Las buenas hijas Capíulo treinta y cinco
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Capíulo treinta y cinco

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

BEATRICE

Beatrice no puede precisar el momento exacto en que sucedió.

Seguramente el día en que Sadie regresó de prisión pálida y débil, supo que no había retorno.

Pero ya había transitado ese camino antes: el verano anterior a Girton, el verano del incidente.

Por eso se resistió y levantó muros a su alrededor.

Por primera vez en su vida, alguien se interesaba tanto por ella que intentaba escalarlos.

Ahora que Charlotte también ha regresado y las tres viven juntas, se esfuerza para que todo parezca tan normal como sea posible.

Sin embargo, Sadie está menos dispuesta a negociar.

Beatrice la convence, a regañadientes, de mantener una fachada exterior de decencia, pero solo a cambio de lo que le promete en el cuarto.

—¿Cómo me has encontrado? —pregunta en voz baja Beatrice bajo las mantas, con el rostro a unos pocos centímetros del de Sadie.

—Sabes cómo. Vine aquí para ver el mundo y a mi padre nunca le importó lo que hiciera yo si Sam estaba allí para controlarme.

—Entonces, Sam hizo un muy buen trabajo evitando que te metieras en problemas. —Beatrice acerca la mano al cuerpo de Sadie, pero no lo toca. Todavía no.

Disfruta con el calor que irradia su compañera.

—Ah, sí —suspira Sadie acercándose un poco más. Cierra los ojos—. Creo que he tenido otra razón para venir.

—Cuéntame.

—Tenía miedo.

—¿Sadie Lawrence con miedo?

—Dilo otra vez.

—Sadie —Beatrice estira las sílabas, las deja flotar lentas, suaves— Lawrence.

Ya no puede contenerse, le acaricia la suave curva de la cadera. A Sadie se le entrecorta la respiración.

—Tenía miedo de mis sentimientos.

—¿Te has enamorado?

Sadie afirma con la cabeza, tiene los ojos cerrados y está completamente entregada a las caricias de Bea.

—Estaba comprometida para casarme... —Bea le acaricia la cintura—, pero no estaba enamorada de él.

—¿Y de quién estabas enamorada?

Sadie sonríe, se encoge de hombros.

—Ya no importa, pero eso es lo que me trajo a Inglaterra.

Necesitaba tomar distancia porque allí se volvió todo caótico y complicado.

Pero aquí no importa nada de eso, aquí todo está claro.

—Sadie toma la mano de Beatrice y entrelaza los dedos.

Traza un círculo con el pulgar en la palma de Bea.

Ese tacto suave e inocente es suficiente para que Beatrice sienta ganas de llorar—. ¿Te has enamorado alguna vez?

—¿Estás insinuando que no estoy enamorada de mi prometido? —bromea Beatrice.

Sadie se pone nerviosa. Se le endurece la expresión cada vez que aparece Daniel en la charla.

—Perdóname. —Bea le besa el lóbulo de la oreja. Tiene la piel delicada y suave como si fueran plumas—. Creo que nunca he estado enamorada. Sí he sentido deseo hace mucho. Pero amor no, no hasta…

Beatrice no puede terminar la oración. Al final de esa confesión hay un abismo rocoso, una zambullida profunda en lo desconocido, en el horror, en la euforia y en una felicidad que no puede durar. Y Sadie lo sabe pero no le importa.

—Tal vez yo sí. Tal vez me esté enamorando, sí —dice por las dos.

Beatrice siente un calorcito que se propaga desde el pecho y se le instala bajo el estómago.

Y, de pronto, todo es urgente: pelo, piernas, labios.

Bea quiere decir a Sadie que se calle porque Charlotte puede oírlas, pero ya ni siquiera puede ver.

La ciega esa curva que dibujan sus cuerpos, el calor embriagador de su piel tersa con aroma a jabón, los besos que la dejan sin aire y Sadie, Sadie, Sadie.

No tiene que esconderse y se siente viva de verdad.

Tiene que ahogar todo esto durante el día.

Una mirada al cabello rojo y brillante de Sadie alcanza para que las mejillas de Beatrice se enciendan.

Desea poder tomarla de la mano o bailar con ella en la calle.

Se conforma con caminar del brazo, con sentarse juntas y cuchichear, pero hasta estos placeres simples están salpicados por el murmullo persistente del miedo que le perfora los huesos.

Nadie debe saberlo. Nunca.