Capíulo doce
CAPÍTULO DOCE
EMILY
—Hola Emily —dice Martin; es jueves y está nu blado. Él siempre anda rondando por ahí y, cada tanto, le sonríe tímidamente o la saluda por alguna ventana del piso superior cuando la ve en el patio. Un día, el mes pasado, dejó de llamarla “Miss Brown”.
—Hola Martin —responde ella secándose la frente. Los dos están cerca de la entrada del patio; él entra y ella sale.
—Me preguntaba si te gustaría ir a pasear al pueblo esta tarde. También podríamos tomar el té.
—Ah. —Emily se sonroja—. Tengo… tengo que preguntar a mi padre.
—Ya le pregunté yo —dice Martin y sonríe avergonzado— y dijo que estaba bien. Mi turno termina a las seis.
Por un momento, Emily no sabe qué decir. Martin ya habló con su padre y él aceptó por ella. ¿Es eso un gesto encantador, acaso? ¿Es normal? Solo sabe que le hierve la cara.
—Entonces está bien. Nos vemos a las seis en punto, ¿no? —balbucea.
Emily nunca ha salido con un hombre y aunque conoce a Martin desde la infancia, él es un hombre ahora , ¿verdad?
Entra a la casita a las cinco y media, se quita el delantal y, ya en su habitación, se queda paralizada.
Emily nunca se preocupó demasiado por su aspecto.
No hay manera de acomodar el pelo quebradizo y castaño, y ya desistió de intentar mejorar sus imperfecciones con inútiles saquitos de té hervidos.
Dios sabe que Martin la ha visto en sus peores momentos: cubierta de sudor en el trabajo o, últimamente, tratando de reprimir el llanto en corredores que creía desiertos.
Pero ahora, de pronto, quiere verse mejor.
Frente al espejo se pellizca las mejillas y aprieta los labios con fuerza.
Se ve pálida, joven y sencilla. Se hace una trenza con los bucles rebeldes y siente el deseo de ponerse el agua de rosas de Marianne, pero se contiene.
Lo vive como una traición. No quiere compartir ese aroma con nadie.
Martin la espera en la puerta principal. Se quita la gorra cuando la ve; a Emily le da risa el gesto de caballerosidad inesperado. Pero, por desgracia, lo que sale de su boca parece más un berrido que una carcajada.
—¿Vamos?
Emily vacila un momento y enlaza su brazo con el de él.
Caminan por Parkhurst Road hacia el salón de té.
Martin habla sin parar de la granja de su hermano y Emily asiente casi todo el tiempo.
En la calle están las personas de siempre —obreros, mendigos, hombres de traje— pero, hoy, a Emily la invade una emoción inusitada.
¿Será orgullo? Quizá estas personas piensen que Emily tiene un amor.
O, tal vez, hasta crean que Martin es su marido.
Le divierte la idea. Este es su primer paseo del brazo con un hombre.
La intriga casi tanto la imagen que proyectan como el hombre que la acompaña en sí.
—¿Estás dibujando últimamente? —pregunta Martin, cuando ya están sentados en una mesa del rincón y piden una tetera. El lugar es cálido y acogedor, el aire está cargado con aroma a hierbas.
—Sí —dice Emily, encantada por la pregunta—.
Un poco. —Apoya las manos sobre la mesa, entrelazadas, pero cambia de opinión y las apoya en su regazo.
En esas primeras dos semanas terribles que siguieron a la muerte de Marianne, la hoja en blanco le devolvía la ausencia de su madre.
Pero hace unos días volvió a tomar el lápiz.
El peso de la carbonilla entre los dedos es una conexión a tierra.
—Me alegra oírte decir eso —dice Martin—. Eres muy buena.
Emily cree que él nunca vio sus dibujos, pero valora la intención.
Martin se pone colorado y ella comprende que él también está nervioso.
A pesar de los años que pasaron orbitando uno alrededor del otro, ahora que están sentados frente a frente los invade la timidez.
¿Sería muy atrevido de su parte sugerirle la posibilidad de retratarlo en algún momento?
No se lo dice, pero, mientras están en silencio, Emily se imagina dibujando el arco de su entrecejo y esos bucles que caen junto a su boca.
—¿Cómo es…? ¿Cómo estás? En el trabajo, quiero decir. —Emily odia la pregunta antes de pronunciarla, pero no sabe qué decir para llenar el silencio y dejar de mirar esa suave curva que une los labios de Martin con su barbilla.
—El trabajo está bien —contesta él—. Pero no es lo que quiero hacer toda mi vida.
—¿Eh?
—Nunca me gustó mucho la escuela, abandoné apenas pude. Pero tú ya lo sabes. ¿Cuántos años tenías cuando empecé a trabajar en Holloway? ¿Catorce?
—Doce —dice ella.
—Es verdad. Este trabajo es solo el principio. Hablo con el comisionado de policía cada vez que viene y dijo que yo podría aspirar a conseguir un puesto en Scotland Yard dentro de unos años.
—¿En serio?
—Claro. —Sonríe—. No voy a ser el guardia de tu padre para siempre. No, señor. Solo unos años más para unirme a la fuerza y ascender de rango. Quiero ser capaz de mantener a mi familia como se debe.
—¿Tu familia?
—Digo a mi futura familia. —Se frota el antebrazo y se queda mirando la taza de té. Emily comprende, un poco tarde, que la conversación tomó un giro romántico. Rápidamente intenta devolverla a su cauce anterior.
—Sí, bueno, bien por ti. Yo tampoco quiero trabajar en la cárcel toda mi vida. Mi madre siempre tuvo la esperanza de que fuera maestra. Pero para eso tendría que ir a la universidad o, al menos, hacer un curso. Así que no lo sé… —Se detiene en seco, siente que ha hablado de más.
—No deberías preocuparte por eso —dice Martin—.
No vas a tener que salir a trabajar cuando te cases.
Mi esposa no tendría que levantar un dedo si yo estuviera en la Policía Metropolitana.
—Ambos toman el té en silencio, Martin le da un gran mordisco a un scon .
Emily trata de no darle importancia a la palabra “esposa” que acaba de deslizar su acompañante.
Tampoco al cosquilleo que siente cuando él se limpia las migas de las comisuras con la lengua.
—El otro día te vi charlando con esa tal Jessie —dice Martin, sonriendo como si fuera a contar el remate de un chiste—. Es una loca de atar. Pataleaba y gritaba sin parar cuando la trajeron.
—Jessie parece una persona agradable —dice Emily, vacilante.
Martin se echa a reír; sus carcajadas parecen ladridos cortos y secos.
—Dicen que se arrojó frente a un diputado. Aprovecharon las elecciones en el Parlamento para organizar una protesta. Jessie gritaba cosas sobre el voto para las mujeres y agitaba los brazos como una arpía.
—¿Fue así? ¿De verdad?
—Pensé que ya lo sabías —dice él, con la satisfacción de haber sido él quien se lo cuenta—. Bueno, de todos modos, todas las suffragettes están locas, ¿no es cierto?
—Por Dios, Martin —dice ella—. No puede ser que todas estén locas.
—¿No están todas locas? Son unas histéricas. Andan por ahí a gritos, abalanzándose sobre las personas.
Emily se ríe por compromiso. Martin no está diciendo nada que no le haya oído ya a su padre. Hasta su madre se quejaba de las demandas insaciables de las mujeres. Pero las palabras le dejan un regusto amargo viniendo de Martin.
—No voy a fingir que yo misma estoy conforme sin la posibilidad de votar —dice Emily, más que nada, porque quiere llevarle la contra. Aun así, la frase la sorprende.
—¿Para qué quieres votar? Tienes un padre y algún día vas a tener un marido que va a cuidar de ti.
—Yo puedo opinar distinto de mi padre —argumenta ella y deja pasar lo de ser esposa de alguien.
—Bueno, porque no sabes. Las mujeres no entienden mucho de política y tampoco tienen por qué. Es un tema complicado.
Emily casi se atraganta con el té. Hace un esfuerzo sobrehumano para no recordarle a Martin que es ella quien terminó la escuela y no él…
bueno, le faltó un semestre porque Marianne enfermó.
Aun así, podría entender de política perfectamente si se lo propusiera.
Es ella la que escucha lo que dicen las reclusas, que salieron de la nada y saben tanto del tema que la apabullan.
Pero no dice nada. Se pasa la lengua por los dientes.
Cree que no debe preocuparse demasiado por lo que diga Martin; él le habla con amabilidad y la mira con afecto.
Y tampoco ella es una suffragette.