Capíulo dieciocho
CAPÍTULO DIECIOCHO
EMILY
Emily odia admitirlo, pero Holloway parece más va cío sin Charlotte.
Y más solitario. Martin aparece por los rincones y sonríe como un cachorrito esperanzado al verla, pero ella no está de humor para juguetear con él.
Thomas cena solo a pesar de todas las ideas de ahorrar para su futuro, y vuelve a encerrarse en su oficina y en la bebida.
Los días son agotadores, Emily se despierta a las seis de la mañana para cumplir un turno de doce horas; a veces trabaja más solo para no tener que volver a la casa vacía.
Cada tanto desaparece; se sienta en el suelo helado de la cárcel y se dedica a observar atentamente las líneas y las sombras que constituyen su mundo para dibujarlo.
Emily tiene que disimular su felicidad al ver que Charlotte regresa tan pronto para cumplir otra condena.
Sabe que está mal alegrarse si una amiga va a la cárcel.
Y, tal vez, también esté mal pensar que Charlotte es su amiga, porque, en realidad, solo pasaron juntas dos semanas y con rejas de por medio.
Pero Charlotte es la única persona que la toma en serio, la única que se ha molestado por averiguar qué guarda en el fondo de su corazón.
Ni siquiera ella lo sabe. Pero Charlotte despertó algo en su interior, encendió una mecha que Emily no sabía que estaba allí.
El instante en que Emily acepta que Charlotte es su amiga le provoca un placer pecaminoso.
Sin embargo, Charlotte es como el comienzo de un boceto, la idea está allí pero ni siquiera la propia artista sabe aún qué detalles van a aparecer.
Ese es el momento que más le gusta, cuando el espacio en blanco, la posibilidad, empieza a tomar forma y el dibujo adquiere vida propia.
Emily se desespera por saber qué hay dentro.
—Agresión… ¡y un cuerno! —dice Charlotte a Emily para cerrar la historia de su arresto—.
Como si fuera yo la que lo estaba agrediendo.
—Se masajea el pecho instintivamente—. Éramos doscientas cincuenta mil mujeres en Hyde Park por el voto femenino.
¡Más que en cualquier manifestación de hombres; ¡nunca se vio algo así! ¿Y sabes qué dijo el gobierno? Nada.
Emily le pasa una manta por los barrotes. Solo los guardias tienen derecho a tener las llaves; ella no.
—Lo siento mucho.
—Un día menos. Quedan veintinueve —dice Charlotte con amargura.
Emily duda un momento y dice:
—Sé que no debo decirlo, pero me pone alegre que estés aquí.
—Tú eres lo único bueno que hay en este lugar —dice, sombría, Charlotte—.
Un preso político es, por definición, una persona que reclama un trato justo en el ámbito de la política.
Como tales, tienen derecho a disponer de elementos para escribir y a llevar su propia ropa.
Y, aun así, mírame. —Charlotte tira del áspero uniforme marrón de Holloway—.
Nos aíslan, nos incomunican con el mundo exterior y nos tratan como delincuentes comunes. Esto no puede seguir así.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Emily. Charlotte no tiene capacidad de decidir en este tema.
—Ya verás. —El brillo en la mirada de Charlotte, ese que Emily reconoce de las historias de sus travesuras infantiles, la inquieta. Este es un momento tan bueno como cualquier otro para cambiar de tema y Emily está que explota por contarle las novedades.
—Voy a ir a la escuela para maestras.
—¿En serio? —pregunta Charlotte—. Pensé que ibas a ser artista.
—Nunca dije eso —dice Emily, y cruza los brazos sobre el pecho; solo habló de dibujar como si soñara despierta.
—Mi madre siempre quiso que fuera maestra y estoy ahorrando para el curso de instrucción.
—Pero ¿tú quieres ser maestra o es lo que quería tu madre?
Emily se clava las uñas en las palmas de las manos. Ahora Charlotte está tergiversando sus palabras y, sin mediar explicación, Emily se pone a la defensiva.
—Yo… las dos queremos lo mismo.
—Bien por ti, entonces —dice Charlotte.
—Podríamos ir juntas si alguna vez vuelves a la universidad —agrega Emily, que odia la ansiedad que transmite su voz, pero es incapaz de reprimirla.
Charlotte le contó todo sobre sus escapadas en Girton.
Por supuesto, Emily sabe que no podría permitirse ir a Cambridge y estudiar junto con las hijas de barones y de condes, pero Roehampton en Londres acepta mujeres y ofrece cursos para maestras.
—Ay, Emily, no voy a volver nunca —dice Charlotte—, pero estoy feliz por ti.
—Bueno, todavía tengo que ahorrar un año. Cuando termine todo esto, ¿no vas a querer volver?
—Todo esto —dice, y con un gesto indica la celda diminuta— no va a “terminar” pronto. Y, francamente, cuando consigamos el voto, para mí va a haber cosas más importantes que hacer que murmurar en los dormitorios.
—Eso no es justo —dice Emily en voz baja. Charlotte tuvo la suerte de nacer con los privilegios de la clase media y pocos son tan afortunados—. Estoy trabajando mucho para esto.
—Perdón —suspira Charlotte—. Es que creo que podrías aspirar a más que a ser maestra.
Emily se muerde la lengua para no hablar.
Charlotte no la entiende, es así de simple.
Por las historias que le contó sobre las esnobs de Girton, Emily entiende que Charlotte es tan mala persona como cualquiera de ellas y, lo que es peor, ni siquiera es consciente de ello.
En el mundo de Charlotte hay oportunidades, contactos, segundas oportunidades.
Pero la vida es una batalla constante en el de Emily.
Llegar a ser maestra es la cumbre, el sueño, no hay más que eso.
Y, en realidad, Charlotte es insensible y cruel al no querer verlo.
—Buenas noches —dice Emily. Se limpia las manos en el delantal y sale rápidamente por el corredor. El guardia nocturno se toca la gorra a modo de saludo cuando ella sale al patio.
La mañana siguiente es una de las más frías desde el invierno anterior.
Las celdas no tienen chimenea ni calefacción, y Emily tiembla porque anticipa lo que le espera barriendo y fregando los pasillos helados.
Se anuda el delantal alrededor de la cintura y se pone un chal sobre los hombros.
Ahora que está en la nómina oficial, entra decidida al edificio, lista para trabajar.
La conversación de la noche anterior con Charlotte afianzó su decisión.
No puede seguir con esta vida de trabajo pesado y enseñar es su única salida.
Sin embargo, la conversación le molestó más de lo que está dispuesta a admitir.
Cuando terminan de repartir el desayuno a las prisioneras llega Emily.
Se escuchan los sorbos y el sonido de los cubiertos; las prisioneras comen gachas y toman té frío en sus celdas.
Emily se detiene frente a la celda de Charlotte, le duelen las orejas por el frío.
Su amiga todavía está acostada, acurrucada bajo una frazada.
—Buen día —dice Emily decidida. Está dispuesta a no mencionar el desacuerdo de anoche, no vale la pena—. ¿Te quedas un rato más en la cama? —Habla con tono alegre y espera.
Charlotte aparta la manta pero solo para descubrirse la cara.
—Hola.
—Mira, aquí está tu desayuno —dice Emily—. Puedo quedarme un momento si quieres comer. —Se sienta en el suelo, cruza las piernas como siempre y espera que Charlotte haga lo mismo al otro lado de los barrotes.
—No, gracias —murmura Charlotte sin moverse de la cama.
—Mira, lamento que las cosas se hayan puesto un poco tensas anoche.
Charlotte debe de haber percibido la pena en la voz de Emily porque, finalmente, se sienta.
—No es por eso —dice—. No te preocupes. Es que… —Suspira—. Las cosas se van a poner difíciles a partir de ahora.
—¿Por qué? —pregunta Emily—. ¿Puedes acercarte por favor? Para que podamos hablar. —Mira hacia atrás. A pesar de lo amable que era su madre con ellas, Emily sabe que los empleados no deben fraternizar con las reclusas.
—No —dice Charlotte.
—Pero se te enfría el desayuno. Bueno, se enfría más.
—No voy a comer.
—¿Por qué no?
—No voy a comer nada —dice—. Nada de nada.
Emily se pone de pie con un gesto de fastidio.
—Muy bien. Tengo trabajo que hacer. —Y, con ese comentario, levanta el balde y se retira agitada.
Emily se pone a limpiar y repasa la conversación dentro de su cabeza, como si fuera un carrete interminable y molesto.
¿Por qué Charlotte no se siente feliz por ella?
Solo desea cumplir el único sueño que Marianne tuvo para ella.
Charlotte, en cambio, tenía un padrastro que gastaba fortunas para satisfacer todos sus caprichos y se daba el lujo de rechazar todo con un aire condescendiente que la exasperaba.
Y a Charlotte no le alcanza con tener sus opiniones, también tiene que imponérselas a Emily.
Pero no puede ser tan sencillo. Algo se le está escapando pero no sabe qué.
Al atardecer, Emily está arrodillada frente a la reja de una celda, limpiando telarañas gruesas como encaje, cuando Martin le toca el hombro.
—¿A qué hora sales Emily?
—Debo de haber perdido la noción del tiempo —contesta—. ¿Y tú? ¿O te toca el turno de la noche?
—No, no, yo también salgo. Pero quería decirte —dice, bajando la voz—. Yo que tú le prestaría atención a tu amiga Charlotte Evans.
Emily se pone nerviosa. No le gusta cómo usó la palabra amiga. Su relación con Charlotte es un asunto complicado y privado.
—¿Y eso por qué?
—Hoy no comió nada. Espero que no esté, en fin… —Con un gesto extraño, Martin se lleva la mano al estómago, dibuja un globo desde la cintura y arquea una ceja. Emily tarda un momento en comprender.
—Ah, no. No, no, claro que no.
Emily empieza a sudar. Martin se va arrastrando los pies desmesuradamente grandes.
—Pensé que debías saberlo. Buenas noches, Em.
—Buenas noches —contesta, aunque ya se está girando. Sube la escalera de dos en dos peldaños hasta el piso donde está la celda de su amiga. Charlotte escuchará sus pasos —todo hace ruido en Holloway—, pero Emily baja la velocidad frente a una celda cercana para recuperar el aliento.