Las buenas hijas Capíulo catorce
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Capíulo catorce

CAPÍTULO CATORCE

BEATRICE

Girton es más aburrido sin Charlotte, le falta co lor.

El otoño se va destiñendo en el campus y, todos los días, Beatrice nota que las hojas policromáticas caen lentamente, ya oscuras y marchitas.

Ni siquiera el lenguaje arcaico de la filosofía del derecho logra cautivarla como antes.

Las hojas secas van de un lado a otro frente a la ventana de su habitación llevadas por el viento y ella mira, deseando que sean copos de nieve…

algo frío y quebradizo que justifique el hielo que le desgarra el corazón.

Beatrice se recuerda que es lo mejor. Tiene que serlo.

Daniel la invita a tomar el té en el pueblo; le retira la silla para que se siente y ella acompaña con risitas nerviosas las anécdotas de su última regata.

Pero, en los posos del té, ve su propia traición.

En el camino de vuelta al campus, cuando cruzan el Puente de los Suspiros, se ocultan tras una antigua columna de piedra y Daniel le da un beso en la mejilla. Ella tiembla cuando él la toca.

Beatrice no volvió a asistir a las reuniones de la USPM desde que Mrs. Pennington las descubrió en aquella esquina.

Le duele en el alma no ser parte de la lucha por el voto.

Porque, desde que tiene memoria, Beatrice siempre estuvo tres pasos adelante en cualquier discusión, exigiendo “cómo” y “por qué no” y “demuéstralo”.

Cuando descubrió que había un mundo de mujeres que luchaban por vivir vidas plenas, por ser ellas mismas, no podía no ser parte de él.

El voto femenino equivalía a dar voz a su propia ambición, equivalía a no tener que esconder sus pasiones ni sus deseos ni sus aspiraciones más íntimas.

Pero fue imprudente, descuidada, se dejó arrastrar por el idealismo y olvidó el peligro.

Nunca se sintió bienvenida en su propio hogar.

Había una razón poderosa por la que Helen, su madre, insistió con los dientes apretados en que Beatrice ingresara a Girton y encontrara marido.

De lo contrario no vería un centavo de su herencia…

o, incluso, podía pasar algo peor: el incidente.

Esa es la razón por la que Mrs. Pennington la vigilaba tan de cerca; Helen había exigido a Mrs. Pennington que controlara a su hija y la cuidara para no caer en comportamientos antinaturales.

Beatrice sabía que apartarse del movimiento era lo mejor, aunque detestara la idea de lastimar a Charlotte.

Habían forjado el tipo de amistad que ella siempre había buscado y su amiga era tan inteligente, graciosa, brillante y valiente…

Charlotte estuvo muy cerca de convertirse en alguien en quien Beatrice podría confiar y esa cercanía era peligrosa.

Por eso Beatrice tiene la culpa de que Charlotte haya caído: la declararon culpable por estar asociada con ella.

Se avergüenza cada vez que lo piensa y la idea le da náuseas.

Beatrice empieza a ver manchas negras, y abre y cierra los ojos para disiparlas.

Si hubiera podido darle una explicación, pero ¿qué le habría dicho?

“No soy la hija perfecta de familia aristocrática que crees que soy. Soy una excluida como tú, más de lo que imaginas”.

Ahora que expulsaron a Charlotte tienen más cosas en común que nunca, ahora son dos muchachas marginadas por ser auténticas.

Va a encontrar el modo de reparar el daño que hizo a Charlotte, tiene que hacerlo.

Si alguien sabe qué son el desprecio y la expulsión es Beatrice.

Sin embargo, hasta que llegue ese momento, va a interpretar el papel que le toca. Su madre viene a visitarla, trae una caja llena de vestidos para que elija cuál llevará en el baile del King’s College.

—Este color te resalta los ojos —dice Helen sosteniendo un vestido de satén verde—. Aunque el color crema combina mejor con tu piel clara.

—Lo que a ti te parezca mejor, mamá —dice Beatrice distraída.

—Sí —continúa Helen—, tal vez sea mejor el color crema. Es el que se asocia más con las novias. No me mires así, Beatrice.

—Dudo que Daniel le vaya a prestar atención a las connotaciones del color de mi vestido. Es tan indiferente como cualquier otro caballero.

—Lord Rosseter… —corrige Helen.

—… no entiende más de moda que mi padre —bromea Beatrice.

—¿Nunca vas a dejar de traerme problemas?

Beatrice se muerde el labio para no discutir.

—Será el vestido color crema. —Helen baja la voz—. Tú , Beatrice, sabes mejor que nadie lo que significa una proposición de Lord Rosseter. Debes conseguirla lo antes posible y si eso implica vestirte de blanco nupcial, blanco será. No hay lugar para el fracaso.

Cómo desearía convertirse en Charlotte y simplemente decir “no”, aunque su madre se horrorizara. Pero Beatrice siempre ha hecho todo lo posible para ser una buena hija.

Beatrice admira a las parejas que giran por el salón en el baile del King’s College, a las mujeres tan deslumbrantes y a los hombres tan monótonos.

Daniel y sus amigos son ruidosos y alborotadores, una jauría de cachorros a los que les sobra energía.

Beatrice bebe de un trago todas las copas de champán que pasan cerca.

Se detiene cuando siente un estado de borrachera discreto y agradable.

—Estás hermosa —le dice Daniel al oído mientras bailan; la lleva de la cintura con firmeza. De pronto Beatrice tiene la sensación de que el salón gira sin parar.

—Necesito aire fresco —dice.

Daniel sale con ella. Beatrice intenta despejarse aunque no es sencillo con Daniel a su lado, que no deja de tocarle los hombros y la espalda.

Él la acompaña más tarde. Se detiene al amparo de la oscuridad en el camino de vuelta, antes de llegar al farol que anuncia la entrada a Girton College.

—Miss Piper —dice Daniel—. Sé que primero tendría que hablar con sus padres —toma sus manos entre las de él—, pero quería decirle personalmente que me gustaría mucho hacerla mi esposa.

Usted es la mujer más hermosa que he conocido y sé que nuestro compromiso haría muy muy felices a nuestras familias.

—Lord Rosseter, no sé qué decir. —A Beatrice le da vueltas la cabeza, pero sabe que debería sonreír y mostrarse recatada a la vez; exhibir una euforia falsa por la proposición y, a la vez, decir que deben esperar el permiso de sus padres.

Pero el champán le burbujea en el estómago, la música del baile todavía le retumba en los oídos y no puede dejar de imaginar a Charlotte saliendo por esa misma entrada.

El rostro de Daniel está a centímetros del suyo; sus labios a un suspiro de los de ella. De pronto Beatrice se inclina hacia adelante y vomita.