Las buenas hijas Capíulo veinticinco
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Capíulo veinticinco

CAPÍTULO VEINTICINCO

CHARLOTTE

Adeline Hurston envía una nota escrita en código a Park Lane.

Charlotte la descifra durante el desayuno.

Los trabajadores de correos están aceptando sobornos del gobierno desde hace un tiempo a cambio de información que les permita localizar a las dirigentes de la USPM.

Lo supieron gracias a una suffragette que actúa como espía; de ahí la necesidad de esta misiva escrita en un código tan elaborado.

Charlotte descifra la carta y sonríe al pensar que los desconcertados trabajadores del correo leyeron algo que parece más la descripción de un arreglo floral que un plan de acción.

Adeline propuso que Charlotte asistiera a una reunión en su representación, ya que la dirigente se está recuperando de su última huelga de hambre.

Está mayor y necesita más tiempo para reponerse.

Charlotte duda, pero no cuestiona las órdenes de las Hurston.

Y así, una mañana ventosa de enero, se dirige a la entrada posterior de Holloway.

Es raro ver Holloway desde atrás. Los ladrillos rojo sangre y las altas torres le siguen pareciendo imponentes.

Pero, por algún motivo, desde esa posición privilegiada, Charlotte puede mirarla de frente sin miedo.

Es una mujer libre por ahora y puede ir donde quiera.

Y, para ella, eso es una pequeña rebelión.

Emily aparece en la puerta y se baja la capucha; los finos rizos le caen sobre el rostro.

Mira hacia atrás antes de salir a la calle y, así, Charlotte sabe que Emily no dijo ni una palabra de esto a su padre, lo que es bueno, por cierto.

Cuando Emily se gira para enfrentar a Charlotte, segura de que no hay moros en la costa, pestañea rápidamente en el aire helado.

—Se te ve mucho mejor.

—Gracias. También me siento mejor. —En voz baja Charlotte agrega—: Mrs. Hurston piensa que ya casi estoy en condiciones de repetirlo.

Emily hace una mueca.

—¿Y cómo está Sadie?

—Mejor, pero me alegra que vengas tú conmigo.

—¿Y dónde vamos, exactamente?

Charlotte no puede arriesgarse a dar más información que la indispensable.

—Te va a gustar. —Charlotte enlaza el brazo con el de Emily, pero Emily no se mueve de su lugar—. ¿Estás bien?

—Es que… bueno, dije que podía ser vuestros ojos dentro de la cárcel. Pero… no puedo meterme en problemas.

—Lo sé —dice Charlotte—. Te prometo que no te va a pasar nada. —Y piensa: Al menos hoy.

Caminan hacia la estación, suben al Expreso del Norte.

El vagón es mucho más cálido y cómodo que el que tomó, sola y aterrorizada, cuando abandonó Girton hace tres años.

Tiene asientos de felpa y marcos de madera en las ventanillas cubiertas de escarcha.

El tren arranca con una sacudida y una gran bocanada de humo y, al momento, comienza el arrullo tranquilizador del movimiento.

—Sé que no soy quién para juzgar —dice Emily—, pero nunca voy a perdonarme si no digo lo que pienso.

—Dilo entonces.

—Las huelgas de hambre son un error —dice rápidamente y con un susurro—. No soporto ver el sufrimiento al que se someten, se matan de hambre, maltratan su cuerpo… bueno, yo me considero tu amiga, y es espantoso verte sufrir tanto.

— Somos amigas —dice Charlotte y le toma la mano—.

Y no es que para nosotras sea un picnic, créeme.

—Charlotte está tentada de decirle que desprecia las huelgas de hambre.

No soporta ver cómo sufren sus amigas y aliadas, y la sensación de desvanecimiento que sintió en las últimas horas de su propia huelga fue tan aterradora que se niega a pensar en eso si puede evitarlo.

La muerte rondó su celda esa noche, a un metro de distancia, presionándola con la respiración entrecortada.

Emily busca alguna señal de vulnerabilidad en la expresión de Charlotte, pero Charlotte no se permite demostrar nada. La causa es más grande que todas ellas. Y necesitan la ayuda de Emily… más, tal vez, de lo que Emily misma cree. Es mejor que Charlotte se calle sus dudas.

—Más valen cuatro días de sufrimiento que semanas y hasta meses tras las rejas —insiste Charlotte—.

Duele y es difícil, pero nos permite volver al trabajo mucho antes.

Hasta que el gobierno acceda a tratarnos como presas políticas y no como delincuentes comunes, tenemos el deber de resistir el encarcelamiento ilegal.

—Pero no está cambiando nada —discute Emily en voz baja—. Y el gobierno está llegando al límite de su tolerancia. Mi padre no aguanta más. Me preocupa que las cosas empeoren mucho antes de que empiecen a mejorar.

—Nosotras también estamos preocupadas —admite Charlotte—. Por eso te he traído hoy.

Ahora Londres es un puntito gris en el horizonte. Atraviesan campos secos cubiertos de una nieve brillante que parece azúcar bajo el cielo impoluto.

—Lady Constance Cunningham es una de las más ricas de la USPM. Financia nuestra campaña desde hace varios años. ¿Oíste hablar de la asamblea que convocamos en el Royal Albert Hall?

Emily niega con la cabeza.

—Bueno, pudimos alquilar el salón para seis mil personas gracias a la donación de Lady Cunningham. Ella y Mrs. Hurston son amigas desde hace años, cuando Mrs. Hurston trabajaba para el hospicio del pueblo. Yo estuve con ella algunas veces.

—Entonces, ¿hoy vamos a visitar a Lady Cunningham?

—Sí. Le llevamos un mensaje importante.

—¿Qué es?

—Tú solo sígueme.

Los rayos del sol bañan la fachada de piedra de Hazelwood Hall.

Las ventanas reflejan un brillo lechoso, opaco e impenetrable.

Jardines muy cuidados rodean la entrada y las hojas de los setos y de los arbustos están teñidos de plata por la helada.

Hay lacayos con librea en la gran puerta principal, firmes como soldaditos de juguete.

Es excepcionalmente tranquilo para ser un lugar tan grande, como si la propia mansión proyectara su quietud en quienes llegan allí y obligara a los visitantes a admirar su imponente esplendor en silencio.

La residencia está a un kilómetro y medio de la estación de tren.

Nubes de aire caliente escapan de los labios de Emily y Charlotte.

Sus pies congelados hacen crujir la grava que las conduce a las majestuosas puertas de roble que se abren a su llegada.

La expresión de los lacayos no se altera ante su señora, que llega con paso firme.

—Miss Evans —murmura la mujer.

Charlotte hace una gran reverencia.

—Lady Cunningham, quisiera presentarle a mi acompañante, Miss Emily Brown.

Lady Cunningham tiene los ojos de un azul claro y translúcido, un poco escalofriantes y rodeados de delicadas líneas de expresión que se acentúan al estudiar el rostro de las dos mujeres. Emily hace una reverencia torpe.

—Miss Brown. Un placer —dice Lady Cunningham, haciendo rodar cada palabra por la lengua lentamente—. Pasen, por favor.

Ambas siguen a la mujer menuda por el pasillo hasta la sala de estar, pero ella camina con paso rápido.

Charlotte sorprende a Emily mirando con avidez las alfombras exuberantes y los azulejos de mármol que aparecen a su paso.

No le alcanzan los ojos para admirar los pasillos con retratos antiguos, la amplia escalera de caoba y las mesas cargadas de adornos exquisitos.

Charlotte recuerda cuando visitaba en Girton las habitaciones ricamente decoradas de otras estudiantes.

Tenía la sensación de que nunca podría apartar la mirada si se detenía a contemplarlas.

—Gracias por su hospitalidad, Lady Cunningham —dice Charlotte al sentarse.

Emily se queda en silencio con los ojos muy abiertos.

—Es un placer volver a verla, Miss Evans. ¿Cómo sigue Mrs. Hurston?

—Se está recuperando muy bien, gracias, y volverá a trabajar muy pronto.

—Claro que sí. No esperaría otra cosa de ella —dice Lady Cunningham cariñosamente.

—Siempre habla de usted con mucho afecto —agrega Charlotte.

—¿Y quién es usted, Miss Brown?

—Emily. Soy… —Emily mira a Charlotte, que asiente— soy la hija del director de Holloway. —Mira sus propias manos entrelazadas.

—¿Té? —Lady Cunningham no se altera, pero inhala profundamente. Señala la fina tetera de plata dispuesta en la mesita auxiliar con un gesto. Emily se pone de pie para traerla y casi se choca con un lacayo. Se pone roja como un tomate y Charlotte hace una mueca.

—Qué amable, Miss Brown —dice Lady Cunningham, dulcemente—. Pero Albert va a servirnos el té.

—Claro —masculla Emily y vuelve a su silla; todavía le arden las mejillas. Tal vez, piensa Charlotte, haya sido un error traer a Emily. Pero no, fue una decisión de Adeline, y Lady Cunningham, a pesar de toda su pomposidad, les sonríe con benevolencia.

—Entonces... —dice, mientras el lacayo llena la delicada taza—. ¿En qué puedo ayudarlas?

Charlotte sonríe.

—Como usted sabe, Lady Cunningham, hemos introducido una táctica nueva a nuestras campañas de protesta: la huelga de hambre.

Muchas de nosotras, incluida yo, nos hemos negado a comer mientras los carceleros no reconozcan nuestros derechos como presas políticas.

Gracias a eso nos liberaron después de unos pocos días.

—Sí, leí sobre el sacrificio que están haciendo —dice Lady Cunningham—. Cuando Mrs. Hurston viene de visita, casi siempre me pide una contribución, pero tengo la sensación de que hoy no es ese el caso.

—No, su señoría. Esperábamos, ¿cómo decirlo?, que usted participara en nuestra nueva forma de protestar. Como acaba de decir, ya leyó sobre las huelgas de hambre. Pero muy pronto la prensa va a pasar a otra noticia y necesitamos seguir captando su atención. Pensamos que, tal vez…

—¿Sería interesante que escribieran sobre mí? —termina Lady Cunningham. Se inclina en actitud conspirativa—. Me estaba preguntando cuándo iban a pedírmelo. Voy a pensarlo, pero, primero, ¿me prometen algo?

—Por supuesto. —Charlotte ni siquiera mira a Emily. Van a hacer lo que ella les pida.

—Por favor, llámenme Constance.

—Gracias, Constance. Claro que sí —sonríe Charlotte.

—Bien. ¿Un panecillo?

Constance tiene muy buen carácter considerando que creció en un castillo.

Se presentó en sociedad cerca de 1870 y conoció a la mismísima reina Victoria en persona.

Es como si vivieran en mundos completamente distintos.

Charlotte no llega a imaginar lo abrumada que debe sentirse Emily.

Pero de pronto están riéndose de los chistes bastante lascivos de Constance y se apoltronan en las sillas de terciopelo como si la conocieran desde siempre.

Es una mujer cálida y divertida además de inteligente.

Es consciente del peso que tienen sus palabras y lo usa sin contemplaciones.

—Emily —dice—. ¿Qué haces exactamente en la USPM? Eres la hija del director, ¿no hay un conflicto de intereses?

—Bueno, su señoría —contesta, le tiemblan las manos, así que apoya la taza rápidamente.

—Constance.

—Sí, Constance. Yo… no lo tengo tan claro. Charlotte es mi amiga. En realidad, nos conocimos cuando ella pasó por Holloway. Solamente vine para acompañarla.

—Ya veo.

—Emily está espiando para nosotras —explica Charlotte—. Una doble agente, por decirlo de algún modo. Gracias a ella podemos intercambiar información con las prisioneras.

Emily se mueve en la silla.

Constance se endereza cuando suena la campanilla de la cena.

—Ah, debe de haber vuelto mi marido —dice—. Me temo que no puedo invitarlas. Lord Cunningham trajo a algunos caballeros y me atrevo a decir que no aceptarían nada gustosos sentarse a la mesa con un par de suffragettes.

—Yo no… —vacila Emily.

—Por supuesto —interrumpe Charlotte—. Gracias por su hospitalidad, Constance. Y por favor, piensa lo que conversamos.

—Sí, lo haré —contesta acompañando a Emily y Charlotte hacia la puerta—. Mi chofer las llevará a la estación.

Suben juntas al automóvil, saludan a Constance por la ventanilla y Hazelwood Hall, con su esplendor de cuento de hadas, va quedando atrás.

—Perdón, perdón —exclama Emily—. Sé que me porté como una tonta. La interrumpí y… es que… no sé qué me pasó. ¡Esa casa era enorme!

—No tienes por qué pedir perdón —dice Charlotte y se acomoda en el asiento de cuero—. Creo que todo salió muy bien.

—No me mientas, no es necesario. Lady Cunningham ni siquiera aceptó lo de la huelga de hambre.

Y, lo siento, pero creo que no entiendes lo insignificante que soy.

No soy tu espía dentro de la cárcel. Da la casualidad de que estoy allí, pero no pude hacer nada para salvarte a pesar de que quise hacerlo.

—¡Emily! Basta de disculpas. Constance dijo que iba a pensar lo de la huelga. Es una mujer muy estratégica. Esto es muy positivo. Y en cuanto a ti, creo que vas a descubrir que eres más capaz de lo que crees.

El auto pasa rápidamente junto a campos cubiertos de escarcha. Emily se anima a sonreír.

—¿En serio? Ay, yo pensé que había arruinado todo —ríe a carcajadas—. Digo, lo de la tetera… ¡estaba tan nerviosa!

—Con la práctica mejorarás. No estuviste tan mal.

—Sin embargo, esa casa… Es uno esos lugares que miras desde lejos, pero entrar… —Emily toma la mano de Charlotte.

—Lo sé —ríe Charlotte—. Sigo esperando que aparezca Mr. Darcy por algún lado.

Charlotte se lleva la mano de Emily a los labios y la besa.

—Mi señor —entona con voz grave, masculina.

—Vuestra merced —responde Emily a su vez, y las dos se echan a reír.