Las buenas hijas Capíulo treinta y tres
54%

Capíulo treinta y tres

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

EMILY

El anochecer pinta el paisaje con tonos de gris.

Emily abre el portón y entra a su casa rápidamente para preparar la cena.

Thomas llega unos minutos después y caen en la rutina de todos los días: Emily está frente a la estufa preparando la cena y su padre, taciturno y con gesto adusto, está sentado a la mesa.

No menciona el artículo periodístico ni la alimentación forzada y, para variar, Emily no dice nada.

Las suffragettes entran a hurtadillas por el portón una media hora después.

Emily está sirviendo el guiso en ese momento.

Thomas está de espaldas a la ventana. Si se diera la vuelta vería a un grupo silencioso de mujeres con las faldas al viento, llegando como una bandada de pájaros con Sadie y Beatrice al frente.

Emily ve por el rabillo del ojo que, siguiendo las instrucciones que les ha dado, cuentan las rendijas y se acercan a la esquina, en busca de la celda de Charlotte.

Están fuera de su campo visual cuando las voces se unen en una canción; Emily las escucha solo porque ya lo sabe y lo espera.

Thomas no se entera de nada entre el crepitar del fuego y el silbido de la tetera.

Son los gritos de los guardias y no el canto de las suffragettes lo que finalmente alerta a Thomas de la intrusión.

—¿Qué mierda están haciendo? —gritan los hombres—. ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!

Hay enfrentamientos en el patio, pero Emily finge que no escucha nada.

—¡Mr. Brown! —Martin golpea la puerta; Emily abre y ve un rostro enrojecido de furia.

—¿Qué pasa? —pregunta Thomas levantándose de la silla. La cuchara cae al suelo.

—Venga a ver —reclama Martin. Emily estruja el delantal en un intento de ocultar las manos temblorosas entre sus pliegues.

—Perdón, Em —dice el padre—. Ya vuelvo.

Descuelga la chaqueta del perchero que está junto a la puerta y sale con Martin.

Los hombres ya están detrás del edificio y las mujeres empiezan a correr en todas las direcciones, ya no existe la elegante formación.

Algunas intentan llegar al portón abierto, otras a los arbustos.

Emily ve a una de las chicas por la ventana y, con un gesto, le indica que se dirija al jardín trasero, la cerca está rota y podrá escapar por allí.

Todos los platos están lavados y guardados para cuando vuelve Thomas, resoplando y amargado, una hora después.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Emily, sorprendida de sí misma por la facilidad con la que es capaz de fingir. La relación con su padre se ha convertido en una interpretación: los dos declaman las líneas que el otro espera oír, ambos interpretan personajes que no son reales.

—Un problema de seguridad —masculla el padre—. No te preocupes. —Se desploma en el sillón y apoya la frente en la mano. Emily nunca lo había visto tan amargado. De la garganta de Thomas emerge una tos estrangulada.

—¿Papá?

—No es nada, Em.

Emily se arrodilla junto a él sobre la alfombra raída. Thomas se suena la nariz con un pañuelo.

—Ay, Em —susurra—. ¿Qué he hecho?

—¿Qué quieres decir papá?

¿Serán remordimientos por fin?

—A la junta de supervisores no le va a gustar esto.

Y, por Cristo, van a necesitar alguien a quien culpar —Thomas sigue mascullando, en realidad, habla para sí mismo—.

Esta casa no es nuestra, es del gobierno.

Si pierdo este trabajo, perdemos la casa, perdemos todo.

—Con una risa cansada y triste, concluye—: Nos vamos a quedar en la calle.

Emily siente que el corazón le da un vuelco.

Thomas la mira con ojos exhaustos.

—Ve a la cama —ordena.

Se llevan a Charlotte en una camilla la mañana siguiente, la absolvieron en un abrir y cerrar de ojos.

El doctor Brainwright insiste en que no es necesario hospitalizarla, pero Charlotte no le interesa, solo quiere salvar su propio pellejo.

Los guardias ponen un candado nuevo en el portón trasero más tarde, pero es como pretender frenar una catarata con un trapo.