Capíulo dieciséis
CAPÍTULO DIECISÉIS
BEATRICE
El padre de Beatrice ya le había puesto nombre a la yegua cuando se la presentó para su décimo cumpleaños.
—July —informó, y le dio una palmada en el anca trasera con la mano bien abierta—. Es brillante como el sol y rápida como un rayo, igual que tú.
Era una yegua preciosa, con ojos tristes color chocolate y una mancha con forma de estrella en la frente.
Fue amor a primera vista. En cuanto la institutriz cerraba el libro de lecciones de la tarde, Beatrice salía corriendo a toda velocidad por el jardín, atravesaba los prados, cruzaba de un salto el arroyo y llegaba, sin aliento, al establo.
Su madre la obligaba a ponerse la ropa de montar cuando la descubría.
Pero si lograba escaparse de la casa sin que nadie se diera cuenta, se levantaba un poco la falda, montaba a July a pelo y se lanzaba al prado con una patadita suave y un chasquido.
Beatrice adoraba a su caballo y le encantaba estar en el granero. Le hablaba, le cantaba y le acariciaba la crin larga y áspera; July movía las orejas de placer. Beatrice hubiera dormido en el granero todas las noches, acurrucada junto a la yegua, su centinela. Pero no era lo correcto. Estaba mal.
Había muchas cosas en Beatrice que estaban mal cuando era pequeña.
Hacía demasiadas preguntas. Guarda un recuerdo nítido de cuando tenía cuatro años, que muestra a Beatrice y a Nana a la hora del baño…
le llevó años a Beatrice entender que no todas las niñeras se llamaban Nana, pero esa es otra historia.
—¿Mamá y papá son amigos? —preguntó Beatrice, aplastando una burbuja iridiscente en la superficie del agua.
—Por supuesto —dijo Nana.
A Beatrice se le hacía difícil creer que eso podía ser cierto a pesar de sus cuatro años.
No veía hablar a sus padres con frecuencia y mucho menos que pasaran tiempo juntos.
Su padre casi siempre estaba en su estudio o se iba a largos viajes de caza.
Su madre pasaba sus días en la sala de estar o arriba, con dolor de cabeza.
—Tienes que casarte con tu mejor amigo —añadió Nana, mientras masajeaba con jabón los rizos claros de Beatrice—. Es la única forma de ser feliz. —Nana tendría unos treinta años y, seguramente, soñaba con algún amor perdido años atrás.
—Mi mejor amiga es Grace —dijo Beatrice, pensando en la niña que vivía en la finca vecina. Nana rio y ayudó a Beatrice a salir de la bañera.
Beatrice dijo a su madre al día siguiente que quería casarse.
—Es maravilloso, querida —dijo Helen y levantó la vista del bordado para mirar a su hija.
Ella nunca habló a Beatrice como se habla a una niña pequeña; tenían la misma nariz angulosa y los mismos labios rosados, aunque Helen tenía el cabello color caramelo oscuro mientras que el de su hija era claro como la paja.
—Tengo que pedírselo a Grace ya mismo.
—¿Por qué?
—Porque voy a casarme con ella.
—Qué tonterías, querida. Vas a casarte con un caballero de Kent —dijo Helen, esta vez, sin levantar la mirada de su labor.
Beatrice quiso explicarle que tenía que casarse con su mejor amiga y que además no conocía a nadie en Kent. Pero su madre había empezado a frotarse las sienes, clara señal de que se avecinaba una de sus migrañas. Beatrice salió de la habitación sigilosamente.
Nana y Helen olvidaron por completo aquella conversación con los años.
Beatrice creció y se convirtió en una joven bonita, elegante y obediente.
Era la favorita de su padre, por lo que desarrolló el gusto por el whisky y un agudo sentido del humor.
Era seductora pero respetable, malcriada pero con límites.
Sus padres no pudieron tener otro hijo, pero se sobrepusieron a la decepción cuando Charles logró cambiar las restricciones hereditarias para que su hija pudiera heredar la finca cuando se casara.
Podían vivir sin un hijo varón siempre y cuando hubiera quien los heredara.
La única queja de Helen tenía que ver con July.
¿Con qué necesidad, protestaba Helen, su hija tenía que cabalgar sobre esa bestia todos los días?
No era bueno para su postura ni para su salud.
Y aunque Charles hacía la vista gorda, Helen no podía permitir que una muchacha —porque Beatrice ya no era una niña— montara a caballo.
Podría ser aceptable si montara a lo amazona, con ambas piernas hacia un lado y en la inauguración de alguna temporada de caza, pero eso de cabalgar en pelo todos los días y desaparecer durante horas no era nada decente.
Cada vez que veía a su marido, Helen le suplicaba que dejara de malcriar a su hija.
Pero, en realidad, rara vez interactuaban.
El verano anterior a Girton —el verano del incidente— Beatrice pasó largas horas cepillando a July, se ensució las manos y se le hicieron todos los callos que pudo en señal de rebeldía.
El establo para entonces ya necesitaba una mano de pintura nueva y July había perdido su exuberancia juvenil.
Sin embargo, con un chasquido, Beatrice se lanzaba con ella a galopar lejos de las miradas indiscretas; juntas, era como si volaran sobre el prado.
Ese verano, en realidad, no tenía ninguna intención de desobedecer a sus padres. Pero no tardó en lamentarlo y mucho.
Beatrice vuelve a casa tras la expulsión de Charlotte y la proposición de Daniel; July relincha al escuchar su voz.
Daniel vendrá a Champney House y pedirá su mano en matrimonio en breve, a lo que sus padres, por supuesto, accederán entusiasmados y aliviados.
Pero Beatrice necesita olvidar hasta ese entonces.
Corre hacia su vieja yegua con los ojos llenos de lágrimas y todas las tensiones acumuladas en el cuerpo durante el otoño se diluyen al ver a July.
Los rayos de sol se filtran por las ventanas del establo, las motas de tierra suspendidas en el aire resplandecen como si fueran polvo de hadas.
Monta a July de un salto y se inclina hacia adelante; se abraza al tibio pescuezo y hunde la cara en la crin color ámbar.
El balanceo del lomo bajo el sol y la melena brillante de su yegua son un bálsamo frente a todo lo que la rodea que es tan confuso y está tan equivocado.
Escuchar el sonido de los cascos contra el suelo, agachar la cabeza instintivamente para esquivar las ramas bajas, apretar las rodillas y los pies cada vez que July salta un tronco es lo que necesita para volver a habitar su cuerpo.
Beatrice hizo sus exámenes en un aula donde estaban solo ella y su supervisora al final del semestre.
Una docena de muchachos estaban haciendo el mismo examen en un edificio al otro lado del campus.
Lo organizaron así para evitar que ella se convirtiera en una distracción, pero a Beatrice no le importó.
El título no tendrá ningún valor pero, al menos, le sirve para sacar de quicio a su madre.
Beatrice querría estar muy lejos, en Londres.
Lee el periódico todos los días buscando información sobre las últimas actividades de la USPM.
Consiguió un ejemplar de Voto femenino apenas pudo, aunque le dio vergüenza comprárselo a las voluntarias que ya conocía.
En Londres pasan cosas. Todo en Cambridge parece frívolo en comparación.
Beatrice es capaz de recitar los dictados del derecho consuetudinario, memorizar los comentarios de Blackstone…
pero ¿de qué sirve eso cuando la USPM está desatando tormentas con sus protestas y campañas?
Lee las noticias en vez de repasar para sus exámenes finales.
La dejan sin aliento las fotografías de mujeres con uniformes carcelarios, algún mapa de Hyde Park con información sobre la próxima marcha, los miles de mujeres borradas del censo intencionalmente.
Parece que Adeline Hurston pronunció un discurso memorable en un mitin reciente. Se lo perdió.
Beatrice no necesita pensar cuando cabalga.
Ella misma es un animal en movimiento, se fusiona con July, son una sola.
Las pisadas de su yegua son perfectas y conocen cada piedra, cada arroyo.
Nunca tropieza. Beatrice aprendió sola a montar a July al galope de pequeña y también a guiarla con un suave tirón de la crin; casi nunca le ponía las riendas y hasta descubrió cómo saltar del lomo y caer en el lago con un chapuzón, si tenía ganas de nadar.
Hace años desde la última vez que Beatrice montó al galope o de espaldas, pero sabe que aún podría hacerlo si quisiera.
Se siente más cómoda sobre un caballo o con ellos que en cualquier otra parte.
Su cuerpo nunca la traiciona cuando cabalga.