Capíulo veinte
CAPÍTULO VEINTE
EMILY
—Papá, ¡por favor!
—Emily, ¿qué te…?
—¡Se va a morir!
Emily irrumpe en la oficina de su padre.
Advierte lo diminuta que es quizá por primera vez.
Tiene la sensación de que las paredes se acercan hacia arriba, como un ataúd.
Thomas levanta la mirada de los formularios de ingreso y se le nota la confusión en el rostro.
Él ignora su amistad con Charlotte y no entiende por qué está tan preocupada.
—El médico se acaba de ir —empieza.
—Escuché lo que dijo el médico. —Estaba escuchando detrás de la puerta y entró apenas salió ese viejo impotente—. No va a hacer nada, la va a dejar en la celda para que se muera de hambre porque a él no le importa.
Ahora Thomas está enojado. Emily lo nota en el tic del labio inferior, en las manos de él, que se aferran a los ángulos del escritorio, esas manos que alguna vez fueron callosas y que ahora son suaves como siempre quiso. Aunque quedan las cicatrices, no puede borrarlas. No frente a ella.
—No debes escuchar detrás de la puerta —dice él con voz nerviosa y pesada—. ¡Esto no tiene importancia!
A Emily le hierve la cara y sabe que está por ponerse a llorar. Tiene que contarle lo que siente antes de romper en llanto, antes de que su padre culpe a la irracionalidad de la emoción.
—Papá, por favor, ¿no puedes hacer algo? Podríamos… podríamos traerla a casa. Nadie tiene por qué saberlo. Por favor, papá… ¡se va a morir aquí! No puedo perderla también a…
Le duelen los hombros, cargados con el esfuerzo de contener las lágrimas. Pero inevitablemente llegan y empiezan a recorrerle las mejillas. No hay compasión en la mirada de su padre.
—Emily, contrólate —ordena en voz baja. Mira hacia la puerta.
Ruega que el doctor no esté escuchando a la desvergonzada de su hija—.
No debes tener trato con las prisioneras —dice entre dientes y se va poniendo más colorado con cada inhalación—.
Y no vas a hablar así a tu padre; trabajo para el gobierno y lo que dices es traición.
—¡Te crees muy importante! Podrías hacer algo si tuvieras un poquito de poder.
Thomas intenta avanzar, pero el escritorio se interpone, implacable.
Emily no entiende qué pasa. ¿Iba a agarrarla?
¿La iba a sacudir? Su padre nunca le puso la mano encima por muy enfadado que estuviera, pero Emily nunca lo había visto así.
Sale de la oficina como un torbellino, arroja archivos al suelo a su paso.
Camina sin rumbo hasta que casi se tropieza con Martin.
—Emily —dice él. Ella intenta pasar de largo—. ¡Espera! ¿Qué pasa?
—No tengo nada que decirte a menos que puedas liberar a Charlotte.
Martin abre la boca, pero no dice nada. Emily se escapa.
Thomas llega tarde a casa. Emily no lo espera levantada; casi no comió, imaginar el hambre de Charlotte le da náuseas, así que cierra la puerta de su habitación y no sale hasta la mañana siguiente.
El amanecer se ilumina con un funesto azul cerúleo, como si la prisión estuviera sumergida en el Támesis.
Se levanta antes que Thomas y sale sin que nadie la vea.
—Charlotte —susurra Emily acuclillada frente a la celda. El bulto que está en el catre no se mueve. Emily fuerza la vista: ¿respira?
—¿Eres tú, Emily?
Se gira. No es Charlotte la que habla sino otra presidiaria cuya celda está en diagonal a la de ella.
Hannah, una prostituta que ingresó la semana pasada, que tenía los ojos delineados con negro cuando llegó.
Parece una reina egipcia, fue lo primero que pensó Emily al verla.
El delineador negro ha desaparecido desde entonces y ahora solo parece cansada.
Es notable cómo la prisión despoja de toda individualidad a sus habitantes.
Entran siendo personas únicas, con rasgos y expresiones deslumbrantes; salen chatas, cenicientas, secas.
—Estuvo llorando —dice Hannah.
—¿Cuándo?
—Hace unas horas, creo. No lo sé exactamente.
—¿Vino el guardia?
Hannah mueve la cabeza y arquea una ceja. Emily sigue la mirada hasta el puesto del centinela en el centro del panóptico. Parece que Martin está durmiendo pero debe de haber oído el llanto. ¿O no le importó?
—El doctor ayer le dio veinticuatro horas —dice Hannah.
—¿Antes de…?
Hannah se encoge de hombros.
—¿Antes de qué? —Emily levanta la voz más de lo debido. ¿Veinticuatro horas antes de desnutrirse? ¿De que se muera? ¿Cuánto tiempo se puede sobrevivir sin comida ni agua? Ya lleva casi cuatro días.
Las sobresalta un ruido metálico. Emily suelta los barrotes de la celda de Hannah. Más arriba, Martin se despierta con una sacudida y abandona la posición encorvada para sentarse erguido. Emily se escabulle detrás de un rincón y aparece Thomas, todavía con su gorro de dormir, seguido por el doctor.
—No podemos dejarla morir aquí —murmura el doctor. Se dirige, decidido, hacia la celda de Charlotte—. Mierda —dice, mientras Thomas busca la llave—. Mierda.
Ambos entran en la celda. El doctor levanta la muñeca de Charlotte. Su sombra esquelética trepa por la pared.
—Necesito una camilla —ordena el doctor.
Los pasos de Martin resuenan en el piso de arriba y, en pocos minutos, aparece con otro guardia trayendo la camilla. Levantar a Charlotte es fácil; pesa lo que una muñeca. Emily hace un gesto de dolor al ver que el brazo de su amiga cuelga por uno de los lados. Está muerta. Ay, Dios , está muerta.
—La ambulancia está esperando afuera —indica el doctor.
Gruñe, impaciente, mientras los guardias avanzan hacia la entrada principal—.
Hizo bien en llamarme —dice a Thomas, que reacciona frente al halago.
Emily siente un cosquilleo; el gesto de su padre le da esperanzas, tal vez lo que le dijo ayer sirvió de algo—.
Estaría muy mal visto que muriera aquí —continúa el doctor—.
Estas suffragettes de mierda ya están provocando demasiados problemas. Sin duda, no merecen compasión.
—Completamente de acuerdo, señor —dice Thomas.
El doctor le da la mano y sale detrás de la camilla.
A Emily se le hiela la sangre. A Thomas no le importan Emily ni Charlotte, no le importa nada más que salvar el trasero y la reputación de su preciosa administración.
La ve detrás del rincón. Entrecierra los ojos; el orgullo por el halago del doctor se evapora.
—Emily —ruge—. A casa ya mismo y no te muevas de allí.
—Pero tengo trabajo que hacer.
—Tu turno empieza en dos horas. No tienes permiso para estar dentro de las instalaciones hasta que empiece tu turno. Ve.
Emily se muerde el labio. Podría protestar.
Pero ¿de qué serviría? Charlotte ni siquiera sigue aquí.
Se gira y sale del edificio hecha una furia.
Está agotada, podría dormir un par de horas.
Charlotte va a estar en el hospital; Emily puede dejar de preocuparse.
Y no te muevas de allí. ¿Adónde imagina que iría?
Casi no sale de Holloway. En ese momento cae en la cuenta de que puede irse, puede ir a buscar ayuda, se puede asegurar de que Charlotte no esté sola.
Emily ya está en el patio. Gira sobre sí misma y abre el portón trasero de par en par.
Nunca anduvo sola por la ciudad, nunca se aventuró más allá del camino al mercado.
“Es peligroso”, era la advertencia de su madre y “es indecente”, la de su padre.
Ahora atraviesa vecindarios desconocidos y cruza calles abarrotadas; nunca estuvo tan lejos de casa.
Mira hacia adelante, no se permite mirar hacia los lados.
Percibe la mirada de los hombres. La calle está llena de obreros que van camino a su trabajo; Emily esquiva sus posturas amplias con la esperanza de estar encaminada en la dirección correcta.
La puerta de la posada Clement se alza frente a ella.
Es un edificio de ladrillo sin pretensiones en una esquina tranquila.
Emily se da cuenta de que no lleva guantes, pero llama a la puerta de todos modos.
Se siente tan expuesta allí fuera, en la calle…
pero es demasiado tarde para perder la compostura.
Oye el sonido de pasos dentro, unos gritos apagados y, de pronto, se abre la puerta.
—¡Voy yo! —grita una joven por encima del hombro y ve a Emily de pie en la escalera. La joven tiene acento norteamericano, mejillas rosadas y pecosas enmarcadas por una cabellera castaña. Los ojos vagamente familiares se entrecierran al ver a Emily.
—Eres la hija del director —dice a modo de saludo—. ¿Puedo ayudarte?
—Charlotte, Charlotte Evans…
—No está aquí.
—Lo sé. Está… —Le cuesta respirar. No es consciente de que ha corrido casi todo el camino hasta aquí.
—Pasa, hace frío —dice la joven y la toma del brazo—, me llamo Sadie. Nunca nos presentamos como corresponde.
Sadie la lleva a una salita de estar. El sofá está cubierto de papeles. Hay estandartes sufragistas colgados de las paredes, y cintas violetas y verdes por todos lados. Parece las bambalinas de un teatro, alegre aunque atiborrado.
—¿Té?
—No, gracias.
—Da igual. —Sadie se encoge de hombros—. A mí, personalmente, no me gusta tanto. ¿Por qué estás aquí? ¿Charlotte está bien?
—La trasladaron al hospital —dice Emily—. Hace días que se niega a comer y a beber. Estaba muy débil cuando se la llevaron.
—¿Cuándo pasó esto? —pregunta Sadie entristecida.
—Esta mañana, he venido enseguida.
—Tengo que ir a verla ahora mismo —dice poniéndose de pie—. ¡Jessie! —grita Sadie y, rápidamente, otra mujer, flaca y desgarbada, se asoma por la escalera—. Han llevado a Charlotte al hospital, está muy mal.
Emily reconoce a Jessie, por supuesto, ambas se reconocen. Emily se pone nerviosa. ¿Para qué vino? Estas mujeres la desprecian con toda seguridad. Pero Jessie asiente, seca pero educada, y toma el abrigo que está junto a la puerta.
—Gracias por venir —dice—, eres un encanto.
De pronto Emily está en la calle otra vez.
Las dos mujeres se marchan en dirección opuesta.
Una parte de ella hubiera deseado acompañarlas.
Pero ¿quién es ella para sentarse junto a la cama de Charlotte?
Estas mujeres son amigas de verdad, no como ella, que tiene solo una relación de conveniencia.
Si Charlotte no vuelve nunca a la cárcel, es posible que no la vea otra vez.
Emily escucha un grito cuando empieza a alejarse de la posada y emprende el regreso a Holloway.
—¡Espera! —Es Sadie, que se acerca al trote—. Ven a mi casa, ¿sí? Cuando vuelva Charlotte. Para que podamos agradecerte como es debido.
—Voy… voy a venir. —Emily sabe que no merece semejante amabilidad. Pero sonríe al memorizar la dirección.
Ya es media mañana cuando vuelve a la prisión.
Recorre el largo pasillo central y se estremece al imaginar que se la está tragando un dragón.
Desde niña fantasea con que la cárcel es un dragón: las alas extendidas se corresponden con los pabellones este y oeste, la entrada principal son las fauces abiertas de la bestia.
Se le llenan los ojos de lágrimas; se siente aliviada porque Charlotte ya está a salvo y no tiene que soportar este lugar tenebroso.
La puerta de la oficina está cerrada, Emily pasa sigilosamente por delante y vuelve a casa.
Se cambia el delantal y se trenza el cabello.
La casita parece vacía y el abandono, más crudo con la luz de la media mañana.
Vuelve a sentir esa inquietud que conoce tan bien.
Marianne debería estar aquí. Es como si hubiera salido y fuera a regresar en cualquier momento.
Emily se asoma a la habitación de su padre.
La cama está deshecha solo de su lado y las ventanas están cubiertas de polvo.
Pero, por los cajones que eran de su madre, parece que nunca se fue: las pilas de pañuelos están planchados y doblados tan prolijamente como siempre.
Emily entra a buscar el agua de rosas de Marianne.
Encuentra la botella, inhala profundamente…
siente la urgencia instintiva y repentina de aspirar el perfume materno.
—Martin, trae los baldes, por favor. —La voz de Thomas resuena fuera. Emily sale corriendo de la habitación y cierra la puerta. Cuando su padre entra a la casa, ella está sentada a la mesa de la cocina, un territorio neutral.
—¿Ahora te quedaste dormida? —dice Thomas, moviendo la cabeza al verla. Emily aprieta los dientes—. Fueron días muy difíciles. —Suspira. No llega a ser una disculpa, pero es algo.
—Solo quería desayunar un bocadillo —dice Emily—. Voy a trabajar hasta tarde si hace falta. ¿Quieres que te prepare algo?
—Está bien —asiente Thomas—. ¿Puedes preparar té?
Emily se pone de pie y toma la tetera.