Las buenas hijas Capíulo veintiuno
38%

Capíulo veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

BEATRICE

Helen está embelesada con la noticia de la proposi ción. Hasta organizaría un viaje relámpago a Gretna Green aunque solo fuera para asegurarse de concretar el trato pero, por suerte, a Daniel le queda otro semestre en el King’s.

—¿Qué vas a hacer mientras tanto? —pregunta Charles durante el desayuno. Helen no suele aparecer antes del mediodía así que, en la mesa, Beatrice está sola con su padre.

—No creo que lleve seis meses preparar mi ajuar —dice Beatrice con sarcasmo.

—Tu madre podría encontrar la manera—bromea Charles—. Ah, gracias, Whitney —dice al mayordomo que trae el correo—. Y aquí hay una carta para ti.

Beatrice la abre rápidamente y echa un vistazo a la hoja escrita con una caligrafía desconocida.

—Papá —dice—, sé perfectamente lo que voy a hacer hasta que llegue la boda. Me voy a Londres.

No fue necesario convencer a su padre porque dejó la decisión en manos de su madre, que no lo hubiera permitido bajo ningún concepto si Beatrice no tuviera ya un anillo en el dedo. Y Beatrice esta vez no dio el brazo a torcer.

—Mi amiga de Girton me necesita, está convaleciente —insistió y Helen cedió.

La extraña que le escribió, una norteamericana llamada Sadie Lawrence, está esperando en la puerta cuando el chofer estaciona frente a la casa de Park Lane. Cabello rojo fuego y ojos brillantes. Casi la saca a rastras del coche.

—¡Gracias por venir! Dentro te explico todo.

Mientras comen unos bollos ligeramente quemados porque Sadie es la encargada de cocinar, Beatrice se entera, con horror, del encarcelamiento de Charlotte.

—Hoy le dan el alta—dice Sadie—. ¿Te quedas a cuidarla? Estoy segura de que a ella le va a encantar.

—Sadie, ¿me nombró Charlotte alguna vez?

—Bueno, no. Me parece que no. —Sadie frunce el ceño y aprieta los labios rosados—. Pero tenía todas tus cartas guardadas en su habitación y pensé que deberías estar cerca. Charlotte no habla con su familia. Parece que eres la única persona con la que tiene contacto.

—Nunca contestó mis cartas —dice Beatrice, conmovida.

—Ah —dice Sadie—. Ya veo.

Se quedan en silencio, Beatrice se pregunta si no fue un error venir hasta aquí. Pero entonces Sadie le toma la mano.

—Creo que se va a poner contenta de verte. Necesita caras conocidas cerca y la tuya es muy linda.

Beatrice se pone colorada.

—Eres muy amable. No va a estar contenta de verme, al menos no al principio. Pero tal vez pueda explicarle. Quiero ayudar —dice— y quiero volver a colaborar con la USPM en todo lo que pueda hasta el día de mi boda.

—¿Casarte? ¡Qué aburrido!

—¿Siempre dices lo que piensas?

—Si depende de mí… —Sadie sonríe.

—Con razón le caes tan bien a Charlotte.

—Sí, tenemos eso en común. ¿Y tú dices lo que piensas?

—Lo intento —responde Beatrice después de una pausa—. A partir de ahora voy a tratar de ponerlo en práctica más a menudo.

Sadie sonríe, tiene una sonrisa cálida como los rayos del sol.

—Me parece bien. Entonces, vayamos a buscar a nuestra chica.

—Va a ser mejor que vayas tú sola —dice Beatrice con una pena que se le anuda en el pecho—. Yo espero aquí.

Beatrice juega, nerviosa, con el anillo que lleva en el dedo.

En algún sentido, este anillo le ha abierto la puerta a lo que siempre quiso, aunque sea brevemente.

Está comprometida pero todavía no se ha casado…

ya no está bajo el yugo de su madre y tampoco bajo el de su marido.

Por primera vez en su vida está exactamente donde quiere estar.

Quiere aprovechar sus últimos meses de libertad para recuperar el tiempo perdido junto a las suffragettes y a Charlotte, que no contestó sus cartas pero, al menos, las guardó.

Ahora podrá decirle en persona cuánto desea aprovechar ese tiempo para cambiar las cosas, para ser más valiente que en Girton.

Ahora anhela ser tan valiente como ella.

Y si Charlotte está enojada con Beatrice, Sadie la va a ayudar. Le tranquiliza recordar la sonrisa con la que le tomó la mano. Van a hacer un buen equipo, está segura. Ojalá Charlotte vuelva a aceptarla.