña, pero Adeline se encierra con Charlotte antes de empezar a hablar.

—No debe enterarse nadie —susurra Adeline y le entrega una carta escrita en tinta color negro azabache en un cuadrado de papel grueso y dirigida a la Unión. Charlotte sabe que viene de Hazelwood Hall antes de leerla.

—¿Esperamos otra donación? —pregunta, mientras pasa el pulgar por el sello de cera color rubí y acaricia el escudo de la familia Cunningham.

—Léela —indica Adeline.

Charlotte lee en silencio.

—¿Es en serio?

Adeline asiente.

—Esto podría cambiarlo todo —dice Charlotte—. ¿No es cierto?

—¿Cómo saberlo? Tenemos que intentarlo si Constance está dispuesta.

Pero no debe enterarse nadie, ni siquiera las voluntarias, benditas sean.

Estas chicas se van corriendo a casa después de su turno y nadie sabe con quién hablan.

Tampoco se lo cuentes a Emily; lo podría arruinar todo.

La aprecio, por supuesto, pero no puede saberlo.

Charlotte agradece que estén en penumbra porque acaba de ponerse roja como un clavel.

—No creo que Emily vuelva a ayudarnos.

—¿Por qué dices eso?

—Por nada —Charlotte retrocede, pero Adeline se inclina hacia adelante—. Creo que no se toma nada de esto en serio, eso es todo.

—No la subestimes —dice Adeline cortante.

—Muy bien —dice Charlotte—. Entonces, ¿cuándo va a pasar?

—Esta noche.

—¿Esta noche?

—Está viajando en tren a Londres ahora mismo.