Las buenas hijas Capíulo veintitrés
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Capíulo veintitrés

CAPÍTULO VEINTITRéS

EMILY

El invierno llega a Londres, húmedo y frío; trae consigo el aliento congelado, la piel agrietada, el dolor en los huesos.

Los arrestos continúan, las mujeres de la Unión llenan las celdas de Holloway.

Sadie llega una cruda tarde, condenada a un mes por acosar a diputados a la salida del Parlamento.

Emily está fregando el pasillo de la entrada cuando la ve; Sadie le sonríe, su melena de fuego resplandece con la luz del atardecer, es visible desde lejos.

Sadie pregunta en voz alta si va a recibir los privilegios correspondientes a una presa política mientras se resiste a los guardias que la llevan de los brazos. Nadie responde.

Emily aparta la mirada cuando quita la ropa a Sadie.

—Lamento tener que hacer esto —murmura.

—Yo también —susurra Sadie antes de arrojar contra la pared, con un alarido salvaje, una de las pútridas botas del uniforme carcelario.

Sadie empieza la huelga de hambre de inmediato dejando que se congele el primer plato de caldo, frío de por sí, que le trajeron.

Los guardias no tardan en darse cuenta de lo que está pasando e informan a Thomas.

Desde que Emily intentó salvar a Charlotte, el silencio entre ellos es ensordecedor.

Se cruzan en el pasillo, él hace un gesto raro como si intentara sonreír, pero en vano.

Oculta el deseo de preguntar a su hija si oyó (o si le interesa) la batalla que está dando esta otra mujer.

Emily adopta una expresión neutra que se ocupó de perfeccionar a conciencia y se encargó de tapar sus emociones con un manto de invisibilidad.

Va a dejar que su padre se retuerza de la intriga.

Pero los guardias no son tan silenciosos.

—Dice que volverá a comer si le devuelven su ropa y no sé qué más.

Emily los escucha hablar en el patio mientras patean el polvo del suelo. Martin escucha lo que su compañero tiene que decir fumando un cigarrillo que se hizo él mismo.

—Dice que no es una delincuente común. Perdón, tampoco es la puta reina Victoria. —El guardia escupe en el suelo.

Emily toma la linterna y sale a escondidas al caer la noche.

El alcoholismo de Thomas empeoró así que, por la noche, cae desmayado.

Parece muerto bajo las mantas (ahora manchadas) que alguna vez compartió con su esposa.

Emily se orienta con la luz apagada, conoce el camino que atraviesa el patio a la perfección y es capaz de recorrer el laberinto de celdas a ciegas.

Su propio aliento forma un globo frente a ella que se disuelve en la oscuridad.

Llega hasta Sadie con pasos silenciosos.

—¿Estás bien? —susurra por los barrotes.

—Feliz de la vida —responde Sadie con voz monocorde pero firme.

—¿Estás segura de que no quieres comer nada? Puedo traerte algo, nadie tiene por qué saberlo. —Emily no tolera ver cómo Sadie se marchita aquí, le resulta insoportable. A pesar de que ahora pertenece a esta unión de mujeres, aunque sea en secreto, nunca se sintió tan desamparada.

—Sí, estoy segura —insiste Sadie—, tiene que ser así.

Los guardias se la llevan en una camilla después de noventa horas, casi cuatro días; esa es la señal para que Emily se comunique con las suffragettes.

Le parece cruel llamar a la puerta de Park Lane para contar que vio a la amiga famélica, a punto de morir de debilidad.

Aunque sea parte del plan y nadie la culpe, en el fondo Emily se siente culpable.

Ella es la única testigo y cuando les cuenta qué pasó, rompe en llanto. Emily vuelve a casa enseguida.

Encuentra una nota en el marco de la ventana del lado de afuera esa noche; está debajo de una piedra calzada en un ángulo.

Es una única hoja de papel, con un borde irregular como si la hubieran arrancado de un diario personal.

Alguien escribió con caligrafía diminuta lo que parece una lista de compras dirigida a un florista o a un jardinero.

Lee el detalle y las cantidades; está confundida:

Anémona — 10

Helecho — 15

Dedalera — 17

Flor de la pluma — 20

Aprieta tanto el papel que las puntas de los dedos se le ponen blancas.

Aunque se pregunta qué querrá decir lo que lee, el desasosiego que la invade es señal de que lo sabe.

¿No llamó Isabel “Anémona” a Sadie durante la cena?

Emily no entendió de qué hablaban en ese momento, pero como enseguida empezaron a conversar sobre las huelgas de hambre, lo olvidó por completo.

Se le acelera el pulso, un terror glacial le recorre el cuerpo al darse cuenta de lo que tiene entre las manos.

Cierra la ventana y pliega el papel tantas veces que ahora tiene el tamaño de un sello postal.

Deduce que las suffragettes comparten una especie de código secreto y, si está en lo cierto, Anémona debe de ser Sadie, que apareció en Holloway hace cuatro días, el 10 de diciembre.

Isabel llega arrestada al día siguiente por interrumpir el discurso de un diputado desde la Galería de las Damas.

Por lo tanto, Isabel es Helecho y le corresponde el día 15 de diciembre.

Las suffragettes van llegando según el orden establecido en la lista durante la semana.

La nota, probablemente de Charlotte (aunque firmada al pie solo como Hiedra), parece el programa de una obra de teatro: es el orden en que los personajes salen a escena.

Jessie —Dedalera— llega el 17; Adeline, Flor de la pluma, el 20.

Es repulsivo que una lista inocente organice cronológicamente el sacrificio de esas mujeres. Repulsivo pero eficaz.

Thomas pone todo su esfuerzo en no mencionar la profusión de suffragettes en huelga de hambre que entran y salen de Holloway. Pero Emily escucha cuando su padre y el médico discuten furiosamente en la oficina.

—Están haciéndome pasar por tonto —dice Thomas—. A mí, al gobierno, a todos nosotros.

Emily no alcanza a oír la respuesta del doctor.

Es como si bajara la voz cada vez que Thomas explota.

A su padre le da vergüenza y sus actos la enfurecen; el doctor le inspira un profundo desprecio.

Con un día de diferencia una suffragette ingresa a Holloway y otra sale en camilla con el pulso acelerado y el estómago vacío.

Pero la condena a un mes en la cárcel se reduce a unos pocos días; así que persisten.

Mientras tanto, Emily friega las celdas hasta que las manos se le quedan en carne viva y los moretones de las rodillas pasan de violeta a gris oscuro.

Está ahorrando dinero para su futuro pero los muros de Holloway la encierran.

Es difícil imaginar el mundo exterior, un mundo donde ella está frente a una clase y no junto a esas celdas estrechas.

El único contacto que tiene con el exterior son las notas de Charlotte, aunque llegan con poca frecuencia y aparecen misteriosamente en la ventana de su habitación.

No se pregunta cómo funciona la red de mujeres que, de un modo u otro, sostiene esta comunicación, pero Emily aprende a enviar sus respuestas y a confiar en que llegarán a Charlotte.

Le envía novedades de las prisioneras de la Unión y hace preguntas que su amiga nunca contesta.

Todas las comunicaciones de Hiedra son urgentes, breves y están escritas en código.

El doctor llega y vuelve a irse una helada Nochebuena; se lleva a una demacrada Adeline Hurston.

—¡Qué se creen estas mujeres de mierda! ¡No pueden decidir cuánto duran sus condenas! —grita Thomas, que se pone rojo como un tomate y se le hincha una vena en la sien.

Emily garabatea una nota para Charlotte. “Estoy preocupada —escribe—, el gobierno se siente humillado. No sé cuáles serán sus próximos pasos”.

Emily quisiera abrazar a su padre en Navidad, volver a esos días en que él y Marianne convertían las fiestas en momentos cálidos y encantadores a pesar de tener tan poco.

A su madre le encantaba la Navidad; decoraba la casita con bayas y ramas que juntaba ella misma, esparcía acebo sobre la mesa y colgaba hiedra alrededor de la cama de Emily.

No era mucho, casi nunca podían comprar regalos.

Emily era afortunada si recibía algún aplique nuevo para un vestido viejo o un lápiz para dibujar.

Pero lo que más extraña es la calidez, la maravilla, salir a las doce de la noche de la mano de Marianne y ver cómo se disipa el aliento bajo las estrellas.

Se le vuelve a desgarrar la pena que lleva a flor de piel.

La ausencia y el dolor son una herida abierta.

Las lágrimas amenazan con desbordarla todo el día y cuando, esa noche, oye que llaman a la puerta, agradece la distracción.

—Es para ti —dice Thomas.

Emily sale y ve a Martin, que está en el porche calentándose las manos con su propio aliento. Lleva un paquete envuelto en papel marrón que cabe en un puño.

—Ah, Martin, no tenías por qué…

—Quería hacerlo —dice. Los dos se sienten torpes.

—¿Lo abro?

—Sí, sí, claro.

Desata el rústico cordón. Es un pastel del tamaño de la palma de la mano, decorado con una escena navideña hecha de azúcar de colores y glaseado.

—Gracias —musita. Se seca una lágrima torpemente.

No hay motivos para ponerse a llorar justo ahora, ninguno, pero han sido días de muchas emociones, demasiadas.

Tiene la sensación de que va a quebrarse en cualquier momento, piensa en esos cuentos infantiles con niños patinando en lagos congelados, que se alejan demasiado y caen al agua helada.

Ahora está llorando a lágrima viva y, por fin, siente el alivio de entregarse y dejarlo salir.

—Bueno, bueno —dice Martin y le toma la mano fría—. Ya… —Le besa la sien con la dulzura de un suspiro y ella se estremece.

—Feliz Navidad, Emily.