Capíulo veintisiete
CAPÍTULO VEINTISIETE
CHARLOTTE
—¡Tomemos la Cámara de los Comunes por asalto! —Charlotte arenga a la multitud desde el lugar que ocupa junto a la boca de los leones de bronce en Trafalgar Square. Los cuerpos en movimiento parecen hormigas abajo, en la calle—. ¡La semana que viene! ¡Vengan a exigir el voto femenino!
—¡Por el voto femenino! —repite Isabel.
Beatrice sonríe radiante a Charlotte desde el león de enfrente. La concurrencia repite su canto.
Charlotte, Isabel y Beatrice salieron juntas de la sede central temprano por la mañana. Charlotte sintió que compartir un objetivo volvía a acercarlas. Isabel y Adeline habían encargado a Charlotte que las ayudara a entrenar a Beatrice como oradora.
—Eres una de las mejores —dijo Adeline.
Charlotte trató de que no se le notara, pero el pecho se le hinchó de orgullo.
Beatrice aprende rápido como era de esperar.
Por la tarde, ya con algunas horas en la plaza, las tres mujeres están en perfecta sintonía entre sí.
Se turnan para arengar y, de ese modo, pueden descansar la voz alternadamente; además, si alguien se pone agresivo y grita o tira de la falda de una de ellas, las otras están siempre listas para ayudar.
Siente placer, también, al imaginar a Isabel contando a su madre cómo ha sido la enérgica protesta de hoy.
El orgullo de Adeline justifica todos los insultos.
Un movimiento de cabeza es el pie que Isabel da a Charlotte para que comience otro discurso.
Nunca se siente tan viva como en este momento, justo antes de empezar a hablar.
Siempre se pone nerviosa al principio, no importa si se dirige a unas pocas personas en una esquina o a una audiencia de cientos como esta.
Pero hay un momento en el que, de pronto, la ansiedad se convierte en calma dichosa.
Se transporta, es como estar sumergida. El ruido desaparece y quedan solo Charlotte y las palabras.
Tal vez por esto no nota que la policía llega a la plaza, al menos, no al principio.
No registra los empujones en la multitud y solo cuando ve la cara de Beatrice cae en la cuenta de que algo anda mal.
Beatrice aprieta la mandíbula y cruza miradas rápidas con Isabel, lo que es suficiente para que las dos mujeres salten de la plataforma.
Charlotte está terminando una oración mientras ve que Isabel y Beatrice se confunden con la multitud.
Tiene una fracción de segundo para decidir.
Está tentada de bajarse de la plataforma y desaparecer en la muchedumbre.
Su cerebro sabe lo que viene después, conoce demasiado bien el dolor de la huelga de hambre, pero su cuerpo se planta en el lugar.
Y, de pronto, la oportunidad ya pasó. Charlotte se queda.
Los policías se abren paso a codazos. Charlotte todavía está allí y, desde lo alto, desde la plataforma de los leones, los agentes quedan más abajo.
Charlotte podría pegar una patada en la boca a uno de ellos —de hecho contempla la posibilidad—, pero, por supuesto, no lo hace.
Como dijo Adeline miles de veces, las suffragettes son activistas no violentas y apelan a la ciudadanía mediante actos democráticos.
Protesta pacífica, se repite Charlotte aunque le hierva la sangre. Al menos hasta que llegue a Holloway.
—Bájese de ahí —ordena un policía grande y bigotudo.
Se acerca al borde del monumento de piedra. Desde el interior profundo de la multitud, Isabel le dirige un gesto de aprobación imperceptible antes de desaparecer junto a Beatrice, mimetizadas con la masa de cuerpos.
—Está arrestada —dice el otro agente con desprecio.
Charlotte extiende la mano, como si un caballero la estuviera ayudando a bajar de un carruaje, pero se la están llevando con custodia policial.
Con los dientes apretados, permite que la conduzcan a la calle.
Guarda la resistencia para la cárcel, no puede evitar ponerse rígida aunque no demasiado cuando el policía le hunde las uñas en el hombro.
Que empiece la huelga, piensa, atada con una correa en el camión policial que traquetea por las calles de Westminster.
Ya siente calambres en el estómago. Quiere evitar el recuerdo de su cuerpo debilitado sobre una camilla de hospital, pero lleva la marca de aquella huelga de hambre grabada a fuego detrás de los párpados.
La ciudad queda atrás rápidamente mientras avanzan por el camino accidentado.
La cúpula del Big Ben proyecta su sombra sobre Parliament Square.
Recorren vecindarios donde, desde los porches, los miran pasar chicos mugrientos con ojos saltones.
La sentencia en el Old Bailey es una nebulosa de jerga burocrática.
De pronto ya está otra vez en Holloway, con sus torres conocidas y amenazantes.
Los policías entregan la cautiva a sus guardianes, que la arrastran por la garganta que es el pasillo central hasta el estómago, o sea, el sector principal de la cárcel.
Le arrancan la ropa y la obligan a ponerse el uniforme de la prisión.
El proceso no es menos humillante que la primera vez.
Arroja una de las botas a los guardias, como siempre, pero falla.
—Quiero escribir una carta —dice, aunque sabe (todo el mundo lo sabe) que es una petición inútil—. Exijo los privilegios de una presa política.
Los guardias la llevan a un sector más retirado de la prisión, nunca había estado. La encierran en una celda alejada de las otras internas. Se están volviendo más astutos, piensa Charlotte.
La última carta informaba la llegada de Charlotte, por lo que no es de extrañar que Emily encuentre su celda la primera noche.
—Isabel y Bea escaparon —dice Charlotte, sosteniéndose de los barrotes.
—¿Tú no pudiste? —susurra Emily. Está ojerosa.
—No quise. —Charlotte intenta ignorar que ya se le aceleró el pulso.
Ha pasado solo unas horas sin comer, pero el cuerpo anticipa la privación inminente.
El corazón golpea, a modo de protesta preventiva.
Haré todos los sacrificios que sean necesarios .
Las palabras del primer discurso de Isabel Hurston, aquel que escuchó en Cambridge, resuenan en su cabeza como un mantra.
—Ya ha llegado el doctor y está hablando con mi padre —dice Emily—; no entiendo por qué. Es muy pronto para que te liberen.
—¿Habrá venido por otra reclusa?
—No hay nadie más —dice Emily—. Trata de descansar un poco.
—Gracias por venir.
Emily asiente con la cabeza solo una vez y desaparece en la oscuridad.
Charlotte se concentra en revivir la emoción del día anterior el primer día de huelga.
Lograron atraer la atención de cientos, si no miles, de transeúntes y simpatizantes.
Un fotógrafo capturó su imagen: tiene el brazo levantado ante la estatua del gran león.
Todavía puede ver el flash de la cámara si cierra los ojos .
El segundo día ya no tiene energía para revivir la manifestación, y las protestas dentro de su propio estómago son demasiado ruidosas; empieza a sentirse mareada.
Las paredes se ciernen sobre ella, estira los brazos para comprobar el tamaño de la celda.
Es tan angosta que por poco no toca las dos paredes a la vez con los brazos extendidos.
Parece un ataúd. En poco tiempo no logra ponerse de pie ni extender los brazos y apenas puede tragar.
Le tiemblan las manos al intentar taparse los hombros huesudos con la manta.
Para la media tarde ya han pasado cuarenta y ocho horas y llega el doctor.
—Charlotte —dice, regodeándose en cada sílaba. Ya ha abandonado cualquier ficción de cortesía. Ella ya no es Miss Evans para él sino Charlotte. Sin embargo, la huelguista recuerda a las Hurston y se dirige a él con amabilidad.
—Buenas tardes, doctor Brainwright. —Tiene la lengua seca como un papel.
Se pregunta qué hace el doctor aquí y tiene la esperanza de que, tal vez, la libere incluso antes que la última vez.
Él sabe que ella está decidida a llevar adelante la huelga de hambre, así que los dos se ahorrarían problemas.
—Vas a venir conmigo —dice el doctor. Thomas Brown se acerca con su sonoro llavero. Abre la celda y retrocede para que entre un guardia de manos toscas.
—¿Dónde me llevan? —pregunta desde una nebulosa y con la visión borrosa.
Nadie contesta y los hombres la toman cada uno de un brazo.
Charlotte mira de reojo al guardia, suplicante, pero el hombre no reacciona.
La sacan al pasillo y vuelve la cabeza hacia Mr. Brown, que no levanta la mirada del suelo.