Capíulo veintinueve
CAPÍTULO VEINTINUEVE
CHARLOTTE
Los alaridos resuenan en todo el edificio, gutura les, primitivos.
Alguien le aplasta la columna contra el respaldo de una silla de madera; Charlotte escucha gritos que rebotan contra las paredes de hormigón.
No parece su propia voz, ni siquiera parece una voz humana.
Es un gemido incorpóreo, un fantasma, una furia.
Thomas y un guardia la sujetan, cada uno de un brazo, hasta que logran inmovilizarla con correas de cuero y, entre los dos, la obligan a sentarse.
Siente la presión de las vértebras sobre la madera y le cruje el coxis.
Los hombres retroceden y ella levanta las caderas, no va a quedarse quieta.
Vuelven a empujarla, la escena se transforma en un vals grotesco.
El doctor Brainwright emerge de las sombras junto a una guardiana desconocida, una de las pocas trabajadoras de la cárcel que, como Emily, tienen la tarea de desnudar a las prisioneras y ponerles el uniforme de Holloway.
Estas mujeres nunca se quedan mucho tiempo: el trabajo es intolerable.
La guardiana tiene unos instrumentos extraños en la mano, un objeto largo y tubular, y una pieza cónica, como un embudo.
Charlotte lanza otro alarido y la guardiana se tapa la boca horrorizada.
El doctor Brainwright la apuñala con la mirada.
Entretanto, Charlotte lanza patadas al aire, pero los guardias la sostienen con firmeza en la silla.
La guardiana entrega al doctor un instrumento de metal y se ve que le tiemblan las manos.
El doctor se lo mete en la boca a Charlotte, que siente el sabor de los dedos sudorosos, peludos, en los labios.
El hombre acciona el aparato y le abre la mandíbula.
Charlotte se queda paralizada, con la boca abierta de un modo antinatural, como un cerdo listo para el matadero.
Después, con un movimiento de cabeza dirigido a la guardiana, el doctor toma el tubo, que tiene el largo de un brazo, y comienza a deslizarlo por la garganta de Charlotte.
El tubo le provoca arcadas al instante; el cuerpo se rebela por reflejo y empieza a retorcerse.
Después de estabilizar el tubo y colocar el embudo en la punta, el doctor extiende la mano hacia la guardiana.
La mujer se arma de valor y le alcanza una jarra.
El doctor empieza a verter el contenido en el embudo.
Charlotte convulsiona. Los hombres que la sostienen hacen fuerza para que no se mueva y el doctor se apoya sobre sus rodillas como si estuviera domando a un animal.
Charlotte suplica con los ojos, que siente que se le van a salir, y no deja de toser y de tener arcadas.
Le arden los ojos, le arde la garganta, se le queman las fosas nasales.
Nadie la mira a los ojos. El dolor llega por oleadas, a medida que el doctor Brainwright sigue vertiendo el contenido de la jarra.
Dios , piensa Charlotte, ¡ me voy a ahogar! ¡Me voy a asfixiar!
De pronto se acabó.
Retiran el tubo y los hombres retroceden.
Charlotte se derrumba en la silla, está laxa, tiene el cuello flexionado en un ángulo antinatural.
Ya no la sostienen; está demasiado débil, no podría moverse aunque quisiera.
Pasan junto a Charlotte como si ella misma fuera una silla vacía y empiezan a ordenar el lugar recolectando los elementos con los que, hace unos momentos, escarbaron y penetraron en su cuerpo.
—¿La llevamos a la celda entonces? —pregunta uno de los guardias.
El doctor se detiene un momento. Charlotte casi no ve, apenas lo distingue a través de los párpados entrecerrados.
Brainwright observa a Charlotte. Seguramente, cree ella, está a punto de declararla fallecida.
En cambio se inclina sobre su rostro, tanto que le raspa la mejilla con la barba.
Charlotte siente su aliento caliente en el cuello, querría morderlo.
La transformaron en una bestia, primitiva y furiosa.
Le clavaría los dientes en la carne bulbosa de la nariz hasta hacerla sangrar si le quedara un resto de fuerza.
Ah, sí, ella quisiera lamer esa baba con sabor metálico que le cae por las comisuras y escupírsela en la cara, pero no puede moverse.
Apenas distingue las facciones borrosas del doctor aunque, extrañamente, los demás sentidos se le agudizaron.
Se le erizan los vellos del brazo, están electrizados.
—No dolió nada, ¿verdad? —susurra el doctor.
Charlotte no sabe si él cree que ella está fingiendo o si su dolor le provoca algún placer sádico.
Hubiera dado cualquier cosa por poder protestar.
Pero le late la garganta, un dolor punzante desde la mandíbula ulcerada hasta el estómago revuelto.
Ya siente los moratones que le están floreciendo en los brazos, donde los guardias la ataron, y en la espalda, donde golpeó contra la silla en su inútil intento por escapar.
Charlotte se desvanece cuando el doctor se retira, con sus dientes puntiagudos como los de un vampiro.
El doctor la abofetea. Suena como un disparo.
—Llévensela —dice y se va.
Charlotte está en su celda. Le da vueltas la cabeza, le arde la mejilla y vomita.
No duerme. No puede dormir. El terror, el hambre y el dolor intenso en el cuerpo forzado a abrirse contra su voluntad le palpitan dentro del cráneo.
Me invadieron, piensa, me violaron . Quiere llorar…
Pensar que alguna vez dio por sentado el simple acto de llorar, pero ahora no puede recurrir a esa catarsis, desahogarse con respiraciones entrecortadas y lágrimas abundantes. Su cuerpo no lo resiste.
—¡Charlotte!
Se levanta al oír que la llaman frenéticamente. Mientras estaba tendida en el catre, se le formó un bulto en la garganta porque la hirió el tubo de metal. Duele tragar, incluso respirar. La sombra de Emily bloquea la tenue luz del pasillo; ella está de pie en la puerta. Debe de estar amaneciendo.
—Ay, Charlotte —dice en voz muy baja—. ¿Qué ha pasado?
¿Puede ser que Emily no sepa? ¿Dónde fue? ¿Dónde estuvo? Charlotte querría sentirse traicionada, pero lo único que siente es dolor. Le arde demasiado la garganta y no puede hablar. Después de un rato y, ante el silencio sepulcral de Charlotte, Emily desaparece.
Es muy fácil perder la noción del tiempo cuando se está en huelga de hambre; las horas pasan, interminables, interrumpidas solo por alucinaciones y calambres en el estómago.
Pero ahora que la alimentan a la fuerza dos veces por día, el tiempo está cruelmente delimitado.
Apenas se le aquieta el corazón, apenas logra contener el temblor de las piernas, regresa el doctor para volver a llenarla de sondas, a desgarrarla una y otra vez.
Ve a otras prisioneras aferradas a los barrotes que la miran pasar mientras la arrastran por el pasillo.
Están boquiabiertas, quieren ver a la mujer cuyos gritos escalofriantes retumban en toda la cárcel.
Charlotte piensa que muerta estaría mejor después de la última alimentación forzada. ¿Qué sentido tiene si su propio cuerpo es el campo de batalla donde se libra la guerra?
Se pregunta si todas las suffragettes tendrán que soportar esta tortura a partir de ahora.
O si este es un castigo especial, pensado a medida para Charlotte, la puta narcisista que se creyó capaz de burlar el sistema.
Está agotada y la voz que está dentro de su cabeza se vuelve chillona, cruel, burlona.
Se odia a sí misma, a todos los demás y al mundo.
—Lo siento tanto —susurra Emily.
Charlotte no había notado que había vuelto. Los guardias de la noche ya se fueron.
—No lo sabía. Por Dios, Charlotte, lo siento tanto.
No es culpa de Emily.
—Mi padre me dio el día libre. No puedo creer que… ¿piensas que lo planeó? —Habla frenéticamente, se agarra la cabeza, luego se sostiene en los barrotes. Charlotte no va a gastar aliento en acusar a Thomas Brown, las dos saben muy bien qué fue lo que pasó.
—¿Qué puedo hacer? —suplica Emily—. Déjame ayudarte, tenemos que buscar la manera de que se sepa esto. El mundo tiene que enterarse de que tú… de que te están lastimando.
—Si lo cuentas te van a despedir. —Charlotte inhala.
Le arde respirar. No sabe si alguna vez volverá a pronunciar una arenga o cómo va a gritar desde las esquinas, si hasta suspirar duele tanto.
Se siente como Filomela, la divinidad a la que silenciaron cortándole la lengua para absolver de culpa a su violador.
—No me importa que me despidan. Voy a contárselo al mundo, solo dime cómo.
Charlotte piensa. Siente que el cerebro no le cabe en el cráneo. Le palpita todo el cuerpo. No puede permitir que Emily se delate. Todavía la necesitan.
—Hay algo —dice Charlotte lentamente— que puedes hacer —se detiene, traga e intenta controlar el dolor— sin que te descubran.