Las buenas hijas Capíulo veinticuatro
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Capíulo veinticuatro

CAPÍTULO VEINTICUATRO

BEATRICE

Sadie vuelve del hospital flaca y demacrada.

Bea trice siente náuseas al verla. Sus dos amigas ya hicieron huelga de hambre y volvieron maltratadas y frágiles.

Sin embargo, cuando Sadie la mira, Beatrice cambia la palidez de su rostro por una expresión que irradia alegría y calidez.

Sadie insiste en que quiere un árbol de Navidad; los deseos de su amiga son órdenes así que, rápidamente, Beatrice y Charlotte se ponen a enhebrar guirnaldas de palomitas de maíz para colgarlas, al azar, de una rama de abeto bastante raquítica.

—Estoy segura de que esto no es nada al lado de los pinos de Massachusetts —dice Beatrice después de montar la rama irregular en el salón.

—No, esto es mucho mejor —dice Sadie.

Los padres de Beatrice envían una canasta llena de regalos; decidieron pasar las fiestas con unos parientes en Escocia.

Con la tranquilidad de saber que puede quedarse en Londres, Beatrice desenvuelve un chal espantoso y se lo pone sobre los hombros a Sadie.

A pesar de su debilidad, Sadie lo arroja al otro lado de la habitación con un grito.

—¡Este —se queja— es el chal más horrible que he visto en mi vida!

—Lo envía mi madre para mi “carabina” —Beatrice ríe al leer la tarjeta—. Que, según le di a entender, tiene alrededor de setenta años. —También hay un regalo de Daniel en el paquete, un pequeño joyero de terciopelo. Beatrice lo contempla, inexpresiva, y se lo lleva para guardarlo sin decir palabra.

Desde que llegó Sadie, Beatrice comparte la litera con ella. Se turnan por la noche para contar historias y Charlotte se acomoda en la cama que queda libre. Charlotte no vuelve a su cuarto hasta que las velas se consumen por completo.

—Buenas noches y feliz Navidad —susurra.

—Por fin —susurra Sadie.

Beatrice se gira silenciosamente y las dos quedan frente a frente.

Sadie toma un mechón del cabello de Beatrice y lo riza con los dedos.

Beatrice se estremece, pero no se retira.

Se le eriza la piel cuando Sadie le acaricia el brazo.

Siente que algo duele bajo el liviano camisón.

Oye los latidos de su propio corazón, que palpita dentro del cráneo, un sonido que se irradia desde el lugar donde persisten las caricias de Sadie.

Respira entrecortadamente y con los ojos cerrados.

—Tengo una historia —dice Beatrice con dulzura—. Es justo para ti. —Sadie asiente.

—Asistí a la escuela de señoritas el año anterior a Girton.

—Beatrice habla en voz baja, pero las palabras salen a borbotones de su boca, como si las hubiera guardado hace mucho—.

Me encontré por casualidad cuando volví a casa ese verano con Grace, mi amiga de la infancia.

Grace venía a visitarme al establo todos los días y cabalgábamos tan lejos de la casa de mis padres como fuera posible.

”Una tarde que corríamos hacia la cima de una colina, íbamos acelerando. Entonces… bueno, todavía no estoy muy segura de cómo pasó, pero una rama estaba más baja de lo que recordábamos. Y oí un sonido espantoso, “paf”.

”Era demasiado tarde para reducir la velocidad, pero cuando vi a Grace caer al suelo, fue como si el tiempo se hubiera detenido por una fracción de segundo.

Recordé en ese momento el consejo que me había dado mi padre hacía unos años: “Si alguna vez caes del caballo sigue rodando para que no te pise”. Entonces, grité: “¡Sigue rodando!”.

Sadie tenía los ojos bien abiertos.

—Los cascos de mi yegua July casi le golpean la cabeza. Logré disminuir la velocidad unos metros más adelante, salté de la montura y corrí hacia ella, que todavía estaba tendida en el barro muy quieta y silenciosa. Yo estaba aterrada pero, de pronto, se echó a reír.

—¡Gracias a Dios! —murmura Sadie.

Beatrice se obliga a seguir hablando con expresión adusta aunque con voz de autómata, despojada de emoción; le demanda un gran esfuerzo dar forma a las palabras.

—Con el pelo lleno de ramitas en ese momento, me pareció que Grace estaba más linda que nunca. Y… —Beatrice cierra los ojos bien fuerte— la besé.

Sadie traga.

—Grace me dio una bofetada y salió corriendo.

Yo quise morirme en ese instante y juré que nunca volvería a ceder a la tentación.

Grace empezó a hacer correr rumores en la alta sociedad de Kent poco tiempo después.

Rumores que, por supuesto, llegaron a mi madre, que volvió a casa después de una partida de bridge con la noticia de que su hija padecía tendencias antinaturales, inestabilidad psicológica y que, tal vez, sería necesaria una temporada en el manicomio si los síntomas persistían; me llevó a mi habitación a la fuerza y cerró con llave la puerta hasta que llegó el médico.

—Bea, lo siento tanto…

Beatrice mueve la cabeza, no puede sostener la mirada de Sadie.

—Nadie nombró a Grace directamente ni los síntomas que estaban implícitos en los rumores.

Pero después de evaluar lo que llamaron “mi obsesión por cabalgar”, los médicos prescribieron una cura de descanso.

Me obligaron a no salir de mi habitación el resto del verano y a evitar cualquier esfuerzo mental o físico.

Nada de lectura y novelas en ningún caso.

Nada de cabalgatas. Nada de nada. Fue espantoso.

Muerta de aburrimiento y profundamente avergonzada, Beatrice pasó ese tiempo mirando cómo iba cambiando el arco que dibujaba la sombra en la pared, o los reflejos dorados que proyectaba la luz de la tarde sobre los muebles; también cómo se iba doblando y se salía el empapelado en el ángulo que ocupaba su cama.

Pensaba en el impulso pecaminoso que había arruinado su amistad con Grace, en la mirada estupefacta y su rostro desfigurado por el asco.

Vacilaba entre estar enojada con su amiga y odiarse a sí misma.

—Al fin —dijo Beatrice—, llegaron el otoño y el momento de ir a Girton. Hubo días en que di por perdida mi oportunidad de ir a la universidad; creía que el médico iba a insistir en que me quedara en cama por meses o incluso por años. Pensé en cómo suicidarme.

—¡No! —exclama Sadie en un suspiro.

—Pero, por primera vez en años, mis padres se pusieron de acuerdo en algo y me dejaron ir a Girton.

Su madre le dijo en voz baja antes de irse que la encargada, Mrs. Pennington, estaría especialmente atenta por si llegaba a aparecer algún “síntoma”.

Y que si no se había comprometido para cuando se graduara, iban a internarla en un manicomio.

La idea le heló la sangre en ese momento, pero al llegar a Cambridge se sintió libre.

—Pienso en ese episodio como “el incidente” —dice Beatrice y busca la mirada de Sadie. Allí encuentra compasión y algo más, también: identificación—. Creo que esto explica mucho sobre mí.

—Gracias por contármelo —dice Sadie. Toma la mano de Beatrice y, por primera vez, no la retira.

El incidente fue una admisión, una confirmación. El incidente explica por qué Beatrice no se quedó junto a Charlotte cuando Mrs. Pennington las descubrió vendiendo Voto femenino y también la urgencia por comprometerse con Daniel Rosseter.

Beatrice esa noche, por fin, estrecha el espacio que hay entre ellas y acaricia la mejilla de Sadie. Le tiemblan las manos.