Las buenas hijas Capíulo veintiocho
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Capíulo veintiocho

CAPÍTULO VEINTIOCHO

EMILY

—¿No es una maravilla? —Martin y Emily salen del metro y tardan unos momentos en adaptarse a la luz. Bond Street está llena de personas que han venido de compras y se escucha el violín de un artista callejero en la distancia—. Por aquí.

Martin lleva a Emily de la mano; tímidamente, la muchacha se deja guiar entre la multitud hasta que cruzan la calle.

—¿Y ahora? ¿Dónde vamos? —pregunta Emily. Se cruzó con Martin en la entrada de Holloway esta mañana. Es su día libre y no tenía planeado alejarse demasiado de la cárcel pero, al verla, Martin se quitó el sombrero, dijo que también tenía el día libre y la invitó a la aventura.

—Sí, claro —respondió. Estaba demasiado sorprendida para objetar.

—Mi señora —dice ahora con acento fino y elegante, ofreciéndole el brazo—. ¿Desea admirar los, eh… artículos que están a la venta?

—Querrá decir, mi señor —Emily le sigue el juego—, si deseo contemplar las mercancías que ofrecen estos refinados establecimientos.

—Así es, por supuesto.

Se dirigen así, del brazo, hacia los carteles que ondean en la fachada de la tienda departamental Selfridge’s. Los escaparates relucientes exhiben vestidos suntuosos, sombreros elegantes y también un traje de hombre confeccionado en seda.

—Supongo que con esto alcanzará. —Martin sigue hablando con acento falso.

—¿Qué quieres decir?

—Para mi guardarropa, claro. La seda me parece un poco excesiva, pero será fresca en verano.

Emily ríe, no puede evitarlo.

—Y tú, querida, lucirás muy elegante con ese vestido.

Ella lo mira a los ojos enmarcados por delicadas pestañas. Martin sonríe de oreja a oreja y abandona el falso acento.

—Vamos, por aquí.

La lleva por calles angostas; en algún momento Emily nota el calor que produce el contacto de sus manos.

Hay un instante fugaz en que se pregunta cómo estará Charlotte en Holloway.

Había olvidado que era su día libre hasta que Thomas se lo recordó la noche anterior; estaba muy distraída con la huelga de hambre de su amiga.

Pero Emily no quiere pensar en eso. Martin gira la cabeza, y ella le devuelve la mirada y siente un cosquilleo agradable en la boca del estómago.

Se detienen en el Marble Arch a la entrada de Hyde Park.

—Ah —exclama Emily.

—¿Qué pasa?

—Yo venía aquí con mi madre.

—Perdóname, no me di cuenta. Si quieres nos vamos.

—No, está bien, en realidad me gusta. Extrañaba venir aquí.

Se sientan en un banco. Martin le suelta las manos, pero ella entrelaza sus dedos con los de él.

—¿La extrañas mucho? —dice Martin.

—Sí, todos los días. —Emily suspira—. ¿Y tu familia? ¿Dónde está? Perdón por no haberte preguntado antes.

Martin sonríe.

—Vivo en Clerkenwell, donde comparto una habitación alquilada con mis dos hermanos mayores. Ellos trabajan en los astilleros; además tengo tres hermanos menores que todavía viven con mis padres en el East End.

—¿Seis varones? Pobre tu madre —exclama Emily.

—¡Ja, ja! —ríe Martin—, así es. Intento enviar algo de dinero todos los meses para comprar comida y esas cosas. —Baja la vista y agrega—: Quisiera tener la seguridad de que con eso se alimentan mis hermanos, pero me temo que casi todo lo que les mando termina en los bares.

Emily se queda en silencio; ve una sonrisa dulce en el rostro de Martin.

—Me gusta pasar el día contigo —dice él.

—A mí también. —Ella es consciente de lo cerca que están, cadera con cadera en este banco. Podría apoyar la cabeza en su hombro si la inclinara unos centímetros. Martin se acerca un poco más y, de pronto, sus labios se posan en los de ella.

Los labios de Martin son mucho más suaves de lo que ella imaginaba, también están tibios y tienen pelitos de barba incipiente alrededor.

Él le sostiene la cabeza con una mano y con la otra le rodea la cintura y la atrae hacia sí.

Emily pone la mente en blanco y se relaja en ese abrazo solo un momento.

Enseguida se aparta y lo mira. Una sonrisa atraviesa la cara de Martin.

—¿Ha estado bien? —pregunta.

Emily asiente con la cabeza. Los labios le hormiguean con el sabor de él. Martin se pone rojo escarlata y se echa a reír.

—Hace mucho que quiero hacer esto, Em.

—Ya lo hiciste, ¿no? —Encuentra su voz—. ¿Y cumplió tus expectativas?

Martin deja escapar un suspiro entrecortado.

—Fue mejor.

Se detienen unas calles antes de llegar a Holloway para despedirse cuando vuelven a casa.

—Fue el mejor día de mi vida —dice Martin—. Espero que podamos repetirlo en algún momento.

—Yo también —responde Emily—. ¿Cuándo volverán a coincidir nuestros días libres? Es difícil que volvamos a coincidir.

—Eso se podría arreglar, en realidad… —Martin se sonroja—. Cuando tu padre me dijo que te había dado el día libre, le pregunté si yo también podía tomármelo.

—¿Te lo dijo mi padre? ¿Por qué?

—Porque cree que estás trabajando demasiado, supongo.

Emily recuerda cuando, la noche anterior, Thomas le recordó que no tenía que ir a trabajar hoy. Hay algo raro.

—Tengo que irme —dice Martin y se inclina. Emily le ofrece la mejilla; están demasiado cerca de casa, del vecindario donde todos la conocen, para permitir que la bese otra vez en la boca. Parece que Martin lo entiende, porque le estrecha la mano y se va.

Emily abre el portón de hierro y entra al patio de la prisión. El edificio está a oscuras porque es de noche, aunque el cielo del atardecer todavía está pintado de rosa. Las ventanas de la prisión proyectan ominosos reflejos color ónix.