Capíulo diecinueve
CAPÍTULO DIECINUEVE
CHARLOTTE
Un hombre con bata blanca entra en su celda; res pira por la boca, no se presenta. No importa. Charlotte está enroscada sobre sí misma, parece un nido de huesos helados. El hambre y la sed le nublan la mente. El corazón le late a toda velocidad dentro del pecho.
—Bien, bien, bien. —El doctor chasquea la lengua inclinado sobre el camastro. Tiene la cara redonda y una barba larga que a Charlotte le recuerda un Santa Claus deforme—. Alguien tiene un problemita.
Charlotte no va a hablar, no va a dignarse a contestarle.
—A ver, entonces. —Tira de la manta y a Charlotte se le congela la columna vertebral.
Se aferra al áspero uniforme, buscando calor desesperadamente.
El doctor presiona con dos dedos bajo el hueso pélvico, luego la examina por debajo de la falda—.
¿Te portaste bien? —murmura y explora con los dedos.
Charlotte cierra los ojos con fuerza—. Ajá, ¿no hay embarazo entonces?
—El médico deja caer la falda y ella se lleva las rodillas al pecho—.
Bueno, pues ¿cuál es el problema? ¿Pretendes que esto sea una declaración política?
—Ríe lánguidamente—. Te estás equivocando.
¿De verdad piensas que a alguien allí afuera le importa si vives o mueres?
—Se le acerca hasta hacerle sentir el calor de su aliento en el cuello—. Qué pena.
¿Y si tiene razón?, se pregunta Charlotte.
¿Y si la decisión de no comer, de llamar la atención a fuerza de pasar hambre, fue un impulso que solo va a encontrar oídos sordos?
¿Y si no le importa a nadie? A pesar de ser tan independiente, de la decisión de hacer su propio camino, Charlotte nunca se sintió tan sola.
Eres buena, ¿no es cierto? , había balbuceado el agente de policía cuando le manoseó el pecho.
El médico también. Por eso, por más que quiera bajar los brazos y resignarse, no puede hacerlo.
Esos hombres horribles, desde sus cargos de poder, creen que tienen derecho a controlar el cuerpo de las mujeres: las encadenan con anillos de casamiento, dictan leyes que niegan su existencia y les conceden la autonomía de un niño.
Y, por si esto fuera poco, las encierran si desobedecen.
Charlotte no tiene más alternativa que apropiarse del control.
Debe poner en juego su propia supervivencia y convertir su cuerpo en un territorio de protesta.
La idea se le ocurrió mientras la trasladaban a Holloway en el ruidoso furgón policial; estaba furiosa, el esplendor de la increíble manifestación en Hyde Park se había apagado rápidamente.
Si con una protesta pacífica colmada de cantos, marchas, discursos y vestidos blancos por donde se mirara no habían logrado nada, entonces, ¿qué se necesitaba para cambiar algo?
Había que hacerlo dentro además de protestar fuera de la cárcel.
Hay que protestar contra el encarcelamiento mismo.
El único camino que se abre hacia adelante es novedoso aunque, también, absurdo y aterrador; podría llegar a terminar incapacitada. Pero no va a dar un paso atrás, no puede hacerlo. Va a dejar de comer y de beber hasta que la liberen.
La puerta metálica se abre y sale el doctor.
Su madre le traía sopa y té a la cama cuando enfermaba de pequeña.
Solo sucedió en dos o tres ocasiones por lo que recuerda; era una niña saludable.
Pero, en el fondo, le encantaban esos pocos días que pasaba enferma porque acaparaba la atención de su madre, no había hermanas menores que compitieran por su cariño, tampoco ningún padrastro incapaz de levantar un dedo por sí mismo.
Sarah cantaba a Charlotte canciones de cuna que no oía en otra ocasión, solo junto a su cama cuando estaba enferma.
El arrullo rítmico de la voz de su madre y los dedos tiernos que le peinaban los rizos no tardaban en hacerla dormir sin importar la penosa fiebre o el dolor de garganta.
Quisiera recordar los versos de esas canciones, piensa ahora.
Ya no los guarda en la memoria si es que alguna vez estuvieron allí.
Horas —o días— después de que el doctor la reconociera en la celda —el tiempo no significa nada, es un abismo desgarrador de hambre y sed—, la silueta de una mujer aparece en la puerta.
A Charlotte se le llenan los ojos de lágrimas.
¡Mamá! , quiere gritar, pero se atraganta con la palabra.
Tiene la boca tan seca… le arde la garganta.
La silueta se mueve y ella se pregunta si es un fantasma o una alucinación, pero entonces ve que no es Sarah, es Emily y está llorando.
—Por favor —suplica—. Charlotte, por favor. —Se oye un roce. Desliza un plato entre los barrotes. Charlotte no se mueve ni un centímetro. El hambre le duele en todo el cuerpo, que parece cansado como un oso hambriento resignado a hibernar y dejar de cazar.
Cuando George contó a Charlotte, Sylvia y Anna que iba a casarse con su madre, solo había pasado un año desde la muerte de su padre.
Charlotte sentía su ausencia todos los días, era una herida supurante que se negaba a cerrar.
Todavía tenía que mirar dos veces la mecedora cuando pasaba junto a ella; tenía la esperanza de que, por algún golpe de suerte, su papá volviera a estar allí, con su pipa en la mano, y que la sentara en su regazo para leerle Alicia en el País de las Maravillas.
Y todavía la invadía el desconsuelo al ver que seguía vacía cada vez.
¿Cómo pretendía su madre tapar semejante herida con un pedacito de gasa tan frágil?
No tardaron en mudarse a una casa nueva, la de él, y dejaron atrás lo poco que quedaba de su padre y que no habían podido vender: los objetos sin valor, sus suéteres, las medias y una bufanda de lana.
Charlotte se llevó la bufanda, que todavía olía al tabaco que fumaba él, antes de abandonar la casa para siempre.
En la casa nueva George las recibió con capas compradas y manguitos calientamanos rojo oscuro haciendo juego; era su regalo de Navidad.
Las hermanas menores gritaban de alegría y se frotaban las mejillas con las ricas telas.
Charlotte no se movió, puso su mejor cara de piedra y se negó a renunciar a la bufanda de su padre, asombrada por lo rápido que su mundo había quedado cabeza abajo.
—Di “gracias” —masculló Sarah pellizcándole el brazo. Más tarde le salió un moretón azul allí. La bufanda de su padre había desaparecido para fin de año.
El doctor regresa; Charlotte ha perdido la noción del tiempo.
La examina y siente una mano firme alrededor de la muñeca.
Le pesan los párpados, no recuerda que le hayan pesado tanto en su vida.
Pero, tal vez, es solo que antes no había prestado atención.
¿Siempre fueron tan pesados? Oye frases y palabras como “no hay tiempo”, “corazón” y “pulso”. ¿Le hablan a ella o hablan sobre ella?
Le tiembla todo el cuerpo. Recuerda el verano pasado, los días al sol, los besos a escondidas con Jack.
Nunca sintió el cuerpo tan ardiente, sobre todo cuando Jack la recostó contra el suelo de la bodega; la piel de ambos, húmeda de sudor y electrizada.
Charlotte se sintió valiente tendida junto a él pero también bastante aburrida.
Qué ingenuidad de su parte creerse poderosa, creer que su cuerpo era más que un objeto, un instrumento utilizado para placer de otros.
Un peón del dolor ajeno. Cuando Sarah la enfrentó en la habitación en penumbras, con esa mirada suplicante y la exhortación a ser casta, Charlotte se sintió invencible y sabia.
La madre no tenía idea de lo que había consumado la hija.
Pero ahora siente nostalgia por la preocupación de su madre.
Extraña que alguien sepa o le importe lo que hace con su cuerpo.
La mirada de Sarah, esa que busca angustiosamente, la lleva al día en que se despidió de su amiga en Girton.
Beatrice estaba muy angustiada, como si estuviera desesperada por contarle algo.
Ahora Charlotte ya no va a saber qué quería decirle.
Los recuerdos dejan de llegar en algún momento.
La mente de Charlotte se inunda de negro, es un cielo oscuro de medianoche.
En una ensoñación diurna (o nocturna, el tiempo no es confiable), se imagina muerta.
¿No sería más fácil así? No se sentiría tan débil si estuviera muerta.
El estómago no le dolería tanto. Su corazón se detendría, dejaría de aletear como lo hace una polilla que se acerca a la llama mortal.
Y las manos no le temblarían al intentar envolverse con la manta.
Alguien golpea los barrotes. No abre los ojos.