Capíulo treinta y siete
CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
EMILY
Emily sale furiosa de Park Lane; le martillean los oídos mientras recorre las coquetas calles de Mayfair.
¿Cómo se atreve Charlotte a sugerir que no sacrificó todo por ellas, que no hizo lo suficiente?
Arriesgó su hogar, el trabajo de su padre, su propio futuro.
¿Y Charlotte sigue pensando que es una hijita dócil, una chica buena sin las agallas para desobedecer?
Quiere gritar. Pero no, cuando por fin llega a la sombría casita de piedra derruida del patio de Holloway, abre la puerta de su habitación de una patada; el dolor trepa desde el pulgar del pie hasta la canilla.
No es liberador, pero, al menos, este dolor está localizado.
Charlotte y todas ellas podrían haber tenido una buena vida —una vida maravillosa— y desperdiciaron la oportunidad, ¿para qué?
¿Para ser rebeldes y meterse en política?
Y, en realidad, no perdieron nada. En cualquier momento, Beatrice y Sadie pueden volver a sus mansiones, donde, seguramente, las esperan grandes dotes y herencias.
La situación de Charlotte, lo sabe, es más complicada.
Su padre le dio la oportunidad de prosperar, de acceder a la movilidad social, pero Charlotte la dilapidó.
Es lo que eligió y Emily también está eligiendo.
Ya puso en riesgo la posición de su padre, su trabajo, su hogar, su orgullo. Y, sobrecargada por la culpa, también piensa en la vida que su madre deseó para ella, una fantasía que parece más lejana que nunca.
No puede pensar claramente. ¿En qué las beneficiaría el voto?
Ella va a seguir barriendo pisos y limpiando mierda.
Thomas va a seguir hacinado en su sórdida oficina, acobardado ante la junta de supervisores, haciendo recortes para mantener a flote la maldita prisión.
¿No es la educación más valiosa que el voto?
Con un certificado de maestra va a poder pertenecer a la clase media como siempre quiso su madre.
¿Es un pecado tan grande desear una vida sin hambre?
¿Una vida en la que se pueda mirar los escaparates de Selfridge’s y, además, comprar algo de vez en cuando?
Pero lo que más le hace hervir la sangre es que Charlotte haya metido a Martin en la discusión sin ningún tipo de consideración.
¿Y qué si Emily quiere casarse con él? Es lo que quiere su padre, es cierto…
pero, por favor, ¿sería tan terrible que también fuera su deseo?
Martin avisó a Emily que Charlotte estaba en huelga de hambre, también hizo la vista gorda cuando Emily le dio papel y lápiz y se llevó la carta de contrabando.
Arriesgó su trabajo para ayudarlas a ambas.
Ahora Emily es responsable por la situación precaria en que se encuentran su padre y Martin.
¿Cómo puede Charlotte ser tan desagradecida?
Martin viene a verla esa noche. Está nervioso, tiene los ojos muy abiertos; parece mucho más joven, casi un niño.
—Sospechan de mí —dice sin preámbulos y mira furtivamente hacia atrás antes de entrar a la casa.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padre. La junta de supervisores. Me han citado para interrogarme sobre Charlotte Evans.
Él piensa… ellos piensan que fui yo quien le entregó el papel y el lápiz y que dejé pasar a las suffragettes por el portón trasero.
—Martin observa a Emily con sus ojos grises.
Ella intenta mantener una expresión neutra aunque por dentro se esté prendiendo fuego.
Su padre había dicho que iban a necesitar alguien a quien culpar—.
Yo no lo hice —continúa, jugando con su pelo distraídamente.
Nunca lo había visto tan molesto—. No lo entiendo.
Nunca he hecho nada. Necesito este trabajo.
—No hace la pregunta pero está allí, en su mirada.
—Lo sé —dice Emily en voz baja. Le empiezan a transpirar las manos.
No puede confesar a Martin que ella participó, pero está segura de que él ya lo sospecha.
Martin balancea un pie hacia adelante y hacia atrás.
El taco del zapato está tan gastado que arrastra unas fibras grises.
¿Cuándo fue la última vez que se compró zapatos nuevos, si alguna vez lo hizo?
—La reunión es esta noche —dice Martin.
Emily lo toma de la muñeca y lo sostiene con fuerza, intenta transmitirle tranquilidad.
—Mi padre es justo —comenta.
Él asiente con la cabeza, traga saliva.
—No puedo perder este trabajo. Mis hermanos me necesitan y no sé hacer otra cosa. Esta es mi única oportunidad de entrar a Scotland Yard. Para mí, es el fin…
—Shhh… —susurra Emily—. Por favor. Todo va a estar bien.
Martin le toma la mano; ella le suelta la muñeca y enlaza los dedos con los de él. Va a preguntar , piensa ella. Él sabe que ella le dio el papel a Charlotte y le va a pedir que confiese. Se miran a los ojos y Emily piensa, confusamente, que debería huir. Entonces, él le estrecha la mano.
—Es una gran ayuda saber que estás aquí, Em —susurra Martin. Se inclina y le roza la mejilla con los labios. Entonces, le suelta la mano. Se miran por un momento con los rostros inexpresivos, pero tensos.
—Mi padre no debería encontrarte aquí —rompe el silencio Emily—. Es un hombre justo pero tiene un límite. —Quería que el comentario fuera un chiste pero parece una amenaza. Se le escapa una exhalación rara que no llega a ser una carcajada.
—Me voy, entonces. —Emily no entra enseguida, apoya la cabeza en el marco de la puerta y lo ve alejarse por la tierra irregular del patio.
—Buena suerte —susurra. Martin está demasiado lejos para escucharla, ya desaparece en la arcada oscura.
Emily evoca el momento en su mente más tarde y, con mano ágil, sobre su cuaderno de dibujo, captura la imagen de Martin en el papel.
Los pantalones son demasiado cortos y le rozan la parte superior de los zapatos. Las sombras le ocultan el rostro.