Capíulo treinta
CAPÍTULO TREINTA
EMILY
Thomas se ha puesto rojo como un tomate. Golpea el periódico contra la mesa de la cocina y se pasa la mano por el diezmado cabello, camina de un lado para otro y maldice. Emily sirve el té en silencio. Thomas vuelve a tomar el periódico, tira la taza y, sin pedir disculpas, sale dando un portazo.
Emily vuelve a respirar al verlo salir. Limpia lentamente el té derramado y escurre el trapo.
Su padre no dijo qué le preocupa tanto pero ella lo sabe.
No ha pasado ni una semana desde que se fue corriendo de la celda de Charlotte en plena noche, con un plan a seguir.
No solo pensó que era lo correcto en ese momento, sino lo único que quedaba por hacer.
Charlotte estaba muy débil y dolorida, pero insistió en que iba a sacar la fuerza para seguir adelante de algún lado siempre y cuando Emily pudiera cumplir su parte del trato.
¿Cómo iba a negarse? Ahora ese trato, ese plan, había llegado a la primera plana del London Times.
Ah, sí. Thomas estaba furioso. Emily no tiene más que incertidumbre.
¿Qué debe hacer? ¿Exigir al gobierno que rinda cuentas o salvar el trabajo de su padre?
¿Ayudar a su amiga o asegurar su futuro?
No lo evaluó en su momento, solo lo hizo después de pasar a la acción, cuando ya había filtrado papel y lápiz en la celda de Charlotte, cuando ya había sostenido una vela en alto, cuando ya se había llevado las palabras prohibidas y las había sacado de la cárcel clandestinamente.
Solo entonces cayó en la cuenta de que estaba arriesgando el puesto de su padre y con él su casa, su medio de vida, su propia oportunidad de escapar. Una mierda, en realidad.
Alguien llama a la puerta. Es Martin.
—¿Has visto esto? —pregunta. Se muerde el labio inferior y sostiene un ejemplar del periódico.
—Mi padre se acaba de llevar el nuestro —responde ella para no tener que contestarle.
—Claro, sí. Vi que lo llevaba cuando salió de la oficina. La junta de supervisores t elegrafió esta mañana y lo convocó porque quiere empezar una investigación. Mierda.
Emily lo mira a los ojos, cree que va a encontrar enojo en ellos. Pero no, reconoce la emoción que atraviesa el rostro de tantas reclusas… es miedo. Es extraño pero está tranquila.
—¿Te lo leo? —pregunta Martin.
Emily asiente instintivamente.
Carta de una suffragette prisionera en Holloway.
No comí ni bebí en dos días, a modo de protesta por recibir el mismo trato que los delincuentes comunes cuando, en realidad, debería haber gozado de los privilegios de una presa política.
Estaba sentada en mi celda cuando entraron los guardias.
Me sujetaron y, a pesar de que opuse toda la resistencia que me fue posible, ellos eran dos y mucho más grandes y fuertes que yo.
Me arrastraron por el pasillo, me agarraron de los hombros, los brazos, las rodillas y los tobillos.
Emily traga, espía el rostro de Martin.
En una habitación oscura, aislada de las otras prisioneras, alguien me sujetó por la espalda y el doctor intentó abrirme la boca a la fuerza con una mordaza de acero.
Nuevamente intenté resistirme y cerré la boca con fuerza, pero dos hombres me tenían inmovilizada mientras movían el tubo alrededor de mis encías, buscando huecos entre los dientes.
Lo introdujeron a la fuerza, me abrieron la mandíbula lentamente haciendo girar un tornillo.
Con cortes en la boca y las encías sangrando, intenté tensar los músculos del cuello, pero me metieron el tubo por la garganta, también a la fuerza.
No podía respirar, tuve convulsiones, sentí que me asfixiaba.
Estuve inconsciente hasta que los oí decir: “ya está” y retiraron el tubo.
Me dejaron allí, atada a la silla, empecé a sollozar y a jadear convulsivamente, me sangraba la boca.
Vomité. Esa noche se repitió el procedimiento.
Por la mañana y por la noche, una y otra vez la misma lucha desesperante contra el tubo que me atravesaba el estómago, la garganta, la boca y, a veces, las fosas nasales.
Respiro con dificultad. Es tanta la sangre, tanto el dolor,... mis entrañas gritan sin cesar.
Martin se detiene. Está pálido. Aunque Emily sabía de memoria las palabras garabateadas con trazo tembloroso por Charlotte, en boca de Martin dolía aún más el sufrimiento visceral, la humillación, la desesperación.
Teóricamente, ella no sabe nada de todo esto.
No es difícil fingir emoción, porque Emily la siente crecer dentro de sí, pero la reacción llega demorada. Se tapa la cara con las manos.
—Ay, es espantoso.
Martin le apoya una mano en el hombro, y para sorpresa de ambos, la muchacha se deshace en llanto.
Él se acerca y se abrazan con fuerza. Ella le apoya la cara en el paño gastado del saco; huele a tierra y a algo dulce.
A los dos les tiemblan los hombros, a él se le acelera la respiración, también está llorando.
—No lo sabía —susurra Martin débilmente.
Los dos están en la puerta llorando, abrazados con fuerza. Emily pierde la noción del tiempo a pesar del frío helado. Finalmente se aparta solo unos centímetros y lo mira a la cara. Martin tiene las mejillas rojas y los ojos húmedos.
—No se me habrán pegado tus mocos en la camisa, ¿no? —bromea, pero en su esfuerzo por sonreír se le quiebra la voz.
Emily solloza; él le acomoda un bucle suelto detrás de la oreja. Los dos rostros se acercan, Emily siente la respiración de Martin sobre la piel. Él la besa intensamente, con más urgencia que en el parque. Ella se aparta para recuperar el aliento.
—Perdóname —dice él.
Ella mueve la cabeza y entra en la casa.
Él la sigue y, finalmente, Emily le cierra la puerta al frío de la mañana.
Dentro, hace más calor que el que irradia el fuego del hogar.
Emily está de espaldas al porche, Martin la empuja contra la puerta y los labios vuelven a unirse, magnetizados, con furia.
No soporta pensar que lo está disfrutando.
Hasta hace dos días, nunca la habían besado y ahora Martin está deshaciendo la larga trenza que le cae por la espalda; tiene los labios tibios, le besa las mejillas, los párpados, la boca.
Él la desea. Y ella también lo desea a él.
Siente vértigo. Martin la empuja con todo el cuerpo contra la pared y ella lo permite.
Se siente liviana; se siente viva. De pronto están en su cuarto.
Corre electricidad por cada centímetro de su piel; la sangre circula, vibrante, hacia el punto que está exactamente bajo su abdomen.
El chal quedó tirado por ahí; con los labios recorre los dientes de Martin.
De pronto se aparta, agitada, tienen que detenerse.
—¿Qué pasa? —Martin se limpia la boca con el dorso de la muñeca. Emily se aleja.
—No puedo.
—Eh, no, yo… yo no… —tartamudea y se mete las manos en los bolsillos.
Emily no le presta atención. Acaba de escuchar la voz de Marianne con una claridad inequívoca y como si estuviera aquí, con ella, le dice: Sé buena .
—Tienes que irte. —Levanta el chal del suelo y se envuelve con él, busca la cinta que se le cayó del pelo.
—Lo siento —empieza a decir Martin.
—No lo sientas —dice Emily—. Tienes… tienes que irte, eso es todo.
Ya están junto a la puerta. Emily vuelve a trenzarse el cabello con dedos torpes. Él no se mueve, necesita una explicación. Ella no se la da, solo mira el suelo. Él se inclina y le besa la mejilla.
Emily sale del recinto de la cárcel sin que Martin la vea unos minutos después. Abre el portón trasero y echa a correr. Lleva el periódico que olvidó Martin en la mano.