Las buenas hijas Capíulo quince
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Capíulo quince

CAPÍTULO QUINCE

EMILY

—¿Qué estás dibujando?

Emily se sobresalta. Está sentada en el suelo de piedra frío con la carbonilla y la hoja de dibujo apoyadas sobre las rodillas. Esta tarde la prisión está muy silenciosa; de hecho, Emily hoy no ha hablado con nadie.

—¿Puedo verlo?

La nueva reclusa mira por los barrotes de su celda. Emily localiza la voz y estudia el corredor para verificar que no haya nadie cerca. El pasillo está vacío. Se pone de pie, se alisa la falda y se encamina hacia allí.

—No deberías gritar —dice Emily con naturalidad.

Sus ojos están a la misma altura que los de la prisionera, y las rejas que separan los dos rostros de poco sirven para enmascarar el hecho de que la presa tiene, más o menos, la misma edad que ella.

El rostro de la muchacha es pálido y una parte está en sombras, pero los ojos resplandecen en la penumbra.

—No estaba gritando —responde— y solo sentía curiosidad. No me lo tienes que mostrar si no quieres.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Emily.

—Soy Charlotte Evans —Charlotte saca tres dedos por las rejas; no alcanza para darse la mano, pero el gesto se parece bastante. Emily sonríe y toma los dedos de la chica entre los suyos—. ¿Así que eres artista?

—Ah, no —protesta Emily, sintiendo el calor que le sube por las mejillas—. Para nada. Yo solo… es que pensé que no iba a verme nadie. Tendría que estar haciendo mis tareas…

—Bueno —dice Charlotte—, prometo no contar nada si me dejas ver qué estás dibujando.

Emily duda, no tanto porque le disguste la idea, sino porque la divierte. Se encoge de hombros y levanta la hoja.

—Si insistes.

Charlotte se acerca tanto que aplasta la nariz contra los barrotes de metal. Emily ve que ha estado llorando; la piel que rodea sus ojos está hinchada y rosada. Aun así, tiene una expresión imperturbable, así que Emily entiende que es mejor no mencionarlo.

—¡Es muy bueno!

—No, no es nada. —Emily se pone colorada. Dios, no ha mostrado sus trabajos a nadie desde que vivía su madre. Y este, bueno, ni siquiera es un dibujo, es apenas un boceto, un esquema; en realidad es el esbozo de una imagen.

—Es brillante —insiste Charlotte—. Tú eres Emily Brown, ¿no es cierto?

Emily asiente.

—Sé todo sobre ti. Lamento lo de tu madre.

Emily siente que algo le oprime la garganta, pero se queda más sorprendida que triste al escuchar que esta desconocida menciona a su madre.

—Gracias —dice Emily en voz baja—. Escucha, tengo que irme, pero si necesitas algo… —La voz se le va apagando.

Los ojos marrones, muy separados, de Charlotte, buscan el rostro de Emily.

—¿Sí?

—Solo iba a decir que, si necesitas algo, házmelo saber.

—Necesito algo —dice Charlotte, con un gesto inexpresivo—. Necesito que mañana vengas a visitarme otra vez.

Emily frunce el ceño, pero hay algo en la cara de Charlotte que la hace aceptar.

Se retira por el corredor doblando el papel de dibujo en cuadrados para guardárselo en el bolsillo.

Después el día vuelve a la normalidad: barre, friega, flexiona los nudillos que duelen hasta que hacen “crac”.

Desde afuera todo parece igual. Como cuando se arroja un guijarro a un lago: las ondas desaparecen pronto y la superficie retorna a su fachada lisa y despejada.

Pero hay algo que ha cambiado: el guijarro quedará allí para siempre, fijo e irrecuperable.

Al día siguiente Emily vuelve como prometió; esta vez trae provisiones de contrabando: dos rebanadas de pan negro y un poquito de manteca ocultos entre los pliegues de una manta reglamentaria, de las que pican.

—Ah, gracias —dice Charlotte, sonriendo como si saludara a una vieja amiga y no a alguien con quien estuvo unos minutos el día anterior. Como si Emily no hubiera estado toda la noche repasando su conversación una y otra vez en su cabeza.

Los encuentros se repiten durante las dos semanas que dura la condena de Charlotte.

Emily descubre que la muchacha no solo es divertida; también es muy inteligente.

Oye fragmentos de historias sobre escapadas con ciclistas en Lincolnshire y de travesuras en el Girton College que le provocan punzadas en el estómago por los celos.

Hay algo en Charlotte que hace que Emily no solo quiera escucharla, sino que, además, confíe en ella.

Su percepción casi sobrenatural la vuelve confiable.

—Te gusta, ¿no es cierto? —dice un día que ha visto a Emily cruzarse con Martin en la puerta de su celda.

Emily empieza a sudar y le pide que se calle hasta que Martin se aleje y no pueda escucharlas. Se sorprende a sí misma contando a Charlotte que él la invitó a tomar el té y también que dijo que todas las sufragistas son unas histéricas.

—Para ser honesta —dice Charlotte, con los brazos cruzados sobre el pecho, un gesto que transmite seguridad y, a la vez, la ayuda a mantener el calor en la celda fría—, estoy segura de que mi propia madre coincide con el diagnóstico de Martin.

—También la mía —dice Emily—. Quiero decir… hubiera coincidido.

—No lo habría pensado de ella. —Charlotte se sienta en el suelo con las piernas cruzadas. Después de observar atentamente el pasillo, Emily también se sienta; ahora están rodilla con rodilla, pero hay barrotes entre ellas.

—¿Qué sabes de mi madre? —pregunta Emily. Hace días que se muere de ganas de preguntar.

—Creo que no demasiado —admite Charlotte—, pero en mi círculo Marianne Brown era conocida por ser una presencia compasiva aquí, en Holloway. Alguien confiable que, al menos, distribuía las raciones con justicia y siempre tenía una palabra amable.

A Emily le pesa el pecho, duele hablar de ella. Pero, teniendo en cuenta que su padre no volvió a pronunciar el nombre de Marianne desde el funeral, este dolor es de los buenos. Un dolor sanador, como cuando se desprende una costra: la piel está sensible pero limpia debajo.

—Y cuando dices “mi círculo”… —indaga Emily.

—La Unión Social y Política de las Mujeres —responde Charlotte y levanta la barbilla—. Estoy aquí por invitación de ellas.

—Ya veo. —Emily sospechaba que pertenecía a la USPM. Últimamente casi todas las prisioneras jóvenes pertenecen a la organización.

—¿Quieres unirte? —pregunta Charlotte y apoya la barbilla en las manos.

Emily ríe.

—Nunca dije que no estaba de acuerdo con Martin.

—No importa. Tenía que intentarlo —dice Charlotte—. Y, si me permites, me parece que no estás de acuerdo con él.

Emily visita su celda cada vez que puede, aunque debe tener cuidado de no levantar sospechas; la impulsa una mezcla de soledad y de curiosidad.

Nunca ha conocido a nadie así, tan abierta, tan segura de sí misma y, lo mejor, tan interesada en saber sobre ella.

Charlotte se alegra cada vez que ve a Emily y, a pesar de los accesos de tos seca que parecen empeorar cada día que pasa en la cárcel, siempre tiene ganas de charlar.

A lo mejor solo quiere una distracción, no es fácil pasar los días mirando la pared.

Pero la realidad es que nunca habla por hablar, nunca menciona el clima o la comida, no le interesa lo prosaico.

—Cuéntame algo de ti que yo no sepa —pide Charlotte—. Dime cuál es tu deseo más secreto.

Emily se echaría a reír si fuera por ella; ignoraría, por tonta, la petición —o más bien la exigencia— de esta mujer que apenas conoce.

¿Por qué está interesada en sus íntimos deseos?

¿Quién es Charlotte Evans y por qué tiene el aplomo de alguien que podría doblarla en edad?

Pero, en ese rostro amable y en esos ojos grandes, Emily encuentra a la primera persona preocupada por saber qué guarda en el fondo de su corazón.

Y cuando pasa la conmoción que le provoca semejante descaro, no puede más que sentirse agradecida.

—No tengo deseos secretos —dice ella deseando tenerlos—. Quiero ser feliz y que mi padre se sienta orgulloso de mí. ¿Y tú?

—Quiero conseguir el voto femenino, por supuesto.

—Eso no es un secreto.

—No. —Charlotte sonríe—. Tampoco el tuyo. De verdad, ¿no hay algo que quieras más que nada en el mundo?

Emily trata de recordar la última vez que se sintió profundamente feliz. Tuvo que haber sido cuando su madre todavía estaba viva. Pero no existe deseo tan grande que pueda regresar a Marianne de la muerte. Su deseo, en realidad, es no estar aquí, armarse una vida lejos de Holloway.

—¿Qué te encanta hacer? —propone Charlotte.

—Dibujar. —Es una respuesta instintiva, pero se siente auténtica al pronunciarla. La única oportunidad de escapar de su propia mente, de su propia vida, el único momento en que controla su mundo, es cuando tiene un lápiz en la mano.

—Entonces, tienes que dedicarte a eso —dice Charlotte. Y al decirlo, eso que parecía imposible e informe se vuelve simple, así como así. Tiene que hacerlo, ahora está muy claro. A Emily le palpitan las sienes. Alguien se acerca, y al oír el tintineo del llavero, se pone de pie rápidamente.

—Mejor me voy —dice Emily, y ya ha recorrido la mitad del pasillo cuando un guardia comienza a abrir las celdas cercanas.

Las prisioneras salen una vez al día a caminar al patio, en fila y de una en una, en un gran círculo como una troupe de animales de circo cansados.

Es el momento en que Emily sufre más por Charlotte.

Siente que está con una hermana que perdió hace mucho cada vez que conversan a través de las rejas, pero cuando los guardias esposan a Charlotte y la llevan a caminar, le recuerda a Emily que no son iguales.

Sin embargo, incluso bajo la mirada apática de los guardias, emana de Charlotte una especie de resplandor, una luz que no merma en intensidad.

—Em —dice Thomas cuando Emily llega a casa esa noche. La tetera silba sobre la estufa y la cocina está bañada por la luz de las velas, un cambio bienvenido si se compara con la oscuridad casi total a la que está acostumbrada.

—Has vuelto temprano —comenta en voz alta.

—No te sorprendas tanto —dice él y le acerca una silla—. Siéntate.

Ella se quita la bufanda y se sienta, tratando de disimular su desconcierto.

Puede contar con los dedos de una mano las veces que su padre llenó la tetera y ahora, inexplicablemente, le ofrece una taza de té y se sienta junto a ella.

Tiene la mirada clara, esta noche no ha bebido para variar.

Se siente un silencio pesado sobre ellos.

Emily mira absorta una pequeña mella en el borde de la taza, una de las últimas reliquias del juego de porcelana barata que sus padres heredaron con su boda. Por fin Thomas rompe el silencio.

—Tu madre y yo… —carraspea— hablábamos de que debías seguir con tu educación. —Su voz tiene un tono tan lastimero que Emily quisiera abrazarlo, pero sigue mirando la taza y escucha—. Tu madre quería que fueras maestra.

Emily asiente.

—Siempre te fue bien en la escuela —dice Thomas y los dos piensan en días más felices.

Para ella es un recuerdo muy nítido: el orgullo de sus padres cuando les traía un ensayo con la nota más alta—.

La idea es que fuera una sorpresa —continúa—; tu madre y yo ahorramos un tiempo y ya teníamos para pagar tu primer semestre casi por completo.

Emily no se atreve a levantar la mirada. Recorre el borde de la taza con los dedos, anticipa el “pero”.

—Entre los médicos y el funeral… —al padre se le quiebra la voz—.

Bueno, me temo que nuestros ahorros no son lo que eran.

Y no voy a decir que siempre estuve de acuerdo con tu madre en eso de que más escuela iba a compensar el gasto.

Pero lo he estado pensando y si haces horas extra aquí y ahorras tu salario, habría una posibilidad de que fueras a la escuela de maestras el año que viene.

A menos que prefieras ahorrar el dinero para algo más práctico como una boda, quizá, y en el futuro una casa.

Conmocionada, por fin mira a su padre a la cara. Él sonríe, la piel alrededor de los ojos se le arruga y se le forman pequeños destellos, iguales a los rayos que Emily dibujaba alrededor del sol cuando era chica.

—Cada generación lo pasa un poco mejor que la anterior. Mi padre vino de Irlanda sin nada, enfrentó muchos prejuicios y dificultades y aquí estoy yo, con un trabajo en el Estado. Y tú tienes un futuro brillante por delante. —Está orgulloso y, por primera vez en mucho tiempo, casi feliz.

—Gracias, papá —dice ella—. Voy a trabajar y a ahorrar para… para algo. Te… agradezco tanto...

Se queda sin aire cuando la última oración que quisiera pronunciar se disuelve en el aire…

Desea que su madre estuviera aquí, eso es lo que querría decir.

Vuelve aquella promesa que le hizo en su momento: “No vayas con nadie al altar antes de tener tu certificado de maestra”.

Emily toma las manos de su padre y él la estrecha contra su pecho.

Emily inhala ese olor rancio a café y tabaco de su camisa que le resulta tan familiar.

Quiere que Charlotte sea la primera persona en enterarse. Pero su amiga ya no está allí cuando llega a la celda la mañana siguiente.