Capíulo treinta y seis
CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
CHARLOTTE
—Me ha escrito mi madre —gruñe Beatrice frente a una taza de té. Charlotte disimula una puntada de celos. Hasta el mensaje más irritante de su madre sería mejor recibido que estos tristes meses de silencio.
—¿Qué dice? —pregunta Sadie.
—Ah, solamente cosas de la boda.
La boda con Daniel... Charlotte casi la había olvidado.
—¿Le escribes a menudo?
—En realidad no —dice Beatrice moviendo la cabeza—. Está muy ocupado con la universidad, no quiero molestarlo. Y, en realidad, yo también he estado ocupada —agrega, se sonroja y mira hacia todos lados, menos a Sadie.
—Bueno, si vas a casarte, quizá te convendría tener más contacto con tu futuro esposo —ironiza Sadie.
Beatrice parece obsesionada con algo que hay dentro de la taza vacía. De pronto, llaman a la puerta; todas giran la cabeza hacia el vestíbulo agradecidas de que algo venga a dispersar la tensión suspendida en el aire.
—Soy yo —grita Emily y abre la puerta antes de que se levanten a recibirla.
Cuando ve a Charlotte se detiene angustiada.
Incluso si Charlotte no hubiera visto en el espejo los círculos oscuros que se le formaron alrededor de los ojos y la clavícula prominente, los adivinaría en la expresión de Emily.
—¡Pero si es nuestro correo secreto! —dice Sadie—. Ven, siéntate. —Le ofrecen una silla y le sirven una taza de té—. ¿Cómo sigue todo allí dentro?
Emily se muerde el labio.
—Me alegra mucho verte bien —dice Emily y estrecha la mano de Charlotte.
—Gracias por llevar mi carta a la prensa —dice Charlotte—. Espero no haberte metido en problemas.
—No creo —dice Emily—. Al menos no todavía. ¿Valió la pena?
Las mujeres se miran. Todas se han hecho la misma pregunta. Pero solo Emily se atrevió a formularla en voz alta; tanto dolor, tanta tortura, ¿para qué?
Charlotte llegó a las primeras páginas al menos uno o dos días.
Después el mundo siguió caminando. Las suffragettes quedaron en el olvido y la siguiente noticia ocupó su lugar.
Desde el gobierno no se hicieron declaraciones sobre la alimentación forzada y, por lo que se sabe, todas las suffragettes que se declaren en huelga de hambre van a recibir el mismo trato brutal. Eso si se atreven a seguir adelante.
—Las cosas no cambian de la noche a la mañana —dice Beatrice—. Pero es un comienzo. Gracias, Emily.
—Sí, gracias —se suma Sadie—. ¿Ya es oficial entonces? ¿Vas a admitir, por fin, que eres una de las nuestras?
—Ah —tartamudea Emily—. Bueno, Charlotte dice que es importante que siga colaborando desde las sombras, así que…
—Ya no estoy tan segura —interrumpe Charlotte—. Como dijiste, ni siquiera mi carta funcionó.
—Ya veo los titulares. —A Sadie se le encienden los ojos—. “Hija de carcelero condena encarcelaciones injustas”.
—Bueno… —Emily retuerce los dedos—. La realidad es que no sé si puedo hacer mucho más. Puedo estar atenta claro, pero no ser, ya saben… —baja la voz—: una suffragette . —La palabra está impregnada de vergüenza.
A Charlotte se le hiela la sangre, se le transforma en agua helada o en arañas.
No quiere abandonar la Unión, es la única familia que tiene, pero tampoco va a soportar Holloway otra vez, le resulta imposible.
Algo tiene que cambiar drásticamente. Ese algo, tal vez, esté en manos de Emily.
Pero la expresión en su rostro pulveriza toda esperanza.
—¿A qué te refieres? ¿Es por la escuela de maestras?
—Bueno, sí, hay algo de eso. Sabes que ese era el sueño de mi madre.
—Nunca creí que quisieras eso para ti.
—Es lo que quiero —dice Emily a la defensiva.
—De todos modos, no veo que eso sea un impedimento para que te unas a nosotras.
—¿No? —responde Emily, le tiembla la voz—. Mira lo que te pasó a ti, Charlotte. No pudiste quedarte en Girton. Y tú, Beatrice, tuviste que terminar la universidad antes de ponerte a trabajar con la Unión. Sadie, tú hiciste toda una vida en Estados Unidos antes de venir a Londres, ¿no es así?
—Pero tú misma lo dijiste, a pesar de esto no ha cambiado nada —dice Charlotte. Se da cuenta de que está levantando la voz. Quiere provocar a alguien, a cualquiera, a Emily. Alguien tiene que oírla. Alguien debe oírla. Le arde la garganta pero no le importa. Beatrice mira a Sadie.
—Piensa en cuánto sufrí yo hasta ahora. Dijiste que no te importaba si te despedían.
—Bueno, las cosas han cambiado en casa —dice Emily.
—Mira, Emily —interviene Sadie—. Ya sé que la universidad parece una oportunidad valiosa. Pero, honestamente, yo he aprendido más haciendo campañas para la USPM que en los salones de clase.
—Para ti es fácil decirlo —responde Emily—. Tuviste la opción y elegiste. Todas ustedes pudieron decidir si querían quedarse o no. Pero yo no. Esta es mi única oportunidad.
—No es la única… —interrumpe Charlotte.
—Sí, lo es, o podría serlo —insiste Emily.
Charlotte se pasa la lengua por los dientes.
—¿Es lo que quieres realmente? ¿Ser maestra?
—Entrecierra los ojos, perfora a Emily con la mirada—.
Creo que lo único que quieres es casarte con ese guardia y dar el gusto a tu padre.
No te interesa enseñar, quieres complacer a otras personas.
Nosotras somos demasiado arriesgadas, demasiado caóticas.
Quieres una vida bien ordenadita y, por eso, eres capaz de seguir las reglas al pie de la letra hasta la tumba.
Emily pestañea rápidamente. Ya es tarde cuando Charlotte se da cuenta de que está conteniendo las lágrimas.
—Bueno —dice Emily—, si eso es lo que piensas de mí… No tienes idea de lo que ya arriesgué para ayudarte. No solo puse en riesgo mi futuro, también el trabajo de mi padre…
—¿El mismo padre que permitió que me metieran un tubo por la garganta y que casi me mataran de asfixia?
—Charlotte siente una furia incendiaria en el pecho, nacida de la frustración, la futilidad y los días y días de sufrimiento.
¿A nadie le importa? Volcó el corazón y todo el dolor en las páginas de ese periódico; no logró, siquiera, que se le moviera un pelo a un solo diputado.
Y ahora hasta Emily, la amiga que la ayudó en los momentos más oscuros, se ha convertido en una extraña que mira al establishment a la cara y lo invita a entrar—.
Gracias por tu ayuda —escupe Charlotte—, pero si es una carga tan pesada, no la necesito más.
Charlotte y Emily se ponen de pie al mismo tiempo. Emily corre hacia la puerta y sale dando un portazo.
—Mierda —masculla Beatrice.
—Me he excedido, ¿no? —Charlotte hunde el rostro en las manos.
—¿Es broma? —dice Sadie—. ¿Qué pasó aquí?
—No lo sé —dice Charlotte, moviendo la cabeza—. No lo sé.