Las buenas hijas Capíulo treinta y cuatro
55%

Capíulo treinta y cuatro

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

CHARLOTTE

—¿Cómo está mi convaleciente favorita? —pregunta Sadie quitándose la banda. Viene de pasar otra tarde vendiendo periódicos en la calle.

—Excelente —responde Charlotte. La recuperación es lenta, mucho más que la de una huelga de hambre.

Las llagas en la boca, provocadas por los instrumentos de metal, están tardando demasiado en cerrar y, aunque el violeta de los moratones que le cubren las piernas y los brazos se ha convertido en un verde pútrido, le sigue doliendo todo el cuerpo.

Pero hay paz en la casa, en el aire que respiran y en las palabras que no necesitan decir. Están juntas y están vivas.

—No podía ser de otro modo —dice Sadie, arrojando sobre la mesa los ejemplares de Voto femenino que no vendió.

Se acerca a Charlotte, que reposa en el sillón de chintz más cercano a la chimenea, envuelta en una manta de lana.

Sadie le da unas palmaditas en el hombro y cruza la habitación para saludar a Beatrice.

—Mi damisela —dice Sadie.

Beatrice pone los ojos en blanco e interrumpe el bordado.

—La señora porfía demasiado, mas esta señora noche y día zurce —agrega.

—Ay, basta. Es para el estandarte nuevo —explica Beatrice y despliega la tela para que se vea la sigla USPM bordada como si dijera SPQR (el emblema de la antigua Roma) en audaces letras violetas.

—Es maravilloso, Bea —susurra Charlotte. Sin embargo no puede dejar de pensar que el simbolismo tiene una precisión siniestra. Siente que acaba de retirarse de la arena, que ha escapado por muy poco de la tortura que divertía a sus captores.

—Gracias, querida —dice ella—. Se me hinchó el pulgar por los pinchazos, pero me atrevo a decir que ha quedado bastante bien.

—¡Mi pobre damisela se ha lisiado los diestros dedos! —grita Sadie y se desmaya sobre el sofá, donde queda toda despatarrada sobre el regazo de Beatrice, que intenta ahuyentarla. Pero Sadie se acurruca y, en un segundo, las dos terminan abrazadas y el estandarte abandonado en el suelo.

—Estábamos mucho más tranquilas antes de que llegaras —dice Beatrice mientras le acaricia el cabello.

—Vamos, admítelo —insiste Sadie—. Me has extrañado.

Beatrice se sonroja.

—Claro que te extrañamos —interviene Charlotte con la voz áspera como papel de lija.

Desde que volvió de Holloway no puede más que agradecer la compañía de sus amigas.

Le cuesta mucho comer, el caldo que le traen tan diligentemente la quema con cada sorbo, pero se siente cuidada, querida.

Tal vez nunca se haya sentido tan segura.

No volvieron a saber de Emily, no desde que Charlotte salió de Holloway.

Una parte de ella la extraña. Y, sin embargo, es como si la distancia entre las dos se hubiera ensanchado.

El consuelo de saber que Emily estaba al otro lado de las rejas durante las tortuosas noches de Holloway fue muy importante pero, a fin de cuentas, Emily sabía mejor que nadie las crueldades a las que la sometieron.

No es que esté enojada con ella, no exactamente, pero Charlotte intuye que Emily la está evitando.

Isabel y Adeline vienen a visitarlas por la noche.

—Sigues coqueteando con el peligro, mi querida Miss Hiedra —dice Adeline y le apoya una mano en el hombro—.

Bueno, no hiciste nada que no hubiera hecho yo…

pero no seas temeraria. —Charlotte siente ganas de llorar ante el celo maternal.

Adeline le muestra las cartas de doctores norteamericanos que salieron publicadas; todos condenan el procedimiento de la alimentación forzada—.

Ya sabíamos que era horroroso —dice Adeline—, pero ahora tenemos pruebas científicas de que es así.

Charlotte lee por encima, no puede creer que, en algún lugar, del otro lado del mundo haya médicos que condenan lo que le pasó. Sin embargo, advierte que el único periódico que publicó la condena es Voto femenino . Los demás guardan silencio.

Isabel habla con Charlotte a solas antes de irse.

—Lo siento mucho —dice estrechándole la mano—. Hice mal en abandonarte en Trafalgar Square. Tendría que haberme quedado allí.

—Qué disparate —responde Charlotte—. Bea y tú hicieron bien en escapar cuando pudieron.

—Bueno, pero si llega a haber una próxima vez, será mi turno —dice Isabel con una sonrisa forzada.

Charlotte no se atreve a decirlo, pero se le encoge el corazón del miedo. No va a sobrevivir a una próxima vez. Si eso implica abandonar la Unión, que así sea. No podría soportar esta tortura dos veces.

Charlotte no puede dormir esa noche. Se agita y da vueltas en la cama, no logra conciliar el sueño a pesar del agotamiento.

Le parece mal estar envuelta en sábanas suaves cuando, cada vez que cierra los ojos, se le aparece la imagen de la cámara de tortura de Holloway y siente el dolor fantasma de ese tubo terrible en la garganta.

Al menos sabe que sus amigas están allí; es tranquilizador sentir su presencia; los crujidos suaves en el piso de madera le recuerdan que no está sola cada vez que despierta de una pesadilla.

Pero agradece la privacidad de un cuarto propio, así puede llorar sin temor de molestar a nadie.

Pero esta noche no llora. Tal vez, por fin, ya no le queden lágrimas.

En estos días, lloró de dolor y por los terrores que vuelven cuando menos se lo espera; el rostro lascivo del doctor se quedó grabado en su memoria.

Lloró por el padre que perdió y por su madre a la que, a pesar del enojo, también extraña.

Lloró por el voto y todas sus promesas, y porque no se imagina luchando así nunca más.

Y llora porque las lágrimas le caen en cascada desde los ojos y corren como ardientes ríos salados, lo quiera o no.

La luna brilla a través de la ventana. El padre de Sadie dejó la decoración en manos de su hermano Sam, que nunca llegó a poner cortinas en el cuarto de huéspedes.

A Charlotte no le importa. Tiene vista abierta al cielo y, aunque casi siempre hay niebla por el humo de las fábricas, esta noche está despejada y la luna brilla como una perla.

Se levanta con dificultad y camina hacia la ventana, acerca la cara al cristal tanto que lo toca con la punta de la nariz y lo empaña con su aliento. Entonces escucha un murmullo.

Dibuja con un dedo sobre la mancha de condensación, se gira hacia la puerta. Sí, definitivamente oye murmullos. A Charlotte no le importaría tener compañía si las demás están despiertas. Camina de puntillas por el pasillo, se detiene en la puerta del cuarto de Sadie y Beatrice y escucha.

—¿Crees que sospecha algo?

Charlotte no distingue de quién es la voz, es tan suave y tranquila como el aire.

—¿Qué importa?

Ah, es Sadie.

—Es que… si alguien llega a saberlo… me pregunto si no deberíamos dejar de hacerlo, ahora que ha vuelto —susurra Beatrice.

—Shhh. Claro que sí, si es lo que elegimos, solo si es nuestra elección y nadie tiene por qué saberlo. ¿Tú sigues queriendo? —dice Sadie con la voz quebrada.

Silencio. Charlotte se pregunta si Beatrice está diciendo que sí o que no con la cabeza.

¿Les están escondiendo algo a Adeline y al resto de la Unión?

Oye movimiento, es la cama que cruje, pero no escucha pasos.

La puerta sigue cerrada. Charlotte vuelve a su cuarto, está temblando.

Cierra la puerta lo más silenciosamente posible.