Las buenas hijas Capíulo trece #2
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Capíulo trece #2

Algunos ríen con ella —no de ella—, algunos aplauden.

Charlotte relaja los hombros. Milagrosamente recuerda el resto de los temas: que las mujeres están excluidas del voto por los mismos criterios que también lo están los niños y los locos; que algunos hombres se gastan el salario en beber y dejan a sus familias sin nada; que, como esposas y madres, las mujeres están mejor preparadas para tomar decisiones que impacten en la familia; que, fundamentalmente, las mujeres y los hombres deberían tener el mismo trato ante la ley.

Este último argumento es el preferido de Charlotte.

Las palabras fluyen más fácilmente a medida que va hablando.

Un grupito de mujeres se detiene a escuchar.

Un hombre manotea un ejemplar de Voto femenino , lo arruga y se lo arroja a la cara.

Charlotte lo esquiva del modo más digno posible y arranca más aplausos de las mujeres.

Le tiemblan las manos cuando se baja del cajón unos minutos después —cuántos, exactamente, no lo sabe con seguridad— y no recuerda una sola palabra de lo que dijo, pero las otras voluntarias la jalean.

—Necesitas práctica por supuesto —dice Isabel—, pero has hecho un buen trabajo, de verdad.

Charlotte se ruboriza, el pulso se le acelera por la emoción.

—Un gran halago viniendo de Isabel —le susurra Sadie.

Sadie vive sola, a diferencia de la mayoría de las voluntarias (muchas de ellas duermen en la posada de Clement), se rumorea que en una mansión de Park Lane.

Su padre es editor de un periódico de Boston y, aparentemente, no sabe ni le interesa lo que hace del otro lado del charco aquella que alguna vez fue su hija.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dice Charlotte en el camino de regreso a la sede central.

—Claro —contesta Sadie.

—¿Qué te trajo a Londres? ¿Por qué…?

—¿Estoy dispuesta a ir a la cárcel por el derecho al voto en un país que ni siquiera es el mío?

—Sadie acaricia el broche de metal que lleva en la solapa, una identificación carcelaria.

Parece una pequeña rejilla —son rejas de prisión— con cadenas diminutas alrededor.

Muchas suffragettes que ganaron esas insignias por haber estado en la cárcel la llevan con orgullo.

Charlotte asiente.

—Bueno, debo admitir que todo empezó con mi hermano mayor.

Sam y yo éramos como uña y carne de pequeños, pero Sam tuvo todo lo que yo soñaba cuando crecimos: la mejor educación, un puesto en la empresa familiar, la posibilidad de elegir con quién casarse.

A mi hermana menor y a mí no nos dieron nada salvo el mensaje de que teníamos que hacer compañía a nuestra madre hasta que nos casáramos con algún magnate del acero.

En caso de que no lo hayas adivinado, detesto que me digan lo que tengo que hacer.

”Así que, cuando mi hermano decidió ir a Oxford en vez de a Harvard, para disgusto de nuestro padre —finge clavarse una daga en el corazón—, él y yo armamos un plan.

Verás, yo tenía que irme. No podía… bueno, quería mi libertad.

Sam insistió con que necesitaba que cuidara su casa aquí, en Londres, aunque casi no se mueve de Oxford.

Pero para nuestros padres esa excusa fue suficiente, ya que son capaces de todo por el querido Sam.

Y fue suficiente para mí. Aquí puedo hacer todo lo que quiera.

”Siempre quise cambiar las cosas. Allí, en Boston, no me permitían visitar las viviendas humildes, pero aquí puedo visitarlas e ir a los asilos y tratar de ayudar.

Así conocí a Adeline. Estados Unidos será la tierra de la libertad, pero creo que Inglaterra es mucho más progresista de lo que Su Majestad está dispuesta a admitir.

Si somos capaces de conquistar el voto femenino aquí, vamos a sentar un ejemplo para todo el mundo.

Nadie debería sentirse menos por su sexo.

Ni aquí, ni en Estados Unidos, ni en ningún lado.

Charlotte observa la insignia carcelaria en la solapa de Sadie.

—¿Es tan terrible como parece? —pregunta. La suposición de que todas las suffragettes terminarán en la cárcel por sus convicciones es lo único que le provoca dudas.

—Es deprimente —dice Sadie con sencillez—. Fría, húmeda y tan solitaria que sientes que vas a enloquecer. Y me temo que va a ser peor —agrega— ahora que murió la esposa del director.

—¿La esposa del director? ¿Por qué lo dices? —pregunta Charlotte—. ¿Su esposo te hizo sufrir?

—En realidad no es culpa suya —dice Sadie—; es la ley. Y Mrs. Brown era amable. Nos traía comida aparte de las raciones, nos trataba como… personas.

En poco tiempo las camas de la posada de Clement se necesitan para las nuevas voluntarias y Sadie invita a su casa de Park Lanea Charlotte, que casi se pone a llorar porque, al fin, ha encontrado una amiga de verdad.

La casa no es muy grande (tiene solo dos habitaciones), pero Charlotte nunca había vivido en un lugar tan majestuoso.

El suelo está cubierto de mullidas alfombras orientales color rubí, y todos los muebles son antiguos y están ornamentados.

No hay sirvientes ni personal, ya que a Sam se lo ve poco por la ciudad, y una delgada capa de polvo cubre todas las superficies porque, como proclama Sadie, un poco de polvo nunca mató a nadie.

—¿Estás segura? —Charlotte inspira mientras Sadie la lleva a la habitación de huéspedes. Hay dos camas individuales con dosel, cortinas de encaje y un ventanal con vistas al parque. Su habitación en Girton era maravillosa porque era un cuarto propio, pero este lujo supera lo imaginable.

—Claro —dice Sadie—. Me alegra mucho que estés aquí. La soledad era espantosa en esta casa.

En respuesta, Charlotte corre hacia la cama más cercana y, con un gritito, se deja caer de espaldas. Sadie se desploma sobre el colchón junto a ella, riendo.

El trabajo es arduo, pero Charlotte nunca fue tan feliz.

Es independiente de verdad por primera vez en su vida, sin ninguna Mrs. Pennington espiando desde el marco de la puerta.

Como voluntaria remunerada gana un salario pequeño, pero le alcanza para mantenerse.

Su única queja es por el silencio de su familia.

La sacude por la noche, cuando, aunque esté agotada por el esfuerzo del día, no puede dormir.

Su mente se acelera aun con el cuerpo fatigado y se consuela con el rumor de los ronquidos de Sadie en el pasillo, pero todavía le duele pensar que, desde que se fue de Girton, no ha tenido noticias de su madre ni de George, y tampoco de sus hermanas.

Cuando se instaló en la posada de Clement les envió otro telegrama, pero no le contestaron.

Charlotte se dice a sí misma que no le importa, que no los necesita. Durante el día se convence de que es así. Por la noche, en cambio, piensa en todo lo que querría explicarles; redacta cartas dentro de su cabeza, sabiendo que nunca las va a escribir.

Mientras tanto llega una carta de Beatrice: son parloteos sobre lo que pasa en Girton, los chismes y las fiestas.

Charlotte cae en la cuenta, con felicidad, de que no extraña Girton para nada y, ciertamente, tampoco extraña a Beatrice o, al menos, es de lo que intenta convencerse.

Guarda la carta en su cajón y no contesta.

Isabel y Adeline le asignan la tarea de dar discursos con frecuencia. Charlotte atraviesa Hyde Park, camina por la calle Strand y sitúa su cajón en todas las esquinas, desde el East End hasta Kensington, desde Bond Street hasta Parliament Square.