Las buenas hijas Capíulo treinta y uno
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Capíulo treinta y uno

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

BEATRICE

Beatrice abre la puerta a Emily que acaba de llegar a Park Lane con las mejillas coloradas y los labios hinchados.

—¡Sadie! —grita Beatrice por las escaleras—. ¡Ha venido Emily.

El sonido de sus pasos precede a Sadie.

—Ah, Emily —grita Sadie y se ajusta la bata alrededor de la cintura.

Beatrice olvida que las dos están desarregladas por un momento.

Casi se caen de la cama al escuchar los golpes en la puerta.

Ahora Bea se ata los rizos despeinados y hace una mueca al ver que Sadie está descalza.

Sadie acompaña a Emily a la sala y le ofrece una silla.

Tienen que ser más cuidadosas. Pero cuando llegó la carta de Charlotte, ¿qué podían hacer más que aferrarse la una a la otra?

Eso era lo más importante en ese momento.

Más que las cartas de Daniel, que no estaba enterado de los roces con la ley de su prometida.

Más que el miedo a ser arrestadas cualquier día de estos en las actividades de la Unión y a tener que enfrentar el mismo tratamiento inhumano del que ella misma había escapado por un pelo.

Lo más importante era sostenerse la una a la otra.

—Tenemos novedades Emily —dice Beatrice—. Gracias a Dios, Isabel escapó, y tiene conexiones con un diputado que quería que se publicara la carta. La semana próxima planea llevar el testimonio de Charlotte al Parlamento para que se debata.

—Menos mal que ustedes dos pudieron escapar. Manejaron la situación perfectamente —dice Sadie, aunque sin la sonrisa de siempre—. Esa era la publicidad que necesitábamos.

—¿Qué va a pasar después? —pregunta Emily.

—Bueno, nadie lo sabe. Es la primera vez que se hace algo así.

—¿Y qué va a pasar con Charlotte?

Beatrice y Sadie intercambian miradas.

—Tampoco lo sabemos —dice Beatrice.

—Y ella, ¿cómo está? —pregunta Sadie.

—Charlotte es muy fuerte… —contesta Emily—. Pero…

Todas habían leído la carta. No hay palabras. Charlotte está atrapada, sufriendo, y no hay un final a la vista. Beatrice estrecha la mano de Emily.

Están juntas una hora más o menos. Beatrice se siente liberada y agradecida de estar entre personas con las que no tiene que esconder sus secretos. Al menos no todos.

A Emily ya no le tiemblan las manos; Sadie se acerca sigilosamente a Beatrice y la besa en la mejilla. Aparentemente todo es muy amistoso, por supuesto. De todos modos Beatrice se pone nerviosa. De pronto Emily rompe en llanto.

—Ah, querida —dice Sadie, se pone de pie y le extiende la mano—. ¿Qué pasa?

Emily se estremece, se seca una lágrima.

—Perdón —dice, lloriqueando—. Es que no puedo dejar de pensar en Charlotte.

—Lo sabemos.

—Y aunque ya se haya publicado la carta, ella todavía… —No puede terminar la oración. Todavía está sola. Todavía la están torturando. No come. Posiblemente, esté muriendo—. ¿Qué podemos hacer?

Beatrice se lleva un dedo a los labios y piensa.

—Tengo una idea.