Capíulo dieciocho #2
Es bastante común que las internas se salten una comida, que en Holloway es famosa por lo repugnante.
Es habitual que las presidiarias encuentren gusanos en los platos, que los piojos trepen por su cabello y que las ratas corran por los pasillos.
Por esa razón no le llamó la atención que Charlotte no desayunara. Pero ahora…
—¿Charlotte? —Emily avanza lentamente a propósito, quiere que su voz suene natural.
Charlotte no responde y Emily mira hacia adentro de la celda.
Ya está a oscuras como todas las demás. ¿Qué sentido tiene desperdiciar combustible para iluminar la noche de una presidiaria?
Junto a la puerta del lado de afuera hay tres bandejitas de comida intactas.
Emily cree ver algo que se mueve en las gachas del desayuno, aunque el resto no parece tan terrible.
Apenas llega a distinguir la silueta de Charlotte en el catre, está en la misma posición que en la mañana, es una sombra protuberante bajo la manta andrajosa.
—¿Te… te sientes bien?
Charlotte cambia de posición, mira la cara de Emily bajo la tenue luz del pasillo, pero no se sienta.
—Estoy bien —dice.
Emily podría jurar que Charlotte le guiñó un ojo, aunque está demasiado oscuro para asegurarlo.
—Me voy a casa —dice Emily. Y agrega, con un susurro casi imperceptible—: ¿Quieres que te traiga algo? ¿Pan? ¿Sopa?
Charlotte baja la barbilla.
—No, gracias.
—¿Te pasa algo? —Emily no quiere pensar lo peor, pero ¿cuánto la conoce?
Las dos rieron y chismosearon y se conectaron con los barrotes de por medio, se contaron historias de sus vidas y de sus familias.
Pero había vacíos en los relatos de Charlotte, unos paréntesis en los que Emily quedaba a oscuras.
No se sabía dónde había vivido o con quién había estado.
¿Y si Charlotte está...? Bueno, Emily no quiere ni pensar en la palabra, pero el gesto grosero de Martin fue muy elocuente.
Emily conoce muy bien la historia patética que sigue si alguien deshonró a Charlotte.
Ya lo vio muchas veces: un niño que lloriquea débilmente, una mujer angustiada a la que le arrancan el niño de los brazos para llevarlo al orfanato, unos pechos que gotean sobre la tela empapada del uniforme carcelario.
Charlotte abre mucho los ojos.
—Ah, no —contesta—. No, no te preocupes, Emily. No estoy…
Emily le sostiene la mirada, implorante.
—Te traje algo. Debes de estar hambrienta.
—No —Charlotte responde con firmeza—. Me voy a dormir.
Pero nos vemos mañana, ¿está bien? —Charlotte desvía la conversación, toma el control y le da a Emily un motivo para irse.
Es buena para eso, para llevar la conversación por donde ella quiere.
Emily se siente más cómoda así algunas veces.
Pero otras, como ahora, se siente manipulada y perdida.
La luz del pasillo parpadea, es la señal de que se van a apagar las luces.
Apenas son las siete, pero por la noche las internas solo van a tener las estrellas que se ven por las ventanitas estrechas para alumbrar su soledad.
—Está bien —susurra Emily.
Se cruza con su padre en el patio y los dos vuelven a casa.
—¿Tuviste un buen día? —pregunta el padre.
—Estuvo bien —contesta la hija. ¿Sabrá lo de Charlotte? Por lo general, el cargo de Thomas lo mantiene alejado del penoso trajinar de la cárcel. Aunque también es cierto que las palabras vuelan.
—Te vi —dice Thomas mientras sostiene la puerta—. Hablabas con Martin Jennings.
Emily suspira aliviada. Si la hubiera visto hablando con Charlotte o, peor, llevándole comida…
—¿Te estás riendo? —pregunta el padre, que malinterpreta la expresión de alivio—. ¡Caramba! ¿Te gusta?
—¡Papá! —exclama Emily—. No, no me gusta.
Thomas se sienta a la mesa y se quita el sombrero. El pelo parece más gris que de costumbre bajo la luz amarilla.
—Es un tipo agradable —dice Thomas, y la expresión aturdida de Emily lo hace sonreír—. Y nunca hablamos de aquella vez que te llevó a tomar el té.
—No fue nada —insiste ella.
—¿No te gusta entonces?
—No, no me gusta.
—¡Ajá!
—Ah, basta —dice Emily, encendiendo la estufa con una cerilla.
—Deja que tu viejo sueñe un poco —dice Thomas.
Charlotte se niega a comer el pan que Emily le trae por la mañana, gira el rostro demacrado y lo hunde en las sombras. Emily sabe que algo anda muy mal.
—Por favor —susurra entre los barrotes—. Estás mal.
—Estoy bien —insiste Charlotte, con voz aflautada y débil. Hasta su jarro de agua está intacto.
Llaman al médico de la prisión al tercer día. Es un hombre de mediana edad, con barba tupida y una mueca de asco permanente. La seda del chaleco se le estira a la altura del abdomen, y Emily lo ve consultar un reloj de oro antes de llamar a la puerta de la oficina de su padre.
—¿Cómo está, señor? Por favor, pase doctor Brainwright —dice Thomas, le estrecha la mano y ensaya una extraña reverencia. A Emily le da vergüenza. Su padre trata a quienes tienen un estatus superior con una veneración humillante, aprendida seguramente cuando todavía hablaba con acento irlandés.
—Mr. Brown. —El médico es parco, toma la mano de Thomas durante una fracción de segundo y la retira; casi ni es un apretón de manos.
El padre cierra la puerta de la oficina y Emily se queda frente a ella con una escoba en la mano, que no piensa usar para barrer.
Su corazón golpea con tanta fuerza dentro del pecho que le cuesta escuchar la conversación.
Ay, ¿Charlotte estará muy enferma? Si llegara a morir…
Emily no podría soportarlo. Charlotte será un poco egoísta y hasta algo esnob, pero también es idealista y valiente, y ahora se ha convertido en un ser débil, postrada en esa celda horrorosa.
—¿Desde cuándo? —El médico suena aburrido.
—A ver… ¿casi tres días?
—¿Es una pregunta?
—No. No, señor. Tres días.
—¿Tomó agua?
—Ni una gota.
—Ajá.
Emily se aleja de la puerta al oír el roce de una silla contra el suelo de piedra. Alcanza a esconderse en un rincón antes de que se abra la puerta y salga el doctor Brainwright; Thomas lo sigue de cerca.
—¿Dónde está la celda? —exige el doctor.
—¿No quiere una taza de té? —ofrece Thomas.
—No, claro que no. Quiero ver a la paciente.
Thomas asiente como si hubieran decidido juntos los pasos a seguir.
—Por aquí, entonces, señor.
Thomas se lanza a caminar por el pasillo con pasos rápidos. El médico queda rezagado, pero pronto se adelanta. Alguien toca el hombro a Emily.
—Hola. —Es Martin.
—Ah, hola.
—Estabas espiando, ¿no es cierto?
Emily se sonroja al instante.
—No —dice—. Estaba… barriendo.
—Bueno. Tu amiga no está bien, ¿cierto? No llamamos al doctor todos los días.
—No es mi amiga —dice Emily. Le tiembla la voz y no suena muy convincente. Se arrepiente apenas lo dice. ¿Por qué tiene que mentir a Martin? ¿Por qué tiene que preocuparse de lo que piense él, si en este momento Charlotte está enferma y, probablemente, esté muriendo en una celda?—. Quiero decir…
Martin le apoya un dedo en los labios.
—Ven —dice—. Quizás podamos ver más de cerca.
Emily lo sigue y suben por la escalera trasera, reservada solamente para los guardias, hasta el puesto del centinela. Logran escabullirse y lo encuentran vacío.
—La prisión es un panóptico —empieza a explicar Martin.
—Lo sé —interrumpe Emily—. Llevo aquí más tiempo que tú.
—Es verdad —dice él—. Supongo que ya lo sabes, entonces, pero esta es la posición óptima para vigilar. Deberíamos poder ver el interior de su celda desde aquí.
Emily se da cuenta de que él está tratando de ser amable. Martin todavía quiere intentarlo a pesar de los desplantes. Ella trata de adoptar una actitud más dulce, pero se le quiebra la voz.
—Gracias.
Él le da una palmadita en la mano, solo una, y se va.
Emily se queda sola; entrecierra los ojos para ver la celda de Charlotte.
La ve, es una silueta acurrucada en la sombra.
Y allí está Thomas, con el tintineo del llavero al abrir la puerta.
El doctor Brainwright se toma un momento y junta coraje.
Emily se olvida de que la cárcel tiene un olor repugnante, al que ella se volvió inmune. El doctor agacha la cabeza y entra.