Las buenas hijas Capíulo trece #3
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Capíulo trece #3

—Desde el gobierno se nos dice que las mujeres cumplen un papel fundamental en nuestra sociedad —dice Charlotte una tarde, proyectando la voz sobre las concurridas calles cercanas a Covent Garden.

El gentío es enorme y pocos pasan dos veces por allí.

Sin embargo, hay un hombre de casi cincuenta años, sin afeitar, que lleva un traje arrugado y está merodeando; no deja de mirarla.

Ella siente algo en las entrañas cada vez que ve pasar a ese hombre, pero aparta la vista rápidamente y sigue hablando—.

Que el hogar, la familia y la civilización colapsarían sin nuestra delicadeza.

Bueno, entonces, si las mujeres son las cuidadoras de la familia, si las mujeres crían a sus hijos para que se conviertan en ciudadanos, ¿por qué la ley nos trata como si fuéramos niñas?

—¡A casa! —la interrumpe un hombre que pasa—. ¡Vuelvan a la cocina, donde pertenecen!

Charlotte lo ignora. Lo de siempre, piensa ella y, por supuesto, otros transeúntes (envalentonados por el primero) se unen contra ella.

—¡Fea! —grita uno.

Vago , piensa Charlotte.

—Eres demasiado guapa para estar haciendo política —canturrea otro relamiéndose.

La incoherencia de las críticas es casi divertida, pero Charlotte se concentra en su discurso, ignora a los hombres y canaliza la voz lo mejor que puede, más allá del ruido.

Entonces, de pronto, el hombre que la estuvo acechando todo el día se para justo detrás de ella; sonríe con los ojos inyectados en sangre. Parece más joven de cerca.

—Si fueras mi esposa —le dice en tono despectivo y tan fuerte que la multitud cercana puede escucharlo, pero con un matiz íntimo y sin interrumpir el contacto visual—, no te dejaría salir de casa.

—Si fuera tu esposa —responde Charlotte con una sonrisa dibujada en el rostro—, preferiría morir a compartir la cama contigo.

La sonrisa se borra del rostro del hombre.

Los otros hombres a su alrededor empiezan a acercarse.

La única mujer a la vista es una joven esposa; su marido la está llevando del brazo al otro lado de la calle, lejos del lío.

Charlotte no consigue que la mire. Los hombres se acercan dándose codazos y se paran frente a su cajón…

puede sentir el olor a ginebra en su aliento.

Y entonces, abriéndose paso entre la multitud, se acercan dos policías de uniforme.

—¿Hay algún problema por aquí? —pregunta uno de los oficiales.

La multitud se abre para que pase la policía. Charlotte baja de su cajón y empieza a caminar y los oficiales la toman del brazo, uno de cada lado.

—¿Qué hacen? —protesta Charlotte, con las uñas de los policías clavadas en los bíceps—. Suéltenme.

—Está arrestada.

—¿Por qué?

Ya la están llevando a empujones hacia el furgón.

—¿Por qué? —repite, intentando no mostrar el miedo.

—Obstrucción del tránsito —dice el primer oficial con pereza.

Charlotte mira hacia atrás, el hombre sin afeitar le guiña un ojo.

Charlotte intenta recordar todo lo que las suffragettes le contaron sobre la cárcel entre las sacudidas en la parte trasera del furgón, después de una rápida sentencia en el tribunal Old Bailey; Adeline, Isabel y Sadie, todas ellas, ya estuvieron allí.

Sabe cómo son los uniformes y se puede imaginar las celdas.

Si sabe qué esperar, tal vez no tenga tanto miedo.

Se arma de valor cuando los ladrillos rojos de Holloway aparecen en el horizonte.

No tengo miedo, piensa una y otra vez. No tengo miedo.

No tengo… Una guardia muy seria, con manos toscas, desnuda a Charlotte en una celda tan fría que se le pone la piel de gallina.

Charlotte se cubre los pechos con los brazos, humillada y congelada, hasta que le ponen el uniforme marrón y amarillo mostaza a la fuerza.

Empieza a picarle el cuello por el roce del áspero almidón y se da cuenta de que nada podía prepararla para esto.

La puerta de la celda individual, tan angosta que solo puede dar cuatro pasos en una dirección y dos en otra, se cierra con un sonido metálico.

Cuando los guardias apagan los débiles focos eléctricos, una ventana del tamaño de un zapato a la altura de la frente apenas deja entrar una delgada franja de luz.

Hay personas por todas partes aunque no pueda verlas: las mujeres que están dentro de sus celdas, mascullando para sí mismas o sufriendo ataques violentos de tos; también los guardias que caminan de aquí para allá sobre el desvencijado suelo y por los pasillos estrechos.

Las voces se multiplican, deformadas y temblorosas, como en un espejo de feria.

Nunca tuvo tanta gente alrededor, pero nunca se sintió tan sola.

Es una condena corta para una primera ofensa, solo dos semanas, pero el miedo se apodera de ella la primera noche.

No consigue dormir; el sonido de las goteras y las ratas correteando la mantienen despierta.

Intenta imaginarse en Park Lane y cuando el recuerdo se vuelve demasiado débil, vuelve al hogar de su infancia: el edredón desteñido que siempre olía a heno dulce, el sonido de la mecedora de su padre cuando le leía cuentos, la seguridad que sentía acurrucada en su regazo con la cabeza recostada sobre la camisa que olía a tabaco.

Entonces sabía que su padre vendría a consolarla si gritaba en mitad de la noche, le cantaría canciones en voz baja y le acariciaría el pelo hasta que olvidara que había tenido una pesadilla.

Pero esto no es un sueño.

Y su padre está muerto.

Charlotte se entrega a un sollozo silencioso. Se cubre la cabeza con la manta áspera y decide que va a ser fuerte, impasible e impenetrable hasta que salga de allí.