Las buenas hijas Capíulo veintiséis
45%

Capíulo veintiséis

CAPÍTULO VEINTISÉIS

EMILY

Después de la visita a Hazelwood Hall, Emily oscila entre la fascinación y la ira al imaginar la vida allí.

Constance se comportó como una anfitriona muy atenta durante su breve visita y también fue amable a pesar de la torpeza de Emily.

Pero hubo algo en la reunión que le pone los pelos de punta.

Debe de ser la mansión, tan vasta, tan lujosa.

Todo era dorado. Intenta no calcular el precio de la taza en la que tomó el té porque la suma le daría náuseas.

Charlotte no se inmutó por el encuentro aparentemente.

Pero ¿cómo puede alguien acostumbrarse a ese tipo de riqueza, volverse completamente inmune a semejante esplendor?

En algún sentido, siente que casi no conoce a Charlotte.

Thomas protesta por la nueva estrategia de las suffragettes y Emily admite —solo para sí, por supuesto— que, tal vez, sus dudas fueron injustificadas.

La idea de Charlotte todavía funciona. En general, las mujeres pasan mucho menos tiempo encerradas en Holloway.

Las huelgas de hambre se convirtieron en el procedimiento de rutina.

Pero eso no significa que, para Emily, sea más fácil presenciarlas.

Tampoco significa que tenga menos trabajo.

Tiene siempre las manos agrietadas, los dedos, inflamados y rígidos por el frío cuando llega a casa todas las noches, exhausta, para preparar la cena e irse a dormir.

En el letargo de esos agotamientos no puede evitar preguntarse cómo pasa sus días la majestuosa Lady Cunningham: la imagina caminando por los pasillos de su mansión, con sirvientes que van y vienen sigilosamente para encender sus chimeneas y traerle sus pieles.

Se le ocurre lo de las pieles una noche muy fría en la que no le alcanzan los chales para evitar que le castañeteen los dientes.

A pesar de las promesas de “Llámame Constance”, Emily no ha visto que ingresara a Holloway como el resto.

Charlotte cumple su palabra y no complica a Emily.

No se volvió a mencionar ninguna otra misión desde la travesía a Hazelwood Hall.

El silencio es perturbador. No es que quiera involucrarse más.

Tampoco que la descubran. Pero ocupa un lugar extraño, liminar, en el que no tiene contacto con las actividades de la Unión pero, a la vez, está a su disposición.

Pasa una semana, dos, sin recibir noticias.

¿Hizo algo mal? Charlotte dijo que eran amigas —una confesión que le alegra y, a la vez, le da terror—, pero ¿y si las sufragistas encuentran una aliada mejor?

Piensa, a veces, que para las suffragettes sería más fácil avanzar sin ella.

Pero la idea de seguir barriendo y fregando sin sentido mientras sus amigas progresan con su tarea no es ningún consuelo.

Cuando al fin llega una nota a comienzos de febrero, el pecho le rebosa de entusiasmo aunque mezclado con miedo.

La bisagra está congelada y no puede levantar la ventana, pero al menos consigue rescatar el papelito encastrado en el ángulo y lo abre enseguida:

Perdón por mi silencio; ya pasó un tiempo desde la vez que nos vimos. Tengo un compromiso durante la semana, espero verte después. Que estés muy bien,

Hiedra

Emily siente un frío helado y no es la temperatura invernal.

Sabe que el “compromiso” de Charlotte es alguna protesta.

Una que va a terminar en arresto. Emily arroja la nota al fuego y saltan unas chispas diminutas.

La nota ya se convirtió en ceniza gris para cuando Thomas abre la puerta principal.

Entra con una sonrisa de oreja a oreja que toma a Emily por sorpresa.

—Hola, querida —saluda.

Emily hace un gesto de extrañeza. Ese es el saludo que alguna vez estuvo reservado para Marianne. Todavía recuerda que entraba en la cocina y veía a sus padres abrazados cuando Thomas volvía de trabajar. “Querido”, respondía siempre Marianne y le daba un beso en la mejilla.

—Buenas noches, papá —responde Emily, y toma distancia. Se concentra en la marmita aunque, sutilmente, evalúa si está borracho.

—Martin es un buen muchacho —dice arrastrando un poco las palabras.

—¿Eh?

—He estado hablando con el doctor Brainwright, ¿sabes?

—Sí, claro. — El hijo de puta.

—Estuvo aquí para notificarnos algunas novedades. Martin aportó muy buenas ideas, me impresionó gratamente; ese joven va a llegar lejos, recuerda lo que te digo.

—¿En serio?

—Sabes que le gustas, Emily. Deberías darle alguna esperanza de vez en cuando.

A lo mejor, piensa Emily, Thomas tiene algo más que una borrachera. Finalmente se da la vuelta y él la está mirando con tanto cariño que siente pena y fuerza una sonrisa.

—Podría ser tu salida de aquí —agrega Thomas, tomando la mano de su hija.

—¿Qué quieres decir, papá?

—Es un joven muy prometedor, va a ser capaz de cuidar a su esposa y a su familia.

No como yo. —Definitivamente, Thomas está borracho.

Se le llenan los ojos de lágrimas y se le acentúa la ronquera—.

Tu madre enfermó porque trabajó demasiado tiempo en esas fábricas textiles.

Y aquí, el trabajo en las celdas frías la mató.

Esa no tiene por qué ser tu vida. Es lo único que quiero para ti.

Cásate con alguien que pueda cuidarte bien.

—Papá —murmura Emily, y suelta la mano de su padre que la está apretando—. Tengo apenas dieciocho años, no hace falta que me case ahora. Voy a hacer el curso para graduarme como maestra.

—Pero no habría necesidad de que lo hagas —dice, y le brillan los ojos—. No tendrías que trabajar.

—Es lo que quería mamá, ¿recuerdas? Se lo prometí.

—Tú… —carraspea— piénsalo.

—Me voy a dormir, papá.

—Por favor, piénsalo —se le quiebra la voz.

—Bueno.

Es como si el camino a su habitación estuviera cubierto de melaza.

Emily entra, cierra la puerta y se desploma sobre la cama.

¿Qué diría Marianne de esto? ¿Estaría de acuerdo?

¿Que su hija tenga alguien que la cuide es lo que más hubiera querido?

No, piensa Emily. Marianne quería que ella fuera maestra y que pudiera cuidarse sola.

Sin embargo, también le pesan las ilusiones de su padre.

Estará equivocado, pero es él quien está aquí, no Marianne.

Emily piensa en el pastel de Navidad. No puede negar que Martin es, como dijo Thomas, un buen muchacho.