Capíulo veintidós
CAPÍTULO VEINTIDóS
CHARLOTTE
Después de varios días ingresada le dan el alta. Se encuentra frágil, pero estable.
—Eres pícara y astuta —dice Sadie cuando regresan juntas a Park Lane—. ¿Una huelga de hambre? ¿En qué estabas pensando? Las Hurston están con los nervios de punta.
—¿Se enojaron? —Ahora que pasó el atontamiento que provoca el hambre y puede volver a pensar con claridad, Charlotte se pregunta si las Hurston van a castigarla por actuar sin consultar.
Nadie autorizó un acto de rebeldía semejante, ni en las reuniones de planificación ni en las sesiones de estrategia.
Nunca había oído la expresión que utilizó Sadie, “huelga de hambre”; claramente, las Hurston estuvieron hablando.
—No te preocupes por eso ahora —insiste Sadie—. Necesitas descansar.
Y aunque quiere protestar, Sadie logra meterla en la cama. Charlotte se queda profundamente dormida al instante. Unas horas más tarde la despiertan unos murmullos detrás de la puerta.
—¿Está despierta?
Charlotte se sienta y se frota los ojos. La puerta se abre un poco y ve un mechón de cabello rubio.
—¿Charlotte? —susurra Beatrice desde la puerta. Necesita un empujoncito de Sadie para acercarse a la cama.
—Ay, Charlotte, ¿vas a poder perdonarme?
Charlotte pestañea como si estuviera frente a un espejismo que va a desaparecer de un momento a otro.
—¿Cómo…? ¿Por qué estás aquí? —dice con voz ronca, pero con un tono de acusación muy claro.
Beatrice mira hacia la puerta, donde la sonrisa de Sadie se convierte en un gesto de duda.
—Espero que no te moleste —dice Sadie—. Pero tuve que revisar tus cosas cuando estabas en el hospital. Necesitaba saber si había alguien a quien contactar, porque no te comunicas con tu familia, y vi las cartas de Beatrice…
—Lo siento tanto —interrumpe Beatrice. Está tan guapa como siempre aunque, quizás, un poco más delgada que la última vez que estuvieron juntas en Girton—.
Fui una tonta y una arrogante. No me alcanzan las palabras para decirte cuánto me arrepiento de haberte abandonado, de haber abandonado todo esto.
—Con un gesto señala los estandartes colgados de las paredes, los broches que dicen “VOTO FEMENINO” y las bandas desperdigadas por toda la habitación.
Charlotte piensa en todo lo que sacrificó desde que dejó Girton. Su educación, su familia y ahora su salud. Tiene que esforzarse para enfocar; todavía está agotada.
—Harías bien en no volver a confiar en mí —dice Beatrice—. Pero espero poder recuperar tu confianza.
—¿Confiar en ti? —Charlotte siente que el resentimiento la desborda. En el fondo no quiere admitir que le alegra volver a ver a Beatrice—. ¿Por qué ahora?
—Porque... —dice Beatrice y respira profundo— voy a quedarme con ustedes y a participar en la USPM. Al menos hasta la primavera. Después… —Levanta la mano izquierda, que luce una alianza de plata.
—¿Estás comprometida?
—Daniel me pidió que me casara con el después del baile.
—¿No tendrías que estar con tu prometido, entonces?
—No nos vamos a casar hasta que él se gradúe. Yo terminé de estudiar derecho en el primer semestre. Pero ya les anuncié a mis padres que no voy a volver a Kent para esperar a Daniel. Voy a quedarme aquí, en Londres, hasta la boda.
—Pero ¿dónde vas a vivir? Seguro que tus padres no aprueban las actividades de la Unión.
—Por supuesto que no. Pero cuando les hablé de una casa respetable en Park Lane, repleta de chicas de Girton y carabinas, logré convencerlos. Sadie y yo planeamos todo mientras estabas en el hospital. Voy a vivir aquí, con ustedes. Eso —agrega—, si tú me aceptas.
Charlotte y Sadie se miran. ¿Tantos planes en secreto mientras Charlotte estaba en el hospital?
¿Y Sadie no pensaba contarle nada? Es un cambio bienvenido ver que Beatrice se hace cargo de su propia vida, al menos por un tiempo.
Pero Charlotte recuerda cuánto le dolieron sus reproches y su abandono.
En Cambridge tal vez no había tanto en juego, pero ahora no hay vuelta atrás.
Si esta última estancia brutal en prisión le dejó algo claro es que no hay espacio para la duda.
—Hablo en serio —dice Beatrice en voz baja, intuyendo la preocupación de Charlotte—. Por favor, ¿vas a darme otra oportunidad? Quiero demostrarte de lo que soy capaz. Sé que te lo debo y prometo no volver a defraudarte.
—Está bien, Bea —dice Charlotte y se permite una sonrisa—. Pero tenemos mucho de qué hablar.
—Yo diría que se habla mejor tomando el té —interrumpe Sadie—. Y para tu información, la tetera está por hervir. —Las contempla con mirada severa, como una maestra de escuela lista para regañar a sus alumnas revoltosas—. Muy bien, entonces —dice—, está arreglado. Ahora, Beatrice, a trabajar.
Al día siguiente Sadie y Beatrice envuelven a Charlotte en mantas y le acomodan unos almohadones en la sala.
Traga la comida con dificultad y descubre que las manos le tiemblan sin control, pero la presencia de Bea es reconfortante.
Trata de concentrarse en sus amigas, las mira ir de un lado a otro preparando la cena.
Beatrice parece más libre y animada que en Girton. Charlotte se pregunta qué cambió.
Ambas tienen harina en la frente cuando llaman a la puerta principal.
Se miran y Sadie corre a abrir. Una ráfaga de viento frío entra en la casa junto con Adeline, Isabel y Jessie.
Charlotte anticipa el reto inminente, se le tensiona el cuello.
¿Y si Mrs. Hurston la expulsa de la Unión por la huelga de hambre?
Entonces, otro pensamiento, tal vez más temible, se le cruza por la mente.
¿Y si Mrs. Hurston le pide que vuelva a hacerlo?
—Charlotte —dice Adeline, que la aborda directamente. Todavía lleva puesta su capa de viaje y el cabello gris peinado en un adusto moño sobre la nuca—. ¿Cómo te sientes?
—Un poco mejor, Mrs. Hurston —dice Charlotte con dulzura. Sadie y Beatrice contienen la respiración—. Gracias.
—Bien —dice Adeline y le palmea la mano—. Demostraste a esos hijos de puta de Holloway que no pueden meterse con nosotras.
Charlotte empalidece, se le traba la lengua, pero Isabel estalla en carcajadas y las demás la siguen. Enseguida están aullando descontroladamente, lloran lágrimas de risa y alivio.
—¡Qué olor delicioso hay aquí! —dice Adeline cuando, por fin, se controla—. ¿Qué hay en el menú?
—Pollo asado —dice Sadie—. Con patatas a la manteca para nuestra convaleciente.
—¿Y quién eres tú? —pregunta Adeline a Beatrice.
La aristocrática Beatrice se pone de pie frente a la líder de la Unión y extiende la mano.
—Beatrice Piper, señora.
—Beatrice va a trabajar como voluntaria con nosotras hasta el día de su casamiento —explica Sadie y le estrecha el brazo.
Beatrice apoya la cabeza en el hombro de Sadie por un momento antes de volver a la cocina. Adeline asiente, hay un brillo pícaro en su mirada. Sadie se sonroja. Isabel y Jessie se ofrecen para poner la mesa cuando se escucha un golpe en la puerta.
—¿Esperamos a alguien más? —pregunta Adeline.
Isabel abre la puerta y allí, de pie y temblorosa, está Emily Brown.
—Lamento mucho tener que molestarlas —dice, y busca entre las caras hasta que encuentra la de Charlotte.
Charlotte hubiera corrido a la puerta, pero todavía está muy débil, así que solo extiende los brazos.
Emily duda un momento, camina hacia ella y se inclina para que la abrace.
—Gracias a Dios que estás bien —susurra.
Charlotte le respira en el hombro, los ojos se le llenan de lágrimas.
—Escuchen todas, esta es mi querida amiga Emily Brown —anuncia Charlotte—. Pero creo que, por algún motivo u otro, ya la conocen casi todas.
Sadie trae otra silla rápidamente.
—Tienes que quedarte a cenar —insiste Adeline.
—Solo tengo un rato —dice Emily.
—No le has contado a tu padre que venías aquí, ¿verdad? —susurra Charlotte.
Emily niega con la cabeza.
—Bueno, me temo que vas a tener que quedarte. No podemos permitir que se enfríe el pollo asado. Y estoy hambrienta, lo sabes.
A Emily se le dibuja una sonrisa al oír eso.
—Ay, basta, Charlotte —dice. Pero se quita el abrigo.
Ponen la mesa entre todas, salvo Emily y Charlotte, que se quedan conversando. Emily mira a su amiga, preocupada.
—¿Qué? —dice Charlotte—. Estoy mejor, de verdad.
—No es eso. Es que... bueno, nunca te vi sin las rejas de por medio. —Charlotte estalla en carcajadas.
—¡Me parece que no!
—Me gusta —agrega Emily.
—Eso espero. Para mí es mejor.
Emily contiene una sonrisa compungida, se le curvan las comisuras de los labios.
—¿Por qué viniste?
—A visitarte, claro.
—Sadie me contó que viniste a buscarla cuando me llevaron al hospital. Te lo agradezco.
—Estaba muy asustada por ti, me diste un susto enorme.
Charlotte mira a Emily a los ojos.
—Lo siento.
—Yo también lo siento —insiste Emily.
—Y gracias por ayudarme.
—Cuando lo necesites.
—¿Es una promesa? —Charlotte le toma la mano.
Emily frunce el ceño, desconcertada. En ese momento, Adeline las llama a la mesa.
Emily y Sadie ayudan a Charlotte y todas se acomodan alrededor del modesto festín.
Adeline levanta una copa. Todas se sirven vino salvo Charlotte, que bebe solo un vaso de leche.
Hasta pudieron convencer a Sadie de que se permitiera beber una copita a pesar de su promesa de mantenerse sobria.
—Por la recuperación de Charlotte —brinda Adeline.
—Y por esta cena —agrega Isabel—. ¿Quién dijo que las suffragettes no saben cocinar?
Emily la mira, confundida. Charlotte abre la boca para explicar el nombre, pero Sadie la interrumpe.
—¡Escuchen, escuchen! —grita Sadie sirviéndose la porción más quemada.
Los cubiertos tintinean, el sonido en la habitación es cálido y agradable. Charlotte se llena con unos pocos bocados y, aunque Sadie se inclina y la anima a comer, siente calambres en el estómago. Arrastra la comida por el plato, respira superficialmente.
—Acabo de escuchar novedades de Downing Street —dice Adeline—. En la residencia del primer ministro no están nada contentos. Al contrario. —Está sonriendo.
—¿Te das cuenta de lo importante que fue esto? —pregunta Isabel a Charlotte.
—¿Sí? —alcanza a responder la huelguista. El horror le recorre todo el cuerpo, tiene las manos y los pies helados.
—Siempre estuvimos dispuestas a cruzar los límites de la protesta tradicional —dice Adeline—.
La militancia está en nuestra naturaleza misma.
Pero nuestra militancia —las manifestaciones, los discursos y las campañas— nos ha llevado a la cárcel.
Y eso es lo único que conseguimos. Ni siquiera el Domingo de las Mujeres en Hyde Park, nuestra protesta más importante, dio resultados.
—Así es —dice Jessie, asintiendo enérgicamente—. Nos callan y nos encierran. Nos tratan como a delincuentes comunes y nos condenan a cumplir sentencias largas…
—Claro. Lo hacen para expulsarnos de las calles —agrega Isabel.
—Pero ahora —dice Adeline—, contamos con una estrategia novedosa. ¿Por qué perder el tiempo en la cárcel y sacrificar nuestras tropas a condenas interminables…?
—¿Van a dejar de ir a la cárcel? —pregunta Beatrice.
Isabel y Adeline sonríen entre dientes.
—No podríamos dejar de ir a la cárcel, aunque quisiéramos —explica Isabel—. No importa qué hagamos, inventan delitos para encerrarnos.
—Pero ya no nos vamos a quedar esperando en la cárcel como si nada —dice Adeline.
—No estará pensando —dice Emily lentamente— en seguir haciendo huelgas de hambre.
Charlotte siente que va a vomitar.
—Es exactamente en lo que estoy pensando —dice Adeline—. Charlotte estaba condenada a un mes, pero salió en cuatro días. Esa es la próxima etapa de nuestra campaña.
—Mrs. Hurston, no creo que sea buena idea… —empieza a hablar Charlotte.
—Vamos a turnarnos —insiste Adeline—. Es fundamental que captemos la atención del gobierno. Pero no podemos detenernos allí, no deben olvidarnos cuando estamos encerradas. También tenemos que protestar en contra de nuestras encarcelaciones.
—¡Bien! Yo soy la próxima. Me gusta la idea —exclama Sadie.
—Pero Charlotte podría haber muerto —dice Emily.
Se hace silencio en la mesa por un momento.
—Pero no murió —dice Adeline—. Y vamos a estar preparadas la próxima vez. Vamos a tener alguien que sea nuestros ojos dentro.
—¿Quién? —pregunta Beatrice.
Seis pares de ojos en llamas se posan en Emily.
—Yo.