Capíulo diecisiete
CAPÍTULO DIECISIETE
CHARLOTTE
Por fin, Charlotte puede lucir el broche de la pri sión y justo a tiempo.
Es domingo y amanece; jamás habría perdonado perderse la marcha de hoy, la estaba promocionando cuando la arrestaron y llegó el día.
Sadie la está esperando a la salida de Holloway con un abrazo y la promesa de una taza de té caliente. Vuelve a ser una mujer libre.
—Vamos. Tengo que contarte todo.
Hace dos semanas que la Unión trabaja intensamente para difundir la próxima marcha y convocar a mujeres tanto de Londres como de todo el país.
“El Domingo de las Mujeres”, como lo denominó Adeline, va a ser un hito en la organización.
Están esperando al menos cien mil manifestantes, a las que se indicó a través de Voto femenino que concurrieran vestidas de blanco para destacar en las fotografías en blanco y negro de los periódicos.
Mientras Sadie y Charlotte conversan, las mujeres llegan masivamente a la ciudad en trenes y carruajes, incluso a pie.
Las militantes de la Unión dibujaron mapas a mano para que se orientaran y se reunieran en puntos específicos cerca de Hyde Park.
El parque se convertirá en un mar blanco cuando la protesta comience oficialmente; las mujeres, como una bandada de cisnes, marcharán dignas y elegantes con sus consignas.
Sadie y Charlotte se reúnen con Adeline, Isabel y Jessie —la mejor amiga de Isabel y una de las primeras voluntarias de la Unión— en la sede central; todas portan grandes estandartes cosidos a mano. Adeline lleva un vestido blanco sencillo y un ramito de violetas prendido en el sombrero.
—Será mejor que nos pongamos en marcha. Bienvenida de nuevo —dice, apoyando las manos en los hombros de Charlotte; a ella se le llenan los ojos de lágrimas por el gesto.
Las demás ya salieron rumbo a Hyde Park para montar las tarimas de las oradoras y para coordinar a las delegadas de las sedes locales de la Unión.
Sadie se queda con Charlotte para que duerma una siesta y coma, pero no tardan en tomar sus estandartes de dos metros y van juntas hacia el oeste.
Se bajan del ómnibus tirado por caballos cerca del Marble Arch.
—¡Rápido! —grita Sadie.
Charlotte se levanta las faldas y acelera el paso.
—¿Puedes llevar uno de estos? —dice. Si está en pie es por el exceso de adrenalina, pero ya se le está agotando.
Sadie la libera de uno de los estandartes y se lo pone al hombro.
—¿Quieres hablar de Holloway? Siempre es difícil la primera vez —pregunta Sadie. Empiezan a caminar lentamente a medida que se acercan al parque—. En realidad siempre es difícil.
Charlotte se encoge de hombros.
—Fue deprimente, helado y húmedo, todo pica… creo que esta tos es lo único que me llevo de la experiencia.
Sadie asiente. Intentar contarle cómo es estar en prisión a cualquier persona podría llevar horas. Charlotte no concibe compartir esa experiencia con nadie de su vida anterior pero Sadie entiende. Basta con unas pocas palabras.
—Ah, estuve hablando con la hija del director.
—¿Te lo imaginas? —rezonga Sadie—. Yo me horroricé cuando mi padre intentó reprimir la huelga de repartidores de periódicos. No le dirigí la palabra durante semanas, hasta que aceptó negociar con ellos.
—Lo sé. Es espantoso.
—Si el trabajo de mi padre fuera encarcelar activistas como si fueran criminales comunes, yo ya hubiera huido.
—Es más fácil decirlo que hacerlo, supongo —dice Charlotte.
Está pensando en su madre, de quien no ha recibido una sola carta desde que abandonó la universidad.
Cortar el contacto con ella fue fácil pero, en el fondo, siempre tuvo la esperanza de que Sarah se quejara por el distanciamiento.
¿No debería existir una conexión biológica entre madre e hija?
—Llegamos —dice Sadie.
Charlotte se queda sin aire por un instante.
Los cuerpos vestidos de blanco le nublan la vista; debe de haber un error.
Pero no, cierra los ojos, vuelve a abrirlos y allí está, una multitud que se extiende en todas las direcciones y hasta donde alcanza la vista: mujeres.
Mujeres con vestidos blancos y sombreros llenos de flores como el de Adeline.
Mujeres que cantan, ríen y caminan desde las aceras hacia el centro del parque, luciendo sus bandas tricolores.
Hay vértigo en el aire, como cuando los chicos salen temprano de la escuela.
Charlotte y Sadie enlazan los brazos para abrirse paso entre la multitud.
—Nunca había visto algo así —dice Charlotte.
A Sadie le brilla la mirada.
—Es la primera vez que pasa.
Sadie y Charlotte absorben la energía del ambiente, las vibraciones de lo posible que palpitan en la multitud, en los árboles, en ese cielo de un azul deslumbrante.
Es domingo, así que hasta las mujeres de la clase trabajadora están aquí; se las puede identificar por los delantales raídos y los sencillos sombreros de paja. Todas son hermosas.
—Busquemos a las demás —dice Sadie y toma a Charlotte del codo. Atraviesan los senderos serpenteantes del parque intentando avanzar entre la multitud de sufragistas que no deja de crecer—. Ah, mira quién está aquí —susurra Sadie—: Maggie Andrews, la amiga de Adeline.
Charlotte sigue la mirada de Sadie y ve a una mujer en silla de ruedas. Lleva una bandera de la USPM extendida sobre el respaldo; parece una carroza de desfile para una sola persona.
—Y allí —dice Sadie— está Constance Cunningham, esposa de un conde.
—¿Desde cuándo sabes tanto de la nobleza? —bromea Charlotte.
—No me interesan los títulos —dice Sadie—, pero hasta yo sé que los condes tienen una chequera importante.
Parece que no hay comienzo ni fin para la afluencia de mujeres. A medida que Sadie y Charlotte se adentran en el parque, les cuesta más orientarse.
—La manifestación es imponente, ¿no crees?
Charlotte y Sadie se giran, y encuentran a Adeline que tiene las manos entrelazadas delante de su rígido corsé.
—Es maravillosa —comenta Sadie.
—Lo lograron —añade Charlotte.
—Todas lo logramos —dice Adeline.
—Y la prensa está fascinada. —Sadie señala a un grupo de periodistas que se destaca como una mancha de tinta en el mar blanco de mujeres.
—Sí, esto tendría que demostrar a la sociedad que las mujeres que quieren votar son tan capaces de organizarse como los hombres y de un modo bello y eficaz.
Cuando la Liga por la Reforma masculina se manifestó aquí en la década de 1860 hubo un estallido de violencia y, a pesar de eso, se amplió el derecho al voto masculino.
Pero hoy miren: organizamos una reunión pacífica, refinada, decidida y con el doble de convocatoria que aquella de los hombres.
—Impecable.
En la multitud se escucha una melodía de tres notas interpretada por la banda de mujeres.
—Es hora de que también marchemos nosotras —dice Adeline. Endereza los hombros y desaparece en la multitud, donde se unirá a Isabel y guiarán a las masas. Isabel toma del brazo a su madre en medio del barullo. Charlotte ni siquiera puede imaginar una madre así.
La muchedumbre empieza a avanzar. Sadie y Beatrice se dejan llevar y se sumergen juntas en la marea de mujeres.
Alguien empieza a cantar, una voz solitaria; rápidamente, se le unen todas: la letra salió impresa en Voto femenino, y aunque Charlotte no tuvo tiempo de memorizar las palabras, se une como puede.
Hay una sensación de euforia, todas las voces resuenan juntas en el aire fresco.
¡Marchen, marchen, canten su canción!
Clama al viento del nuevo día;
¡marchen, marchen, con decisión!
La esperanza y el viento nos guían.
Charlotte y Sadie avanzan con la multitud.
Ven carteles que identifican a las mujeres por todo tipo de oficio y origen.
Una delegación de Liverpool va al frente; las maestras caminan juntas en la retaguardia; Jessie está al frente de las trabajadoras de las fábricas textiles de Lancashire; incluso hay graduadas universitarias, que llevan birretes y togas en vez de vestidos blancos, aunque adornados con bandas sufragistas, que caminan junto a un estandarte de Oxbridge.
Charlotte se siente atravesada por una punzada; pero no es envidia, se siente identificada.
Cada tanto alguien se presenta y comparte de dónde viene y cómo llegó allí.
Todas están conectadas por una sinfonía de historias.
La multitud se detiene en el Marble Arch después de una hora.
Adeline sube a un pequeño escenario de madera para pronunciar su discurso.
Charlotte y Sadie no llegan a entender lo que dice desde donde están, hay cientos de personas delante de ellas.
Pero las mujeres que están alrededor aplauden de todos modos.
—No puedo creerlo —murmura Sadie. Charlotte mira hacia atrás.
La marea de mujeres se extiende hasta donde no llega la vista; son miles las caras, los vestidos, las voces.
Todas están pendientes de las palabras de Adeline, todas ellas le están dedicando su tiempo, su día, su orgullo, a la causa. Charlotte mueve la cabeza maravillada.
—Lo logramos.
Charlotte toma consciencia al atardecer de cuánto le duelen los pies; casi no ha descansado desde su liberación, siente que sus piernas son de plomo y que son demasiado pesadas para su cuerpo.
Pero no se hubiera perdido esto por nada del mundo.
Tiene el corazón desbordado de emoción y de una esperanza palpitante y urgente.
Siempre deseó ser parte de algo con todas sus fuerzas.
Y ahora es parte de esto, de este encuentro trascendental, hermoso, extraordinario…
más significativo de lo que podía esperar.
Por cierto, esto va a inspirar el cambio.
Mañana van a ser el centro de las miradas de todo Londres cuando los periódicos informen sobre la multitudinaria marcha, la elegancia y la elocuencia de miles de mujeres que exigieron, al unísono: “Voto femenino”.
Charlotte está tan agotada que quiere echarse a llorar cuando regresan a Park Lane esa noche. Sadie prepara un baño y la ayuda a meterse en la bañera. Charlotte levanta las piernas con cuidado y siente que el cuerpo se le afloja.
—¿Quieres que me quede?
Charlotte se siente agradecida, necesita la compañía de Sadie en este momento.
—Llorar está bien, ¿sabes? —susurra Sadie—. Ahora nos tenemos la una a la otra y puedes apoyarte en mí.
A Charlotte se le llenan los ojos de lágrimas.
Pasó tanto tiempo desde la última vez que se permitió llorar delante de alguien.
Lo deja salir con la respiración entrecortada, sin almohada ni puerta cerrada que amortigüe el sonido.
La desolación total de Holloway, la euforia de la marcha y el agotamiento extremo se aflojan a medida que Sadie vacía jarras de agua tibia en su espalda.
Se enrosca sobre sí misma y las lágrimas comienzan a caer en cascada sobre el agua turbia.
Charlotte y Sadie rastrean los periódicos la mañana siguiente buscando noticias sobre la marcha.
—Aquí, mira el Morning Post —dice Sadie mientras sostiene una sección delgada de la publicación—.
“Se estima que ayer se reunieron más de doscientas mil sufragistas en Hyde Park. No hay duda de que las mujeres han dado de qué hablar al primer ministro. Pero de ahí a demostrar que existe un apoyo generalizado al voto femenino entre las mujeres hay una distancia…”.
—¿Y eso? —interrumpe Charlotte.
—“Las mujeres tienen menos resistencia y fuerza física que los hombres” —continúa Sadie levantando la voz—. “Creemos que si las decisiones supremas del Estado estuvieran determinadas por mujeres se debilitaría la fibra moral de la nación”.
—¡No! —grita Charlotte—. Déjame ver el Daily Mirror.
—Revisa la pila de papeles que está sobre la mesa—.
“Miles de mujeres hicieron sentir su presencia en el sufrido Hyde Park durante la tarde de ayer…”.
¿El parque? ¿Sufrido? Por Dios. “No se le debería permitir votar a nadie solo porque quiere hacerlo. El derecho a votar debería, en la medida de lo posible, estar basado en ciertos principios”.
Charlotte arroja el periódico.
—¿Y qué pasa con el principio de igualdad?
—Qué locura —dice Sadie—. No puedo creer que después de la manifestación más grande en la historia de Hyde Park esta sea toda la cobertura que conseguimos.
—¿Y qué consecuencias tendrá para el movimiento? —pregunta Charlotte.
Sadie apoya la barbilla en las manos.
—No puedo quedarme aquí sentada —insiste—. Vayamos a arengar a las calles. Que nos arresten.
—Pero acabas de salir en libertad, ¿no estás cansada? —pregunta Sadie.
Es verdad. A Charlotte le duele el cuello de tanto temblar en la fría celda de Holloway y también las piernas por la caminata de ayer. Pero ¿para qué prolongar lo inevitable?
—Estoy cansada de quedarme tranquila. —Se pone de pie, ya está pensando nuevas estrategias. Los viejos métodos no funcionan. Esperar con paciencia no alcanza—. Vamos.
Están instaladas en pocas horas con un cajón cerca de Oxford Circus y empiezan a vociferar la consigna “voto femenino”. En pocos minutos llegan los policías. Los agentes toman a Charlotte de los brazos con tanta fuerza que le aparecen moretones casi al instante.
—Sé buena y vete a casa —le susurra al oído un oficial—. Eres buena, ¿no es cierto? —Charlotte siente el aliento caliente en el cuello y la mano que trepa hasta uno de sus pechos y lo aprieta con violencia.
Sadie se deja caer y permite que el otro agente le quite el cajón. Pero Charlotte ya no tiene paciencia. Está agotada, frustrada y ahora le duele un pecho. Insulta al policía sin pensarlo y le da un pisotón.
—Lo que creía —dice el hombre con una sonrisa maliciosa—. Eso va a ser un cargo por agresión, ¡sí, señor!
Sadie se va haciendo pequeña desde la ventanilla trasera del camión que lleva a Charlotte rumbo a Holloway. Seguramente esta vez la sentencia será más larga y tendrá que intentar algo diferente.