Capíulo trece
CAPÍTULO TRECE
CHARLOTTE
Charlotte nunca estuvo en un lugar tan ruidoso como Londres.
No se trata solo de los gritos, ni de las frenadas de los autobuses, ni del golpeteo de los cascos de los caballos contra los adoquines.
No se trata solo de la multitud de cuerpos, ni de la mezcla de dialectos, ni de los músicos callejeros que rasguean instrumentos raros junto a sombreros de copa dados vuelta. No es nada de eso; es todo.
En el tren, a medida que la campiña quedaba atrás, Charlotte se preparaba para enfrentar una metrópolis imponente y hostil.
Contó sus chelines y los dividió en varios monederos y bolsas para no perder todo a la vez si llegaba a cruzarse con algún carterista.
Hasta escondió un alfiler de sombrero en el corsé, un arma pequeña pero puntiaguda por si tenía que defenderse.
Pero ahora que ya está aquí, ahora que ya inhaló el raro perfume del hollín que sale de las chimeneas, el olor a salmuera y a goma quemada, el miedo se transforma en emoción.
Hay tanto para ver que se le van los ojos, no puede dejar de mirar hacia arriba, hacia abajo, a la izquierda, a la derecha…
sobre todo hacia arriba. Los edificios son más altos que en Cambridge y no solo por los chapiteles de las iglesias que se alargan hacia el cielo gris.
Las tiendas departamentales en la calle Oxford tienen tres, cuatro, hasta cinco pisos con ventanas de cristales resplandecientes.
Se detiene frente a un escaparate donde se exhiben lujosos vestidos de seda y guantes de cuero para niños; tanto se acerca que empaña el cristal con su aliento.
Tiene que hacer un esfuerzo por despegarse del cristal pero llega a ver, fugazmente, su propio reflejo.
Tiene que recordarse que la muchacha reflejada es ella, esa de bucles negros despeinados y el sombrero torcido por el viaje; la que lleva todo lo que posee en una maleta colgada al hombro; la chica de aspecto mundano y glamuroso a pesar del agotamiento que le dibuja círculos oscuros alrededor de los grandes ojos marrones; la que apoya una bota llena de polvo delante de la otra para atravesar el espejo que es esta extraña ciudad.
Empiezan a caer unas gotas gordas, la lluvia fría vuelve mucho más pesada la maleta.
La endeble correa de cuero le corta la piel.
Las botas están húmedas al rato y le aprietan.
Charlotte recuerda que no come desde hace horas y el nudo que tiene en el estómago aprieta cada vez más.
Tiene que encontrar la sede de la USPM antes del anochecer y esperar —o rezar o suplicar, lo que sea— que le permitan quedarse.
El mapa de Londres que consultó en la biblioteca de Girton College le mostró una ciudad desarticulada y fascinante; pero ahora que está aquí no encuentra la lógica que organiza sus calles serpenteantes.
No hay una sola que vaya en línea recta y la mitad no tienen letreros.
Charlotte descubre que llegó a la misma esquina después de caminar un largo trecho y quiere ponerse a llorar.
Se enoja consigo misma y sabe —por los pinchazos que siente en la base del cuello— que la están mirando.
Extraños. Hombres. Pliega y guarda el mapa inútil; elige una calle al azar, decidida a huir de la mirada de los demás.
Por fin, al anochecer, llega a la posada de Clement.
El pequeño bloque de edificios de ladrillo está a oscuras salvo por las ventanas iluminadas del primer piso.
Existe la posibilidad de que no la reciban.
No sabe cuánto le costaría pasar la noche en una pensión, tampoco dónde hay una.
Empieza a entrar en pánico ahora que el cielo está cubierto por una capa de sombras oscuras y un frío amargo le hace rechinar los dientes.
Respira hondo y golpea la puerta laqueada.
Una mujer muy bonita con pecas y una trenza larga color castaño rojizo aparece en el vestíbulo.
—¿Quién es, Sadie? —se escucha una voz desde el interior.
—¿Quién eres? —pregunta Sadie.
—Soy Charlotte Evans, una voluntaria.
—Pasa entonces.
Charlotte ingresa a una casa cálida y bien iluminada.
El aroma a levadura que viene del horno casi la tumba; no era consciente hasta ese momento de lo hambrienta que está.
La entrada no está muy decorada, pero en la sala el ambiente cambia por completo.
La habitación parece un desván de bisabuela, hay sillas mullidas por todas partes y está abarrotada de papeles, libros, proyectos de costura, velas utilizadas hasta la mitad y tazas de té antiguas.
Isabel Hurston está sentada en una mecedora, bordando junto a la chimenea.
—Hola, Miss Hurston —dice Charlotte—. No creo que me recuerde. Yo estuve en las reuniones de Cambridge…
—¡Por supuesto! —Isabel se pone de pie y le estrecha la mano efusivamente. Llámame Isabel, por favor. —Sonríe y los ojos grises se le encienden como en las fotos del periódico—. Charlotte Evans, te presento a Sadie Lawrence, una de nuestras mejores organizadoras.
—¿Me permites tu abrigo? —pregunta Sadie. A pesar de las pecas, tiene los pómulos elevados y la postura elegante de una duquesa, pero no habla como una aristócrata.
—¿Eres estadounidense?
—Soy británica de corazón, pero vengo de Boston —asiente Sadie.
—Toma asiento —indica Isabel.
Charlotte hace a un lado una pila de pancartas y se sienta en el sofá. Cuando Isabel deja el zurcido, Charlotte se da cuenta de que estaba cosiendo una banda sufragista tricolor: ondas de seda violeta contrastan con franjas de blanco puro y verde hoja.
—Así que, Charlotte, creo recordar que eres una chica de Girton.
—Era —responde Charlotte. No dice que la expulsaron porque pertenece a la USPM, no quiere que Isabel piense que es una desagradecida o que la está acusando de algo. De todos modos, Isabel entiende.
—Creo que hoy, para las jóvenes, las mejores oportunidades para aprender no están en la universidad —dice sonriendo—. Londres es, en sí, un tipo de educación.
Charlotte tiene la intención de hablar, quiere preguntar con toda la amabilidad de la que es capaz, con todos los buenos modos que Mrs. Pennington esperaría de ella, si habría alguna posibilidad de quedarse a dormir esta noche.
De pronto, alguien abre el horno y el aroma a pan caliente que viene de la cocina la deja muda.
El estómago de Charlotte empieza a protestar ruidosamente.
—Vas a quedarte aquí esta noche —dice Isabel—. Y por favor, permíteme que te traiga algo de comer.
—Gracias —susurra Charlotte, con la garganta cerrada por la emoción.
Isabel le estrecha la mano y se dirige a la cocina.
Más tarde le hace un lugar en una habitación del primer piso.
La comparte con otras tres mujeres y hay dos camas.
Se presentan; Charlotte sonríe, pero no puede recordar sus nombres.
No esta noche. Le pesan las piernas y sus pies (con muchas ampollas) no toleran un paso más.
Se mete bajo las mantas junto a una completa desconocida y, de pronto, la respiración de tres cuerpos se vuelve cacofónica.
Cierra los ojos y hunde el rostro en una almohada que huele raro.
Charlotte traga con dificultad; el agotamiento y la confusión le cierran la garganta.
Alguien apaga la única vela de la habitación y quedan a oscuras.
Isabel pone a Charlotte a trabajar al día siguiente.
Pronunciar discursos, entiende, es una parte esencial de la tarea.
Las animadas calles del West End no se parecen en nada a los pasajes de Cambridge donde se instalaba a vender periódicos con Beatrice.
Las suffragettes sostienen que solo se mejora con la práctica y así, hacia el final de su primer día en Londres, llega el turno de Charlotte.
En Piccadilly Circus hay sol y mucha gente y, a última hora de la tarde, Isabel le da un suave codazo.
—Te toca —dice en voz baja.
Charlotte respira hondo y se sube al cajón de jabones blandiendo sobre la cabeza el último ejemplar de Voto femenino como si fuera una espada. Isabel la observa; claramente está evaluando su desempeño como voluntaria.
—Buenas tardes —comienza.
Nadie se detiene a escucharla. El día sigue y la acera bulliciosa no interrumpe su movimiento, como es habitual.
—Más fuerte —indica Isabel.
Charlotte cierra los ojos por un momento, recuerda cuando presenció aquel discurso de Isabel en ese saloncito de Cambridge. Qué sensación tan estremecedora y electrizante fue escuchar a una mujer alzar la voz con tanta audacia.
—Buenas tardes —repite Charlotte. La voz le sale más aguda que de costumbre, suena rara y tiembla un poco.
Isabel la anima con un gesto. De pronto, algo pasa volando, ve la mancha roja antes de sentir el impacto.
Un tomate podrido, el zumo gotea y las semillas rosas se pegan al vestido blanco que le han prestado.
Alguien lanza un grito ahogado desde la multitud.
Hay muchos mirones que ríen con disimulo.
El pecho le palpita, el impacto de la fruta voladora fue más duro de lo que hubiera imaginado.
Charlotte se muerde el labio inferior para contener el impulso de echarse a llorar y a correr.
No debe llorar, no aquí, no ahora. Isabel se endereza, resuelta e imperturbable…
Charlotte no va a fracasar, no otra vez, no como en Girton, no puede permitirse ese lujo.
Vuelve a respirar hondo, exhala lentamente y despega los trozos de tomate del vestido lo mejor que puede.
—Damas y caballeros —dice con voz más potente—. Y pensar que las decisiones políticas de nuestro país están en manos de gente como esa. —Señala la mancha rosa—. Bueno, ya que estamos, podríamos permitir que hasta un chimpancé nos gobierne.