Las buenas hijas Capíulo treinta y dos
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Capíulo treinta y dos

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

CHARLOTTE

Charlotte pierde la cuenta de cuántas veces le in trodujeron alimento.

Le duele cada centímetro del cuerpo. Le salieron moratones en los hombros y en las rodillas, que es de donde la sujetan.

Siente pinchazos en las mejillas y tiene un sabor metálico en las encías hinchadas.

Le sangran las puntas de los dedos por intentar, inútilmente, defenderse con arañazos.

Le arde la garganta por el hambre y la deshidratación.

Tiene el estómago revuelto. No entiende el sentido del calvario y para colmo termina vomitando después de la comida porque su cuerpo rechaza lo que se le introdujo a la fuerza.

Le reza a un dios en el que no cree, reza por el alivio de la muerte.

Déjame morir, ay, por favor. Y llama a su madre, a su padre, a sus hermanas.

Mamá, mamá . Intentó ser una buena hija, pero fracasó.

Tal vez merezca esto. Escucha voces dentro de su cabeza, febriles y crueles.

Hay ecos maléficos que le gritan y le laceran el cráneo con palabras: inútil, inservible, hueca, egoísta, puta, hija de puta, prostituta, prostituta inútil, egoísta.

Todo esto también es inútil, hueco y no tiene sentido.

Escucha un llanto extraño. Se da cuenta de que es ella misma.

Puta. Mamá, mamá, por favor. Ay, por favor.

¡Griten, alcen la voz!

¡Canten al viento, ya amaneció!

Cuando empieza el canto, hunde la cabeza en la almohada llena de pulgas. Que termine. Que termine por favor. Pero no termina. Y se da cuenta de que las voces ya no le gritan a ella. Oye su propio nombre una y otra vez; con claridad, lo gritan y lo cantan.

¡Marchen, marchen, marchen sin cesar,

nuestro estandarte ondea y la esperanza despierta!

¿Serán ángeles? Pero si esto es el cielo, ¿por qué le sigue doliendo? Charlotte reúne sus últimas fuerzas y se pone de puntillas sobre el catre; sus ojos llegan, apenas, a la rendija que hace de ventana. Se aferra a los barrotes de metal y mira hacia afuera. Hay cuerpos apiñados en el patio.

La canción con su historia, los sueños con su gloria,

¡miren! Ellas claman, y es feliz su palabra.

Crece y más fuerte resuena,

¡trueno de libertad, la voz del Señor!

—¡Allí está! —grita alguien.

¿Quién?

—¡Yo también la veo! —dice otra.

—¡Charlotte!

—¡Charlotte!

Va comprendiendo poco a poco, en medio del aturdimiento, que esas personas son sus amigas.

Han venido a visitarla y casi pierde el equilibrio al verlas; por fin, tras mucho tiempo, siente alivio y empieza a sollozar.

Se sujeta con fuerza de los barrotes, lo que ve fuera la llena de regocijo.

Las voces se elevan, dulces y claras como el canto de un pájaro, hasta su celda.

Firmes en la fe, nos reímos del desprecio

(reímos esperanzadas, pues el final es cierto).

¡Marchen, marchen, todas como una,

hombro con hombro y amiga con amiga!